domingo 15.09.2019

Qué poco vale la vida y qué poco cuesta la muerte

Es inevitable. Cuando tiene lugar un acontecimiento como el que acabamos de vivir, con tantos muertos y de forma violenta, sin relación alguna con la voluntad de las víctimas...

Es inevitable. Cuando tiene lugar un acontecimiento como el que acabamos de vivir, con tantos muertos y de forma violenta, sin relación alguna con la voluntad de las víctimas, se produce una convulsión general. El país entero ha vivido un tiempo con el corazón encogido. Las imágenes se sucedían, manifestando ignorar donde estaban los familiares que no habían dado señales de vida, o esperanzados de que mientras explícitamente no se de la noticia del desenlace final, cabe la sorpresa, para unos y el milagro para otros. Los que se han salvado no pueden borrar de su mente las escenas de pánico a las que han asistido y siguen sobrecogidos. Cualquiera se pregunta, bien por qué yo no o bien por qué él o ella sí. Como si fuera un capricho inextricable e inevitable. Como si el llamado destino estuviera agazapado esperando para asestar algún golpe definitivo.

Mientras tanto, durante ese tiempo se van formulando las conjeturas sobre la causa. Conductor, sistemas de alerta y seguridad, que no se sabe muy bien cómo y por qué funcionan, cálculos de velocidad de ataque a la curva, contradicciones entre otros conductores de ferrocarril, directivos y periodistas que mojan en todo. Hasta la fecha confusión, poca claridad, ningún diagnóstico razonable, más de tres o cuatro minutos. Hay que suponer que intereses cruzados por no resultar culpable nadie, por temor a la que se le viene encima. Las familias de las víctimas desconsoladas. Los oportunistas poniendo querellas. El pueblo llano entregado sin descanso en la ayuda a los demás, en este caso los viajeros afectados. Los profesionales en lo suyo, sin descanso, con algunos más o menos. En  tiempo record la vía queda expedita y se renueva el tráfico ferroviario. Todo sucede como si estuviera bien programado. Todos sabemos que lo único programado era el paso efímero del convoy Alvia, a una determinada hora y día. Todo lo demás del escenario lo pusieron amateurs que no se les había llamado, con los que no se contaba. Pero allí estuvieron, en tiempo y forma. Ahí se vio la grandeza de un pueblo, que lo deja todo y da todo lo que tiene, en especial consuelo. El drama se minimizó, porque cuando la resolución de las gentes que se implican es como la que aquí ha sido, se hace más llevadera la desgracia. España entera, como un clamor, respondió ofreciendo lo que podía, cada uno de los que sintieron la llamada, que fueron muchos. Sangre pedían y sangre se entregó, como símbolo, además de lo más personal y transferible. Los limítrofes se personaron. Todos a una, como si fueran cosas propias. Espontáneos. Galicia suele concitar de tiempo en tiempo estas respuestas. No está olvidado aquel Prestige que reclamó la presencia de muchos más de los que se precisaban, sin importar origen ni distancia. Este tipo de escena ahora se repite. La respuesta ha sido unánime, extraordinaria.

Queda una cicatriz difícil de cerrar. La vida nos lleva a minimizar la valoración de los riesgos, porque decimos que no hay más remedio que seguir adelante. Pero no por ello se puede soslayar la reflexión que trae de la mano una circunstancia como ésta: qué poco vale la vida y qué poco cuesta la muerte. La vida de los muertos del tren de Santiago la han regalado contra su voluntad, no han cobrado nada por la muerte. Es más ni siquiera han hecho un trato. Ni les pasaba por la cabeza. Esos conjuntos de células, trabajando para ellas y para las vecinas constantemente, desde que se vieron surgir a la vida, perdieron ese hálito que concita su trabajo cooperativo, material, para entregarse sin previo aviso al estado inerte. Esa complejidad tan extraordinaria que conforma un cuerpo humano, indescriptible como viviente, perdió su sentido y se convirtió, en un instante, en un conjunto de células, todavía vivas, pero sin ningún sentido que justifique su trabajo. En breve llegan al paro total de actividad y son sometidas a las transformaciones finales que las hacen desaparecer al convertirse en otros componentes que acaban incorporándose a esa tierra, de la que venimos y en la que acabamos tras nuestra breve historia. Lo terrible de este suceso es que esto ocurre sin previo aviso, sin que las personas implicadas hayan podido ejercer su libre albedrío para decidir sobre algo tan suyo, sobre su patrimonio más preciado, que es su vida. Han sido otro u otros los que han decidido por ellos. ¡Qué grave parece que alguien se vea privado de, nada menos que la vida, por un acto o actos de otros!. Hay muchas formas equivalentes de lograrlo, no solamente a tiros, pero todas equivalentes.

Aquí la Naturaleza no ha intervenido. Las voluntades puestas en juego, son de otros, no de los muertos. Una sacudida natural, todavía tiene la escusa de que, con harta frecuencia, los humanos insensatos, muchos, invadimos sus dominios o violentamos su dinámica natural. Aquí la dinámica la establecía el hombre: vía, tren, maquinista, curva, seguridad. Los viajeros pagaban por el trayecto. No compraban muerte. Se les  vendió gratuita. ¡Que poco vale la vida!, ¡Qué poco! Sólo cabe que los responsables no regateen ahora.

Qué poco vale la vida y qué poco cuesta la muerte