jueves 29/7/21

Sobre la corrección política

tribuna congreso

No conviene dramatizar: la corrección política ha existido siempre porque, como cualquier otro convencionalismo no es más que un pacto social, y no una ley

Una de las cosas que más me sorprende en el debate sobre la corrección política y su papel como censora (o motivo de autocensura) es el hecho de que quienes más se quejen de la corrección política actual sean, en muchos casos, quienes después llenan columnas y libros con la nostalgia de unos tiempos en que los hombres se quitaban el sombrero para saludar a las damas, les sujetaban la puerta para entrar a los lugares públicos y no se hablaba soezmente en los vagones de metro: lo que no era si no otra forma de corrección política y censura del comportamiento. Si bien, una que a ellos, al parecer, les gustaba más.

Creo, pues, que no conviene dramatizar: la corrección política ha existido siempre porque, como cualquier otro convencionalismo no es más que un pacto social, y no una ley. E igual que en aquellos tiempos para muchos idílicos había quien no se quitaba el sombrero para saludar e incluso no lo llevaba, hoy no ocurre nada o no debería ocurrir nada por hacer un chiste machista, un epigrama sobre gordos o una comedia riéndose de un tartamudo.

Digo que no debería ocurrir nada porque lo cierto es, y este es el problema, que hay quien trata de convertir el pacto social —que no sólo no es unánime, sino que ni siquiera es claramente mayoritario— en norma. Y como acceder al legislativo es muy difícil, acaban siendo los jueces, a través de la interpretación de las leyes, quienes bajan el rasero de lo permitido por la libertad de expresión. Y ese es el verdadero problema. No el pacto social de lo políticamente correcto, que siempre puede ser transgredido, sino su conversión en ley por la vía judicial.

No es asunto menor, a este respecto, saber quién acaba convirtiéndose en juez. Que es lo mismo que preguntarse qué familia es capaz de sostener económicamente a un hijo durante los cuatro años de carrera más los otros seis, siete u ocho que tarde en sacar plaza en las oposiciones a juez: una de las más duras que hay. El uso cada vez menor del cuarto turno —reservado para juristas de reconocido prestigio, lo que abría las puertas a otras personas y limitaba la endogamia— no hace más que redundar en el carácter conservador de la judicatura.

Después está, por supuesto, la creciente hipersensibilidad de muchos colectivos, y el decreciente sentido del humor. Y aunque es obvio que el humor más valiente es el que se ejerce de abajo hacia arriba, es decir, el que se burla del poder y no de quienes son víctimas de éste, no es menos cierto que hay cada vez más colectivos dispuestos a escandalizarse por lo que se dice sobre ellos.

Es como aquella anécdota que contaba Savater según la cual una anciana puritana no dejaba de llamar a la policía porque unos chicos se estaban bañando desnudos frente a su casa; cuando la policía actuó, la señora volvió a llamar y al explicarle que su queja no tenía sentido porque habían enviado a los jóvenes varios metros más arriba, ella respondió: «Ya, pero si utilizo los prismáticos aún puedo verlos».

Del mismo modo, muchos parecen vivir sólo para el propósito de denunciar al transgresor del nuevo pacto social —insisto, no claramente mayoritario—, sea con una denuncia literal o lanzando contra él a unas horadas virtuales siempre dispuestas al linchamiento, a quienes muchas veces se unen quienes se han convertido, por otras razones, en odiadores (haters) profesionales; y también quienes aprovechan el tropiezo de un personaje público que les cae mal para arremeter contra él, sin pararse a pensar ni en las consecuencias ni, por supuesto, en la conveniencia o no de censurar una actitud concreta.

Que la denuncia vaya acompañada de insultos, amenazas, llamadas al boicot y acciones similares sólo demuestra lo atrás que estamos dejando otros pactos sociales, como el del uso de la razón y los argumentos durante las discusiones o el de intentar no perjudicar a nadie sólo porque no compartimos su opinión. Y la creciente infantilización de muchas de nuestras actitudes.

A veces, me sale la vena Javier Marías y pienso que, encerrados en nuestra montaña mágica virtual, somos un poco como el Hans Castorp de Thomas Mann: cómodamente protegidos por nuestras mantas y los cuidados ajenos, sin responsabilizarnos de nada y sin comprometernos de verdad con el mundo en el que vivimos, tecleamos boutades e Internet y disparamos cañonazos verbales sin calcular el daño que podemos hacer o sin conocer el proceso al que estamos contribuyendo.

A Castorp, dicho sea de paso, lo devolvió a la dura realidad una guerra: la sangre. Esperemos que no haya que llegar a tanto.

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