El problema está en que cuando tú entras armado a un centro de inmigrantes, acusas a un colectivo de ser la causa de robos u otros delitos y en lugar de sentir vergüenza y repugnancia por tus actos, sacas pecho, por más que lo niegues sí eres racista

Hace unos días varios adolescentes de Castelldefels, encapuchados y armados con bates o barras de hierro, entraron en un centro de inmigrantes de la localidad donde residen varios menores y golpearon y asustaron a quienes allí se encontraban. Preguntados después por la televisión y ya a cara descubierta —porque saben que cuentan con la complicidad y hasta el aplauso social— varios de esos jóvenes dijeron que no eran racistas, que sólo querían vivir seguros.

El problema está en que cuando tú entras armado a un centro de inmigrantes, acusas a un colectivo —a todo un colectivo, no sólo a ciertos individuos— de ser la causa de robos u otros delitos y en lugar de sentir vergüenza y repugnancia por tus actos, sacas pecho, por más que lo niegues sí eres racista. Como lo son quienes te jalean, aplauden y protegen, comenzando por la propia alcaldesa de la localidad, que acaso por cálculo electoral —los inmigrantes no votan, y a quién le importa la justicia— dijo que esto era una algarada de adolescentes y no un problema de convivencia.

Se pregunta uno, claro, qué hubiera pasado si en lugar de asaltar un centro de inmigrantes esos veinte o treinta chavales hubieran asaltado una comisaria, el ayuntamiento o una agrupación de jóvenes independentistas. Qué hubiera pasado si los asediados y apaleados hubieran sido blancos y ricos, y no pobres y negros. Que la forma de actuar cambie en función de uno u otro caso demuestra que sigue habiendo víctimas de primera y víctimas de segunda. Y la diferencia al mirar a unas o a otras se llama racismo.

Por cierto, que al auge del racismo no es ajena la política. Ni quienes blanquean a Vox asumiendo como normales y discutibles propuestas que no lo son, como quien desde los diferentes nacionalismos —catalán o español— hacen gala de no sé qué pureza identitaria como garante de la posesión, o no, de ciertos derechos. Mientras que los impuros (curiosamente, todos ellos pobres) no pueden disfrutar de esos derechos.

Es racismo, claro. Y desprecio. Pero también es el intento de sobrevivir del nacionalismo en un mundo que la economía y la tecnología han hecho cada vez más global, y en el que el continuado empobrecimiento de muchos países no ha hecho sino azuzar las migraciones. No hay nada que tema más el nacionalismo de toda índole que la migración: no porque cause inseguridad, sino porque a causa de ella la supuestamente sólida identidad nacional comienza a disolverse como la ficción que es y el local tiene que aprender a convivir con culturas diferentes. Y reconocer —porque el paso del tiempo hace imposible no hacerlo— al otro como humano y a sí mismo como mezcla de orígenes, genes y procedencias.

Mientras ese momento llega —y antes o después llegará— debemos preguntarnos si seguimos amparando conductas racistas, o empezamos a decir con tranquilidad pero con firmeza que apalear o acosar al diferente, sobre todo cuando es pobre, y sobre todo cuando ha tenido que pasar un infierno para llegar a nuestro país, es, sí, racismo. Y además racismo cobarde. Y que como tal conviene denunciarlo.