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martes. 31.01.2023

¡Que viene Villalobos!

—La ponía yo a fregar escaleras durante cuarenta años a ver si seguía tan divina a los setenta —dice la portera mientras quita el polvo a la barandilla con gesto rutinario.

Es una variante más de una frase que hemos escuchado bastante estos días a raíz del supuesto patinazo de Celia Villalobos sobre las pensiones. Supuesto, digo, porque al menos yo no tengo nada claro que no supiera lo que hacía. Es decir: meter miedo.

Los autores de cuentos tradicionales tenían al lobo que se comía a la abuelita —o lo intentaba—, y Rajoy tiene a Puigdemont —que come niños constitucionalistas, como saben bien Albert Rivera y los lectores de El País— y ahora también a Villalobos: que no se come a los abuelos, pero ha estado a un tris de matarlos de un susto. «¡Qué viene Villalobos!» grita Rajoy y ya estamos todos corriendo a hacernos un plan de pensiones privado. Hasta los más jovencitos.

Porque no nos engañemos, lo que quieren en el PP es desgastar poquito a poco esa confianza que el español de a pie tiene todavía en el sistema público de pensiones. Y así, hoy con un «no queda dinero en la hucha de las pensiones» y mañana con un «Villalobos dice que hay que ir ahorrando que para todos no llega», conseguir adelgazar aún más el Estado y, de paso, que los bancos ganen un poco más de dinerito con nuestros ahorros. Que los pobres siguen en crisis.

—Que yo me abriría uno de esos planes privados, pero ¿con qué? —me interroga la portera cuando le cuento mi teoría—; si con lo que ahorro a fin de mes no me da ni para una cajetilla de tabaco.

Estoy por responderle que fumando morirá antes y que con eso al Gobierno ya le vale, pero tampoco quiere uno ser tan cínico. Además, razón no le falta a la mujer. Porque el pecuniario es, creo yo y cree mi portera, el principal fallo en la estrategia de Rajoy. Y es que no ha comprendido que el español medio sigue teniendo fe en las pensiones públicas no porque confíe en la gestión eficaz que los políticos hagan de ellas, sino porque no le queda otra. Han dejado nuestro monedero tan vacío que sólo nos queda rezar para que Rajoy no deje la hucha tiritando o para que Villalobos —a la que cuando se jubile a los ochenta o más le quedará una dignísima pensión— nos dé un poco de limosna el día de mañana, cuando ya no nos tengamos en pie para currar.

El español confía porque no le queda otra. Y no huye ni aunque venga Villalobos porque, a estas alturas, ya sabe que correr no sirve para nada. Y que en la vida real, a los pobres siempre se los acaba comiendo algún lobo. Y si sobra algo, los buitres.

¡Que viene Villalobos!