O paramos el fascismo en la próxima década o después ya será tarde y los demócratas habremos sido de nuevo derrotados

Quizás porque soy de los que leen tres o cuatro periódicos al día tiendo a pensar, con el refrán, que un optimista es sólo un pesimista mal informado. Lo malo es que, últimamente, los medios y la realidad se empeñan tanto en darnos la razón a quienes siempre pensamos que esta especie tiene poca esperanza de salvación que, la verdad, da miedo.

El triunfo de Bolsonaro, un fascista homófobo y machista, en la primera ronda de las elecciones brasileñas es la penúltima noticia terrible para la democracia en el planeta. Que un tipo que es, a cara descubierta, un dictadorzuelo racista gane en las urnas con casi el 50% de los votos, produce tanta perplejidad como pánico.

Sumen a esto lo que está ocurriendo en Rusia, Polonia, Hungría o Reino Unido. O las nueve mil personas que se unieron a la fiesta de Vox en Madrid —lo siento: nueve mil imbéciles—; o la que nos espera en las próximas elecciones europeas, cuando el voto de castigo hacia las formaciones tradicionales se traduzca en votos a la alianza de extrema derecha que quiere impulsar Steve Bannon y que saldrá adelante porque corren malos tiempos para la mesura, y si no sienten ganas de temblar es que su espíritu democrático está gripado o ya difunto.

Para colmo, nos toca discutir hasta con quienes nunca creímos que tuviéramos que hacerlo, gente como Monereo o Anguita que basándose en la premisa de que hay que juzgar hechos y no intenciones —y ahora hablaremos de eso— dan su bendición al decreto dignidad impulsado por el Gobierno que vicepreside Salvini.

Un Salvini cuyas intenciones es necesario conocer, porque las leyes que aprueba y fomenta van encaminadas a un objetivo: una Italia para los italianos en la que los inmigrantes sean sólo mano de obra barata, casi esclava, o no puedan directamente entrar. Y en la que la case baja del país quede igualmente sometida a pasar de subempleo en subempleo mientras los millonarios del país —y los extranjeros ricos, como Cristiano Ronaldo, por ejemplo— pagan unos impuestos mínimos que, por supuesto, serán insuficientes para sostener el Estado del bienestar. Que es lo que en el fondo se persigue. Eso y que nadie proteste, pues los cambios económicos suelen ir de la mano de la aprobación de diferentes leyes mordaza.

Esas son las intenciones Salvini, como son las de Bannon, las de Le Pen o las de Viktor Orban. Y seguramente las de Casado y quién sabe si las de Rivera. Dicho de otra manera: nos estamos jugando la democracia. Y nos están derrotando.

Que sí, vivimos en una democracia imperfecta; una democracia que ahora está en riesgo porque muchos creyeron que era una línea de meta en vez de un punto de partida desde el que seguir avanzando en las mejoras sociales y estructurales que requieren España y Europa. Pero una democracia que también es mejor —y estamos entrando en un periodo en el que asumir esto va a ser clave— que el régimen represivo, sin oportunidades para las clases bajas y los inmigrantes y de creciente pauperización general al que nos quiere llevar la ultraderecha mundial.

Una ultraderecha que está en alza y que está apostando todo para, de una sola vez, hacer imposible el regreso a un sistema del bienestar que, insisto, aunque imperfecto, puede que acabemos echando mucho de menos en un par de décadas, cuando quienes no tienen más propiedad que su fuerza de trabajo estén anclados a unos empleos que no les den para pagar una vivienda digna. Y no digamos ya para pagar la educación superior de sus hijos o un seguro médico y un plan de pensiones de esos que, poco a poco, se van a ir haciendo obligatorios. Mientras el centro de las ciudades se convierte en un parque temático sólo disponible para los turistas ricos.

Y a lo mejor, sí, es que soy un pesimista. Y todavía no están sonando las trompetas del Apocalipsis. Pero no puedo dejar de pensar, a medida que se acercan los años 20, que hemos retrocedido cien años. Y que o paramos el fascismo en la próxima década o después ya será tarde y los demócratas —y aquí ya no cabrá distinguir entre moderados y radicales— habremos sido de nuevo derrotados.