sábado. 20.04.2024

No os metáis en política

rivera arrimadas
Inés Arrimadas y Albert Rivera.

Los líderes de Ciudadanos no han dudado en tachar de «política» la movilización feminista del 8 de marzo. Como si el hecho de ser «política» o estar «ideologizada» la convirtiera en algo negativo

Uno de los grandes triunfos del feminismo se resumió en la fórmula: «Lo privado es político». Un lema que quería dejar claro que toda experiencia personal —hasta la más íntima— estaba determinada por las estructuras sociales y políticas en las que dicha experiencia se desarrollaba. Se trataba, en suma, de politizar la cotidianeidad para demostrar que también el amor, la familia, el trabajo o la amistad estaban determinados por lo político y sus estructuras.

Mucho ha llovido desde entonces, y más en las últimas semanas. Y en ese tiempo transcurrido hemos tenido que asistir al empeño del Statu Quo por despolitizarlo todo. Asistiendo, incluso, a despropósitos como el de ver a políticos profesionales —antes Esperanza Aguirre, ahora Rivera o Arrimadas— utilizando el calificativo «político» como algo negativo. Y si la condesa de Malasaña hablaba de «huelgas políticas» o «ideológicas» para intentar desprestigiar las movilizaciones de los sindicatos o de los trabajadores de la sanidad de Madrid, los líderes de Ciudadanos no han dudado en tachar de «política» la movilización feminista del 8 de marzo. Como si el hecho de ser «política» o estar «ideologizada» la convirtiera en algo negativo. Cuando, obviamente, se trata de huelgas políticas e ideologizadas. Porque todas las huelgas lo son.

Otro tanto ha ocurrido con las actividades infantiles: sean cuentacuentos pagados con dinero público, campamentos de verano o escuelas sufragadas por las comunidades. Si uno no quiere que lo acusen de adoctrinar, debe mantener cualquier debate político alejado de las aulas. Porque no hay que contaminar a los niños con los debates sociales, nos dicen. Como si el hecho de ponerlos delante de la televisión no fuera ya un acto político. O el de criarlos en la desatención e incluso el desdén hacia lo que ocurre en su entorno.

Aunque, sin duda, la medalla de oro en la carrera por lograr espacios públicos apolíticos se la merece el fútbol. Hasta el punto de que ha convencido al ciudadano de a pie de que este espectáculo debe ser un «espacio de encuentro» libre de cuestiones políticas, que pueden crear debate o poner en crisis lo establecido. Y ay de aquel que se atreva a contravenir este credo. Será sancionado, señalado, tachado de alborotador.

Miren, si no, lo que le ha pasado a Guardiola por querer hacer visible su posición política a través de un lazo amarillo. O lo que le pasa a Gerard Piqué cada vez que abre la boca. O lo que les ocurrió a los jugadores negros que se les ocurrió arrodillarse al escuchar el himno estadounidense en protesta contra el racismo de Trump. Que uno se pregunta si ocurriría lo mismo en el caso de que, digamos, Guardiola luciera en la solapa una bandera de España y Piqué hablara para defender la unidad sagrada de la patria (como hace Sergio Ramos, por ejemplo, sin que nadie le llame al orden). O si los negros de los perfectamente demócratas Estados Unidos saltaran al campo con una bandera sudista envolviéndoles la frente.

Desde la época en que se prohibieron los mensajes en las camisetas interiores —para evitar que se pudieran reivindicar desde un foro con tanto público como el fútbol causas que podían ser problemáticas para el negocio gestionado por la FIFA—, los estadios se han convertido en lugares asépticos donde salvo campañas que concitan un mayoritario apoyo como la lucha contra el racismo en el deporte, no puede ser hecha ninguna proclama. Con una sola —y curiosa excepción: los mensajes de ultraderecha. Estos siguen estando presentes en los estadios sin que a nadie parezca importarle demasiado. Debe ser que el fascismo no es una forma de hacer política.

Esta manía de lo aséptico, por cierto, se ha extendido al resto de deportes, de manera que uno tiembla al imaginar lo que le hubiera pasado al pobre Jesse Owens en el caso de que hubiera levantado hoy su puño en el pódium tras ganar una medalla de oro olímpica. O si a algún futbolista se le ocurre protestar en el próximo mundial de Rusia contra, por ejemplo, la homófoba política del presidente Putin.

El problema estriba, entonces, en que ni el fútbol, ni las escuelas, ni desde luego las huelgas y otras movilizaciones pueden ser espacios ajenos a la política: porque todo es política.

Si uno decide pasar de la política, también está participando en ella; en concreto, sosteniendo aunque sea pasivamente el estado de las cosas. Si uno decide que sus hijos no asistan al debate público o ignoren las disputas que se producen en su entorno, también los está politizando: politizando en el conformismo y el desdén hacia la vida comunitaria. Si uno decide que un estadio no es un lugar donde hacer proclamas políticas, está negando a un sector de fuerte relevancia pública —los futbolistas— la posibilidad de incidir en la sociedad con mensajes contrarios a los deseados por el sistema —porque si, como hemos dicho, uno apoya lo establecido no habrá problema con que se manifieste—.

Porque, en suma, todo —lo personal y desde luego los espacios públicos y los deportes dirigidos por asociaciones con negocios turbios y escasa transparencia—está infiltrado por las estructuras políticas y sociales. Y por lo tanto, todo está ya politizado. Y pedirnos que no lo politicemos es pedirnos, en realidad, que permanezcamos callamos y dejemos las cosas como están. Para que los que se vienen beneficiando de ellas hasta hoy puedan seguir haciéndolo.

Pero ya saben, ustedes hagan como yo, y no se metan en política.

No os metáis en política