viernes 17.01.2020

Un gobierno para los malos españoles

Iba la votación en la última sesión de investidura 165 a 165 cuando el vicepresidente primero, del PSOE, se levantó para votar con una sonrisilla pícara: «¿Os imagináis que ahora voto que no, la que se lía?», parecía pensar. No hubo finalmente ese tamayazo que la derecha esperaba como un hincha del Madrid espera el gol de Ramos en el tiempo de descuento y tuvimos fumata blanca. Un nuevo gobierno para los, al parecer, malos españoles -y otras lindezas- y para desgracia de unos voceros que temen menos, sospecho, que España se rompa, que el no poder tocar el BOE en otros tres o cuatro años.

El mejor pegamento para esa mayoría ciertamente extraña que ha elegido a Sánchez -que podría haber sido mayor si la derecha de JxCAT no hubiera votado, una vez más, con la derecha españolista- ha sido, de hecho, el estado de apocalipsis declarado por los trompetas parlamentarios y mediáticos de la derecha.

Una derecha que parece no entender la democracia si no la comandan ellos y que, sobre todo, tiene una idea cada vez más cerril de lo que es ser español

Una derecha donde va quedando claro que falta aire para tanto partido, pues si la izquierda está habituada a que por cada mínimo matiz de estrategia surja una nueva formación y esos matices se exageren hasta abrir abismos casi insalvables, en la derecha parece difícil que sobrevivan tres siglas que ni siquiera en la estrategia se diferencian. Porque, pasadas las andanadas a cuentas de la investidura esa es hoy una de las preguntas clave: ¿Qué diferencia al PP, a Vox y a Ciudadanos? ¿Lo tienen claro sus votantes? Sospecho que cuando se asiente el polvo, Vox tendrá más votos en la saca y PP y Ciudadanos serán menos relevantes.

Otro aspecto clave tiene que ver con el secuestro de la españolidad, una vez más, por la derecha. Tuvo que explicarles Aitor Esteban desde la tribuna el escaso favor que hacían al Rey identificándolo, una y otra vez, con unas posiciones ideológicas, eliminando, de momento solo de palabra, su supuesta neutralidad. Algo así como el abrazo del oso que la derecha da a una monarquía que puede acabar asfixiada entre sus brazos.

Inés Arrimadas se asombraba en la tribuna del número cada vez mayor de diputados y partidos nacionalistas que hay en la cámara, como si estuvieran allí por generación espontánea y no porque la gente les vote

Una derecha que parece no entender la democracia si no la comandan ellos y que, sobre todo, tiene una idea cada vez más cerril de lo que es ser español. Hasta el punto de que la portavoz de ciudadanos y presidenta in pectore del partido, Inés Arrimadas, se asombraba en la tribuna del número cada vez mayor de diputados y partidos nacionalistas que hay en la cámara, como si estuvieran allí por generación espontánea y no porque la gente les vote.

De modo que para la derecha, asúmalo, usted no será español si es moro, marica, lesbiana, transexual, comunista o ateo. O si es un hombre blandengue. O si no reza desde ahora y con fervor por España. No será español si no le gustan los toros o no caza. O si cree en la memoria histórica. No lo será tampoco si opina que la jefatura del Estado no debería ser hereditaria. Ni si vota usted en Teruel y cree que no hay pecado alguno en investir a Sánchez. O si vota en Navarra y quiere mantener el aforamiento, señores de UPN. Y, por supuesto, será mal español si es nacionalista catalán, vasco o gallego, aunque en ese caso se le obligará a ser español, para que se joda y aprenda.

Lo que no entienden es que esa España de mantilla y farias; de vivas a la Legión y el cara al sol antes de que cierre Pachá -ahora en Madrid, Teatro Barceló-; de Cayetanos como los de Carolina Durante y chistes machistas a la hora del vermú es cada vez más y más estrecha. Tanto, que los buenos españoles al final van a terminar cabiendo en una plaza. 

Un gobierno para los malos españoles