Se le ha calificado ya de tantas formas, que resulta difícil decir algo más sobre un personaje ciertamente bufonesco como el ya President y muy honorable señor Joaquim Torra. Al que los medios nacionales se toman tan poco en serio que hasta hurtan habitualmente su nombre completo. Una especie de Trump de Blanes que se cree superior por tener ocho apellidos catalanes y no oler a ajo o a taberna. Que es lo mismo que decir que no huele a trabajo. Un olor que, ciertamente, no justifica nada, pero al menos nos da el consuelo, a quienes no tenemos cuna noble ni reseñable abolengo, de haber pertenecido siempre al bando de los perdedores. Es decir, al de los inocentes.

La retórica de Torra es la de la supremacía de la tierra. La elevación a los altares del dónde por encima del quién. Como si los derechos y las virtudes emanasen del suelo que pisamos y no de nuestra condición de humanos o de la educación que recibimos, los libros que leemos y nuestra voluntad. Una pulsión tan antigua que debe de estar escrita en nuestros genes con letra negrita de cuarenta puntos.

La misma pulsión que lleva, por ejemplo, al señor Netanyahu a invocar el derecho a gobernar la tierra milenaria del pueblo judío mientras manda ametrallar a una multitud desarmada. Y ello con la aquiescencia satisfecha del loco del pelo naranja y la pasividad cómplice de una Europa que entre los muertos que oculta en el Mediterráneo y los que permite en Oriente Medio es ya, nos guste o no, un régimen genocida.

En el caso de Palestina, la inacción europea significa —concluye el especialista Jesús Núñez Villaverde y servidor sólo puede asentir— que ese territorio ya no importa nadie. Es decir, que el dolor de los gazatíes está ya amortizado. Por eso, añade Villaverde, Netanyahu no tiene prisa por apoyar las propuestas más radicales de Trump: sabe que, como en la canción de los Stones, el tiempo está de su parte y que, más pronto que tarde, de los cinco millones de presos que hay en esa enorme cárcel llamada Gaza, no quedará ni uno solo. Y la tierra prometida será toda suya y de los suyos.

No creo —no quiero creer— que si se diera el caso, el señor Torra y su voz en la zarza ardiendo —el señor Puigdemont— quisieran echar a todos los que tienen apellidos godos de su arcadia catalana para dejarla libre de sangre contaminada y malos ciudadanos. O encerrar a estos en una pequeña franja con el mar a la espalda. Pero a lo mejor es que soy un iluso que todavía piensa que es imposible que, en pleno siglo XXI, haya gente que considere en serio que los derechos pertenecen a los territorios, y no a los individuos.

Aunque la alternativa —que sepan que no es así y empleen esa pulsión antigua para alcanzar otros objetivos más egoístas y espurios— es todavía más descorazonadora, pues significaría que no son cavernícolas chiflados, sino ególatras maquiavélicos y manipuladores capaces de destrozar países y vidas sólo para ser más poderosos, más ricos, más aclamados.

Y uno ya no sabe qué es preferible y qué es peor. Y entiende mejor, y con siniestra lucidez, aquella frase atribuida a Lord Byron: «cuanto más conozco a los hombres, más quiero a mi perro».