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miércoles. 17.08.2022

Las risas que heló el invierno

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Si el partido de Rajoy insiste en resolver este conflicto con porras y decretos judiciales es probable que el número de independentistas siga creciendo y sus diputados en el Parlament acaben en negativo

Todavía resonaban las carcajadas de algunos al ver a un Puigdemont a la fuga cuando el President que nunca quiso dejar de serlo comenzó a adelantar a Esquerra y dejó en nada el triunfo de Arrimadas, menos histórico y, sobre todo, menos decisivo de lo que quieren hacernos creer sus apologetas mediáticos.

El independentismo suma, esa es la verdad. Y basta la abstención de las CUP para que todos volvamos al dos de octubre. Todos menos quienes ya están presos y también quienes pueden estarlo en breve. Incluido el propio Puigdemont.

Además, si se suman los escaños de los comunes —o se restan sus votos del bando españolista— parece bastante claro que se mantiene la mayoría social pro referéndum. Cómo parece claro que la presión policial, mediática y judicial no ha restado mucho poder a los secesionistas. Tampoco la alta participación a la que fiaban todo los analistas de encuestas dudosas o torpes.

Vamos, que vienen curvas.

Dicho esto, está claro también que sigue sin haber una mayoría a favor de la independencia. Y eso es algo que los partidos con afanes unilaterales no deberían olvidar. El voto en las grandes urbes ha sido mayoritariamente favorable a Ciudadanos, que venció también en Lleida y Tarragona y acabó beneficiándose de una ley electoral que anoche criticó, me temo, solo por costumbre.

Con todo, a quien la llegada del invierno pilló más a la intemperie fue a un PP cada vez más enclaustrado y más a la deriva, demasiado lastrado por la corrupción y por una imagen de partido antiguo que no se borra ni aunque vistan de rapero a Maíllo o le quiten la peineta a Cospedal. Si el partido de M. Rajoy insiste en resolver este conflicto con porras y decretos judiciales es probable que el número de independentistas siga creciendo y sus diputados en el Parlament acaben en negativo.

Y ese, quizás, es el mayor problema ahora mismo para todos: que quien tiene que ver y resolver la complicada situación que se avecina es Rajoy. El hombre que jamás quiso dialogar. El político que ha convertido el no hacer nada en una escuela. En una poética.

Sus voceros, para colmo, ya están pidiendo que mantenga el 155. Es decir, que se conserve la Generalitat hasta que la gente vote como Dios manda. O como mandan ellos. Es decir, que el partido de los tres diputados gobierne la región como si ayer no se hubiera votado.

Pero eso no solo sería un escándalo. Sería una vergüenza. Y muy difícil de explicar.

Las risas que heló el invierno