martes 19.11.2019

La responsabilidad y el voto

Conviene que nadie se engañe sobre lo que Vox es y lo que Vox propone.

No quiero pensarlo, pero lo pienso: puede que el once de noviembre la derecha haya sumado los suficientes escaños para formar gobierno. Con un VOX al alza. Pero claro, ese lunes de nada servirán las lamentaciones. Así que por mi propia paz intelectual, escribo.

Hace poco alguien me decía que se sentía estafado por el contrato social: “Nosotros hemos cumplido nuestra parte del trato. Hemos estudiado una carrera y dos másters, hemos viajado, hemos aprendido idiomas, nos hemos formado y sin embargo, aquí estamos: en paro o sometidos a la precariedad. Y, ¿qué hacen los políticos por nosotros? Nada”. Su intención, aunque no lo manifiesta a las claras, será votar a Vox. Porque está cabreado.

Cada voto a Vox es una palmadita en la espalda a las manadas nazis la próxima vez que salgan a apalear a negratas, guarros o maricas

Y es verdad, los políticos no hacen nada. Y da pena pensar que si hicieran algo sería para jodernos todavía más. Pero votar al Vox el domingo —o quedarse en casa— acaso no vaya ya de representatividad, de salarios dignos, de aspiraciones frustradas —tampoco conviene ser muy adolescente en esto— o de elegir entre un capitalismo salvaje y otro más moderado, pero igualmente capitalista. Lo que nos jugamos el domingo, una vez más, es algo más elemental: la dignidad. No la del país, no: la nuestra como individuos.

Sitúese usted en los años veinte o treinta del siglo pasado y elija entre quedarse en su casa, votar a quienes le aseguran la tranquilidad del hogar —y mano dura contra los revolucionarios bolcheviques y los judíos, los gitanos o la minoría que a usted más le atemorice—o poner coto a sus naturales reservas ante la incertidumbre de otras formas de gobierno e ir a votar a la izquierda. Póngase en ese lugar y en ese tiempo porque, de algún modo, es ahí donde estamos.

Es ahí donde está el jubilado que siente que quienes persiguen la independencia de Cataluña le están robando algún pedazo de una parcela espiritual y pide que vaya allí el ejército y reparta estopa y que, por supuesto, va a votar a Vox. Es ahí donde está la mujer que se considera amenazada por las hordas de menas que violan en manada y que no desean integrarse y respetar nuestra cultura. Es ahí donde está el trabajador por cuenta propia que prosperó a finales de los noventa y se dio el batacazo en el 2008 y que cree que con su estatus perdió también su masculinidad y que apuesta por hacer grandes recortes en el Estado y que cada palo aguante su vela. Es ahí donde está el que votará a Vox porque la caza, porque los toros, porque la patria, porque la seguridad en las calles, porque Carmena, porque Colau…

Estamos en la encrucijada de decidir no quién nos representa mejor, sino qué tipo de personas queremos ser. Si de las que tienen miedo porque el mundo ha cambiado mucho y muy rápido y creemos que solo la mano dura y los aspavientos machirulos nos devolverán las certezas perdidas —certezas que en realidad, siento decírselo, son irrecuperables—; o personas capaces de apostar porque la solidaridad entre personas y regiones y la lucha contra la pobreza y la segregación es la única manera de construir sociedades más justas y seguras.

Porque cuando Vox se va a señalar a los menas a uno de sus centros o los acusa en Espejo Público de causar más violaciones que los machos del país —daré un dato que quizás Espinosa de los Monteros no conozca: Más del 90% de los encarcelados del país por delitos graves son hombres; ¿qué conclusión deberíamos sacar de ello?— no solo está sacando los pies del tiesto para que el personal se eche unas risas; está señalando a un enemigo. Y con el enemigo no se negocia, no se pacta. Al enemigo se le aniquila.

Dicho de otra manera y por dejarlo claro de una vez: cada voto a Vox es una palmadita en la espalda a las manadas nazis la próxima vez que salgan a apalear a negratas, guarros o maricas.

Después que cada uno vote lo que quiera, faltaría más. Pero conviene que nadie se engañe sobre lo que Vox es y lo que Vox propone. Que después llega la época de repartir responsabilidades y muchos dicen que ellos no sabían, que fueron engañados, que creían votar lo mejor para el país. Que estaban muy enfadados y por eso no votaron. Que ellos jamás se han metido en política. Y espero que esta vez no cuele.

La responsabilidad y el voto