El ministro Pedro Duque saluda al rey tras su toma de posesión.
El ministro Pedro Duque saluda al rey tras su toma de posesión.

El Gobierno es, en todo caso, un gobierno para estirar la legislatura hasta donde se pueda y, sobre todo, para mejorar rápidamente en las encuestas y llegar a las elecciones en cabeza

Estábamos ya todos con la carcajada preparada y el dedo acusador a punto cuando Pedro Sánchez, en lugar de reunir el previsto Consejo de Ministros formado por segundones, se puso el traje de Florentino Pérez y salió a fichar galácticos. El mayor de los cuales, por eso de ser astronauta, es Pedro Duque, al que se pone al frente de un Ministerio —Innovación y Universidades— que es fundamental si este país quiere recuperar todo lo perdido en materia de investigación.

A Duque se unen el muy aclamado Borrell —un mensaje a quienes le acusan de cómplice del nacionalismo catalán— y el no menos popular Grande-Marlaska —mensaje, en este caso, para quienes le acusan de cómplice de los batasunos—. Nombres a los que hay que sumar los de mujeres menos mediáticas pero muy preparadas como Nadia Calviño, Dolores Delgado o Magdalena Valerio, entre muchas otras. Pues se trata de un Gobierno, sobre todo, de mujeres. Lo que en sí también es ya un mensaje.

Una política de fichajes estelares que, por supuesto, ha conjugado Sánchez con el apoyo a la cantera, como en aquella época de Zidanes y Pavones que tuvo el Real Madrid. Para lo cual, ha contado con Ábalos, Carmen Calvo o Meritxell Batet, unos cuantos nombres de la casa de entre los pocos que lo apoyaban. Lo de Máxim Huerta ya nos lo explicarán algún día, si es que tiene explicación.

El Gobierno es, en todo caso, un gobierno para estirar la legislatura hasta donde se pueda y, sobre todo, para mejorar rápidamente en las encuestas y llegar a las elecciones en cabeza. Suele decir Loquillo que uno debe ser el más tonto de su equipo y rodearse de gente talentosa, pues sólo así se avanza y aprende; y en esta tesitura, es probable que la aceptación de Sánchez y su imagen mejoren mucho al rebufo de la buena prensa de algunos de sus ministros.

La campaña creada, además, mediante el truco de ir soltando los nombres uno a uno —para que cada nombramiento fuera una noticia— ha sido bastante exitosa, y Sánchez debería felicitar al asesor a quien corresponda la idea.

La elección de estos grandes nombres es, por último, un zarpazo interno —pues quienes en el PSOE se burlaban de que todos los grandes nombres del Partido estaban frente a Sánchez se han debido de llevar un buen chasco— y uno externo, ya que la nómina de notables procedentes de la sociedad civil responde más a la idea que uno se haría de un Gobierno de Ciudadanos que de uno del PSOE. Un partido, el de Rivera, por cierto, que está repentinamente desaparecido, desinflado como el globo de una fiesta de cumpleaños ya pasada que alguien ha olvidado retirar.

Sólo queda, claro, que tanta rutilante estrella se ponga de acuerdo sobre el terreno de juego cuando la pelota corra. Y que sus nombres sirvan para algo más que para una operación de márketing con la que vender muchas camisetas con la foto de Pedro Sánchez. Y es que no está de más recordar que el final de la etapa galáctica del Madrid llegó tras un año jugando mal y sin ganar ningún título y conllevó la dimisión del propio Presidente.

O sea, que cuidado con la euforia. Que al final, luego acaba uno añorando a Del Bosque. O peor aún: empieza a pensar que Míchel podría ser la solución.