domingo 05.04.2020

El fascismo ya mata

Es ese hombre blanco cabreado porque un día su esposa le dejó y que ahora clama contra todas las mujeres en los grupos de whatsapp. Es el trabajador sin estudios que cree que no encuentra empleo porque se lo está quitando un negro o un “moro de mierda” y que está convencido de que a los inmigrantes les llueven las ayudas del cielo. Son los jóvenes que lo han tenido todo desde que nacieron y que consideran que quienes no esquían en Baqueira ni juegan al pádel tres veces por semana son inferiores. Son los garrulos que suponen revolucionario y rompedor cantar el cara al sol en el after, antes de que la discoteca cierre y ellos puedan apurar el amanecer apaleando mendigos.

Son ellos quienes hoy deberían preguntarse a cuántos metros de distancia se encuentran del hombre incel -es decir: machista- que ha matado a diez personas en Alemania porque cometían el imperdonable error de estar cenando un Kebab. A cuántos grados de excusas baratas se hallan de quien ha perpetrado la mayor masacre en Europa en los últimos 3 años. Qué diferencia su fascismo vocal, fanfarrón y de tertulia de Casino del fascismo de este asesino.

Cuando Merkel abandone la CDU, ¿seguirá su partido dispuesto a perder el poder a cambio de no negociar con los herederos del nazismo? ¿Podrá mantener el liberalismo en Francia el Elíseo frente al empuje de la ultraderecha? ¿Ganará Salvini en Italia?¿Seremos capaces en España de menguar el poder que hoy ha alcanzado ya Vox?

Envuelta en la bandera del miedo, la ultraderecha está volviendo a minar las bases de la democracia, haciendo creer a muchos que lo importante es el orden, la tradición, la seguridad. Que nada cambie. Que todo sea como era antes, en un pasado arcádico que nunca existió pero del que el hombre aturdido de hoy siente nostalgia. Y que si el precio a pagar para tener todo eso es soportar una tiranía y perder grandes cuotas de libertad, tampoco es un precio muy alto.

En el caso de España la situación es, en algunos aspectos, más grave si cabe. Porque no existe una derecha que siga creyendo, de verdad, en la democracia liberal. Toda nuestra derecha, de Ciudadanos a Vox, parece sentir una profunda nostalgia de la dictadura y una melancolía terrible por una época en la que nadie les discutía el poder ni la iniciativa política porque eran ellos -su clase, sus amigos, su tribu- quienes mandaban. De ahí que ninguno se moje cuando se trata de condenar el franquismo. De ahí que procuren no irritar al votante que sigue llevando en su corazón la camisa azul puesta e incluso le den mimos y le digan que no tiene nada de lo que avergonzarse. De ahí que los pocos demócratas convencidos en esos partidos -Garicano, Semper, Alonso, Basagoiti en su momento- estén retirados o en aislamiento.

Pocos países habrán padecido más que España el ideario económico de Ángela Merkel. Pero Merkel, al menos, es una demócrata radical, que es la única manera de ser demócrata hoy en día. Alguien que ha entendido que a la ultraderecha no se le puede dar ni agua, porque no es que te acabe robando la cantimplora, es que además te abandona sin ella en medio del desierto. Ha entendido que el fascismo y nazismo siguen vivos, que nada hemos aprendido de los millones de muertos que estas ideologías causaron el pasado siglo y que no aislar a esas ideas, ser equidistantes con ellas, es lo mismo que darles bula de credibilidad. Y perder la batalla.

Cuando Merkel abandone la CDU, ¿seguirá su partido dispuesto a perder el poder a cambio de no negociar con los herederos del nazismo? ¿Podrá mantener el liberalismo en Francia el Elíseo frente al empuje de la ultraderecha? ¿Ganará Salvini en Italia? ¿Serán modelo para nuestras democracias, en las próximas décadas, la Hungría de Orbán, la Rusia de Putin, la Turquía de Erdogan? ¿Seremos capaces en España de menguar el poder que hoy ha alcanzado ya Vox?

Según cómo respondamos a esas preguntas -y no nos engañemos, la respuesta la debemos dar nosotros; cada día-, la democracia tal y como la hemos concebido hasta ahora, sobrevivirá o no. Si no lo hace, entraremos en un nuevo periodo donde el nacionalpopulismo convertirá Europa en un conglomerado de tiranías. Y los diferentes -que podemos ser cualquiera- lo pasarán muy mal. O directamente, como ha ocurrido en Alemania, morirán. Porque el fascismo mata.

El fascismo ya mata