Se calcula que la cifra de muertos en el Mediterráneo es ya de 14.000 en los últimos cuatro años, lo que da una media de un poco más de 9 al día

Juro por el dios en el que no creo que a mí, en el fondo, esto de señalar con el dedo no me gusta. Y que preferiría perder unos pocos minutos de mi tiempo y del suyo con una columna humorística que hablara, no sé, de lo divertidas que están las primarias del PP o del frío real y metafórico que va a pasar Cristiano tan lejos de Madrid.

Pero me sentiría un poco mal si mientras lo hago salta otra noticia en la que se nos cuenta que un nuevo barco con migrantes se ha hundido o se ha dejado hundir en el Mediterráneo, y que hay que sumar unos cientos de vidas más a todas las que ya pesan sobre nuestra conciencia. Al menos, sobre la de quienes tenemos conciencia.

Y es que el auge del populismo fascista es tal que va camino de convencernos a todos —parece que a Sánchez ya le ha convencido, y también a Merkel— de que lo sensato es, como mínimo, detenerlos en cuanto traspasen nuestras fronteras y deportarlos a la mayor brevedad posible. Y si es posible que los detengan ya en Marruecos, Libia o Turquía, que es más higiénico y así no nos pueden responsabilizar por las torturas o las muertes en esas cárceles que eufemísticamente llaman centros de retención.

Se calcula que la cifra de muertos en el Mediterráneo es ya de 14.000 en los últimos cuatro años, lo que da una media de un poco más de 9 al día. Un ejército no tan silencioso como les gustaría a algunos y que apunta a nuestra moral con sus índices acusadores. Porque las preguntas más perentorias hoy para los europeos son, ¿de verdad podemos llamarnos demócratas? ¿De verdad no somos unos asesinos que condenan a sus semejantes por el color de su piel o el de su cuenta bancaria? ¿No caminamos a pasos agigantados hacia una Unión Europea fascista y egoísta como nunca antes?

Cuando la Guerra Civil española terminó, un México empobrecido recibió a un millón de españoles pobres y derrotados. En los años 20 y 30, en plena crisis, Argentina y Uruguay se llenaron de apellidos italianos, polacos, ucranianos, rusos. Los hoy cerrados y cerriles Estados Unidos fueron siempre un país abierto para los migrantes. Ahora, sin embargo, una Europa rica, mayoritariamente burguesa y, lo que es peor, con un problema demográfico galopante ha decidido que es preferible sumar miles de personas cada año a ese cementerio marino tan poco poético que restar unos miles de euros a los balances económicos de los países miembros.

Uno sueña con que un día todos esos muertos callados del Mediterráneo sean depositados por un poderoso oleaje sobre nuestras playas abarrotadas de turistas. A ver si así se nos atraganta un poco el mojito, la vergüenza nos corta la digestión y empezamos a no votar, apoyar y jalear a partidos y políticos asesinos. Que va siendo hora.