jueves 28/1/21

¿Dormirán bien los jueces?

Me lo pregunto cada vez que aparecen casos como el de las niñas recientemente asesinadas por la pareja de su madre, la cual había avisado de las amenazas en varias denuncias. ¿Dormirán bien la jueza que vio endebles las pruebas que la madre aportó? Y acaso más importante: ¿No hay nada que pueda hacerse contra aquellos cuyas decisiones, manifiestamente erróneas, cuestan vidas? Porque a lo mejor se los podría apartar de la carrera, retirar el sueldo una temporada, cualquier cosa, en fin, que les ayude a comprender que cuando se equivocan en estos casos, alguien lo paga.

Porque la carga de trabajo no es excusa. A veces, muchas veces, hay indolencia, machismo, sensación de superioridad intelectual. Y muchas otras razones.

Conozco una jueza, por ejemplo, que con un atestado de la policía en el que se narraba cómo encontró a una niña y a su madre encerradas en el salón por el padre —que no las dejaba salir— y cómo la niña, ya casi adolescente pero que aun así ha vuelto a orinarse encima por las noches, manifestó que la daba mucho miedo quedarse a solas con su padre, ha dispuesto que haya una custodia compartida. Porque eso, dice, es lo justo.

Esa jueza, me pregunto, ¿dormirá bien si el día de mañana, dios o el azar no lo quieran, a esa niña le ocurre algo? ¿No existe una inspección que señale a esos jueces que sus sentencias son un puñetero disparate? ¿No hay político que se atreva a ponerle el cascabel al gato?

Como todas las profesionales gremiales, la judicatura es y actúa cada vez más como una casta endogámica. Hay sagas que se suceden generación tras generación, grupúsculos, filias y fobias de origen remoto y un corporativismo que impide que entre el aire en los tribunales y que los incapaces sean señalados por sus compañeros.

Las conversaciones de la hoy ministra y antaño fiscal Delgado son muestra —además de su escaso tacto y su ética dispersa o nula en el ámbito privado—de los tejemanejes de un mundillo donde todos se conocen, los favores se reparten, las venganzas se cobran antes o después y pesan muchas veces más los egos y las luchas por los puestos que el servicio al ciudadano y a las leyes.

Así que sí, hay que meterle pasta a la Justicia. Mejorar los juzgados, aumentar el personal, sumar tecnología al proceso. Pero sobre todo, es necesario que quienes se equivoquen, como ocurre en los demás trabajos, paguen las consecuencias. Sobre todo, insisto, si su equivocación es flagrante y además cuesta vidas. Vidas de niños.

¿Dormirán bien los jueces?