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lunes. 26.09.2022

La carrera de los cazadores de votos

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La duda para el 28A es solo una: ¿Cuánto se movilizará la izquierda? 

Las elecciones son como las familias felices de Tolstoi: todas se parecen. En el afán por diferenciarse los unos de los otros (puro marketing), los partidos han comenzado ya la fiesta de los exabruptos, los insultos y las negativas a pactos posteriores. En esto último Ciudadanos es el que se lleva la palma, después de anunciar que nunca, nunca, nunca pactarán con el PSOE. Como nunca, nunca, nunca iban a pactar con Rajoy, ¿recuerdan?

El partido de Rivera no dejaba de pedir generales, pero en realidad las esperaba después de las autonómicas, donde en algunas comunidades hubiera podido pactar con el PSOE y recuperar, así, una imagen de partido centrista. Ahora, el adelanto electoral que reclamaron les ha estallado en la cara y da la sensación de que, sometidos como están siempre al puro electoralismo, corren de un lado para otro como pollo sin cabeza, sin saber cómo hacer para mantener el centro y al mismo tiempo parecer más de derechas que Casado y Abascal. Lo que no entienden es que esa segunda batalla la tienen perdida: nadie es más de derechas que Casado y Abascal.

Aunque hay que reconocer que Rivera, eso sí, lo intenta. Tanto, que en su afán por unir las dos Españas, ya empieza a parecer que, como en el caso del líder de Vox, lo que quiere en realidad es la imposición de una mitad sobre la otra. Porque, recuerden, el patriotismo con sangre entra. Y a eso hay que llamarlo sentido común. Y a quien cree en el diálogo, traidor.

Lo bueno para Ciudadanos es que aún navegan con el viento de popa. Salen en la foto. Son candidatos a ganar mucho, si no todo. Sobre todo porque en el PP ni muchos con carné creen en Casado. También lleva viento de cola el PSOE, que ha optado por una campaña a lo Zapatero: si todos los demás gritan, yo me ofrezco como el candidato del talante moderado. El único que puede poner freno a la crispación.

No pueden decir lo mismo en Podemos, que con el jefe todo poderoso de baja, problemas en Galicia, Madrid y la Comunidad Valenciana y un electorado dividido y en buena medida desilusionado, sólo puede confiar en reunir el voto de resistencia al auge de la derecha más rancia en décadas para no meterse un batacazo tan grande que ni Iglesias podría ignorarlo. Lo malo de esa estrategia es que obliga a votar con resignación. Y la resignación motiva menos que la ilusión. A día de hoy nadie en España, ni siquiera en Galapagar, se cree que Podemos pueda de verdad alcanzar al poder o incluso ser determinante. La esperanza del sorpasso queda ya muy lejos.

Así las cosas, la duda para el 28A es solo una: ¿Cuánto se movilizará la izquierda? Si el hartazgo pesa más que el miedo a un gobierno cuya agenda esté marcada por Vox, la derecha ganará. Si la izquierda, aunque sea con la nariz tapada, sale a votar, la Ley D´hont puede perjudicar por primera vez a una derecha dividida en tres partidos que se restarán mutuamente, y puede que de manera muy grave para ellos, en provincias con pocos escaños por repartir y por supuesto en las elecciones al Senado. 

De todo esto, puede salir un escenario peor que el actual en lo que se refiere a la gobernabilidad. Pues las derechas pueden quedarse a dos escaños de la mayoría -no valiéndoles ni el que pueda prestarles Coalición Canaria- y entonces, ¿quién pactará con ellos después de la política de tierra quemada que han practicado? 

Y el PSOE, ganando las elecciones, puede encontrarse con que ni PP ni Ciudadanos le apoyan o se abstienen para darle el gobierno, y con Podemos no suma. Entonces, dado que el nacionalismo catalán está también por el enfrentamiento, supongo que nos tocará volver a ir a las urnas. Y así hasta que nuestro hartazgo dé la razón a los hunos o a los hotros. Y alguien gane por incomparecencia del rival. Que es la forma más triste de ganar.

La carrera de los cazadores de votos