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domingo 22/5/22

Referéndum británico y Cataluña

El Banco de Inglaterra acaba de señalar que la salida supondría que parte de la banca británica debería mudar su sede.

El referéndum para decidir si el Reino Unido sale o se queda en la Unión Europea concita la atención de todo el mundo. La última cumbre del G20 ha declarado que el impacto de una potencial salida es uno de los mayores riesgos de desestabilización de la economía mundial. El Ministro de Finanzas británico añadió que si la salida sería un golpe para la economía mundial, imaginemos lo que sería para el Reino Unido.

El Banco de Inglaterra acaba de señalar que la salida supondría que parte de la banca británica debería mudar su sede.

Cuando el Alcalde de Londres, Boris Johnson, anunció que haría campaña por la salida y las encuestas anunciaban un aumento de esta opción la libra bajó, lo que apuntala la idea de que la salida empeoraría la situación de la economía británica. Curiosamente Johnson ha dicho que tras el referéndum el Reino Unido no se iría de la Unión Europea, sino que negociaría nuevos y mejores términos para el Reino Unido dentro de la Unión Europea, tras lo cual vendría otro referéndum esta vez para quedarse. Europa se ha negado a esa opción anunciando que, caso de ganar la salida se pondría en marcha lo previsto en los Tratados.

Lo que prevé el Tratado de Lisboa es que se abriría un plazo para negociar un tratado comercial entre la UE y el Reino Unido porque “desconectar” la economía británica de la europea, sin más, sería un desastre tal que ni se plantea. Harto improbable sería que el Reino Unido mantuviese las mismas condiciones que ahora tiene, tanto en relación con la Unión Europea como con terceros países.

En resumen, parece que hay una opinión ampliamente compartida de que la salida perjudicaría a la economía británica. Por las mismas razones, este juicio sería de aplicación a la eventual salida de Cataluña de España (y, por ende, de la Unión Europea),  con el agravante de que la economía catalana está mucho más integrada en España que la británica en Europa, con lo que la desconexión (que sería también la desconexión con Europa) tendría peores consecuencias. Haber elegido ese término, precisamente, de desconexión muestra que los independentistas no han pensado en las consecuencias de lo que plantean. O bien que están tan seguros de que no habrá independencia que no vale la pena tenerlas en cuenta.

El que mejor y con más brevedad ha definido las cosas ha sido Serrat, quien, refiriéndose a Cataluña, ha dicho que la independencia no conviene. Pero que al Reino Unido no le convenga salirse no será el único argumento que va a decidir el voto en el referéndum británico. La decisión de Cameron de convocar el referéndum no obedece al interés general sino al interés partidista y trae causa en la irrupción del UKIP, cuyas siglas responden a Partido para la Independencia del Reino Unido, un partido de ideología nacionalista y cuyo programa se basa en la recuperación de la soberanía (parcialmente cedida a Europa) que, según ellos, devolverá al país su pasada grandeza. Al Reino Unido le ha ido bastante bien dentro de la Unión Europea: basta observar la evolución de los indicadores que miden la prosperidad de un país. Por cierto, otro tanto se puede decir de Cataluña: la etapa autonómica ha sido la etapa de mayor avance de su prosperidad, con cualquier parámetro que se mida. Pero la crisis ha cortado esta senda y no se ve perspectiva de que se retome. Sobre todo, la crisis ha desatado las desigualdades sociales.

El discurso del UKIP contra la Unión Europea se vende bien en las antiguas zonas industriales británicas, hoy deprimidas, ya que el desmantelamiento de la otrora poderosa industria británica se achaca a la globalización ofreciendo como remedio la vuelta al nacionalismo. Además, en la crisis es bien fácil dirigir el cabreo de la gente contra Europa, sobre todo porque las políticas económicas que aprueba Bruselas se han traducido en sacrificios y recortes del bienestar. En el caso catalán, es a Madrid a quien se culpa de los recortes, señalando, con todo el morro, que en una Cataluña independiente no habría habido recortes.

En el Reino Unido, de los malos empleos y los bajos salarios que han seguido a la desindustrialización se culpa a los inmigrantes, dispuestos a trabajar por mucho menos. Y, para colmo, se denuncia que con impuestos británicos se pagan subsidios sociales a inmigrantes: el fontanero polaco (¿todos los polacos son fontaneros?) cobra por sus hijos un subsidio del gobierno y ocupa una vivienda protegida, todo ello pagado por los contribuyentes británicos. La culpa, claro está, la tiene la Unión Europea que obliga a la libre circulación de trabajadores. De la Unión Europea llegan regulaciones y normativas (la última de ellas para combatir el cambio climático) que, según los nacionalistas, frenan la economía. Lo cual liga perfectamente con la idea de los conservadores de un capitalismo desregulado. Por si fuera poco, la Unión Europea se lleva el 1,3 % del Presupuesto Británico que se gasta en la burocracia de Bruselas (¿Bruselas nos roba?). Así es que liberados de normas, reglas y burócratas la economía británica florecerá y los pajaritos cantarán y las nubes se levantarán. Una música que también suena aquí,  al otro lado del Ebro, afortunadamente sin ataques a los inmigrantes.

Con ese discurso el UKIP ha ido ganando votos y contaminando la posición del partido conservador que está profundamente dividido, con un ala anti europeísta que disputa el poder a Cameron.  El cual, para defenderse de ese ala y, de paso, contener el ascenso del UKIP ideó la estrategia de anunciar el referéndum y, a la vez, negociar con Bruselas de modo que si se llegaba a un acuerdo recomendaría votar quedarse. Según Cameron, el Reino Unido no debía quedarse en esta Unión Europea, pero sí en una Unión Europea reformada gracias a él. La reforma en cuestión consiste en algunos retoques que los demás miembros han aceptado a regañadientes y como mal menor. Pero es ridículo creer que ahora hay una Unión Europea reformada, sustancialmente distinta de la que había hace unos meses. En definitiva, este referéndum se ha convocado no por el interés nacional o por criterios democráticos, sino como consecuencia de una batalla en el seno del partido conservador y con el UKIP y que pone en juego el liderazgo de Cameron. Por eso, bien puede ocurrir que muchos progresistas voten no para castigar a Cameron o para rechazar aspectos de la reforma que ha promovido. Mientras la City recomienda el sí. En definitiva, Cameron ha montado un buen lío que, por cierto, nos afectará a todos.

Más allá de estos argumentos, lo que vemos en el Reino Unido, en Cataluña y en casi todas partes es un fortalecimiento y una radicalización del nacionalismo, creciendo en el caldo de cultivo de la crisis. Una ideología que, de no combatirla, puede terminar por destruir la Unión Europea, poniendo fin al mayor período de paz y prosperidad que ha conocido nuestro continente.

Referéndum británico y Cataluña