#TEMP
miércoles 25/5/22

Sobre pactos municipales

¿Por qué los pactos no se han traducido en coaliciones, es decir, en gobiernos de mayorías?

La constitución de los ayuntamientos ha estado precedida de altisonantes declaraciones de los nuevos partidos, empeñados en criticar la vieja política y reivindicar una nueva. Según ellos, la vieja política de pactos consistía en  el cambio de cromos (yo te apoyo aquí a cambio de que tú me apoyes allí), la falta de transparencia en los acuerdos y el empeño en ocupar sillones. Las elecciones municipales inauguran, al parecer, una nueva política también en materia de pactos.

En relación a estos, cada partido ha marcado sus líneas de actuación. Así, el PP ha clamado por que el alcalde fuera de la lista más votada. El PSOE se abrió a cualquier alianza salvo con el PP y con Bildu. Podemos se propuso como objetivo desalojar al PP de cuantas más alcaldías mejor. Y Ciudadanos se negó a pactar con nacionalistas. Curiosamente, todos ellos han coincidido en algo: no participar en coaliciones como socio minoritario. Por eso, los pactos, donde se han alcanzado, han sido pactos limitados a la elección de alcaldes que, en muchos casos, van a tener que gobernar en minoría.

En la práctica, el criterio fundamental que han seguido los partidos, nuevos o viejos, ha sido maximizar el número de alcaldes resultantes de la elección, cosa lógica ya que cuando un partido concurre a las elecciones es para intentar llegar al poder, o sea, para ocupar poltronas. Para ello, el PSOE y Podemos han coincidido en desplazar alcaldes del PP, sencillamente porque así era como ambos maximizaban su poder local. No ha habido un pacto escrito y público, pero es bien evidente que entre el PSOE y Podemos ha habido apoyos mutuos (cambios de cromos) allí donde ha hecho falta, lo cual es completamente lógico y razonable. El PP, que defendía lo de la lista más votada porque le interesaba y no por una posición de principios (como se demuestra en su postura ante la investidura de Susana Díaz o en no pocos ayuntamientos donde, sin despeinarse, ha conculcado este principio) ha sido el pagano de ese pacto, de modo que su fuerte retroceso electoral se ha convertido en una verdadera debacle en términos de poder municipal.

Y, aun así, deben dar gracias a Ciudadanos por que la pérdida no haya sido aún mayor. Ciudadanos, con muy pocas expectativas de poder local, ha jugado con inteligencia la baza del partido bisagra, pensando en las próximas elecciones generales. Ha sostenido al PP en algunos sitios y ha apoyado la investidura de Susana Díaz, enviando una clara señal de cara a las próximas elecciones: Ciudadanos está dispuesto a ser el complemento tanto del PP como del PSOE, según digan los números. Todo ello, envuelto en el celofán de lucha contra la corrupción y por la regeneración democrática. En realidad, la mejor forma de acabar con la corrupción en un ayuntamiento es poner la concejalía de hacienda en manos de alguien que quiera liquidar la corrupción. Pero no se trata de eso, sino de seguir con la campaña de la corrupción que tantos réditos les ha dado. Por eso no reclaman esa concejalía sino que plantean decálogos de los que ya se conocen unos cuantos y son de probada ineficacia.

¿Por qué los pactos no se han traducido en coaliciones, es decir, en gobiernos de mayorías? Seguramente por la inminencia de las elecciones generales. El PSOE no quiere aparecer gobernando con Podemos porque eso daría credibilidad la campaña del PP en el sentido de que la alternativa a su gobierno es un gobierno PSOE-Podemos o viceversa, algo que podría movilizar al electorado popular en la abstención. Por su lado, una parte de Podemos está radicalmente en contra del PSOE, tanto que prefieren a la derecha (véase Gijón) o incluso el bloqueo institucional, como se ha visto en Andalucía. Además, como ha escrito hace poco su líder, el próximo objetivo de Podemos es adelantar al PSOE y no tanto ganar las elecciones, cosa que ya ve imposible. En la recta final de la campaña de las municipales, Podemos ha insistido en dirigirse al electorado socialista con aquello de base honrada-dirección traidora, discurso que ya criticó Dimitrov allá por los años treinta del siglo pasado, pero que, como se ve, es un error que resiste el paso del tiempo.

En cuanto a Ciudadanos, su táctica política de ser un complemento de centro está mejor servida fuera de los gobiernos locales, o eso creen ellos. Como se ve, lo que ha movido los pactos y la formación de gobiernos en minoría es un interés partidista en vistas a las próximas y trascendentales elecciones generales, lo cual nada tiene de nuevo ni de bueno. Una nueva y buena política de pactos se dio en el 79, tras las primeras elecciones municipales. Entonces un pacto, público y expreso, entre el PSOE y el PCE condujo a gobiernos de coalición de izquierdas. Aquellos ayuntamientos realizaron una enorme labor en, al menos, dos aspectos: la modernización de ciudades y pueblos y la consolidación de la democracia. Cuando se habla de la transición casi nadie destaca el papel que jugaron aquellos ayuntamientos, formados por gentes de la calle, recién llegados a las instituciones, sin experiencia de gestión y cuya contribución a la consolidación del sistema democrático fue tan importante como poco reconocida.  El éxito de aquellas corporaciones fue tal que una gran parte de los alcaldes de la izquierda fueron reelegidos cuatro años después y, esta vez, por mayoría absoluta. En el 79 el interés partidista estaba alineado con el interés general. Hoy, tengo mis dudas, porque los programas con los que han sido elegidos los alcaldes tienen poco que ver con las preocupaciones de las gentes, que, no se nos olvide, colocan en primerísimo lugar el paro y la crisis. Esperemos que tras las elecciones generales los gobiernos de minoría se conviertan en gobiernos de mayoría y alineen sus programas de gobierno con lo que interesa a los ciudadanos.

Sobre pactos municipales