Nuevatribuna

Franco y su tumba

La larga duración de la dictadura se explica por un dato que con frecuencia se omite en los análisis políticos: la aniquilación de la izquierda y del movimiento sindical existentes en la República

Han pasado más de 80 años desde el inicio de la Guerra Civil, tiempo suficiente para tener una perspectiva histórica sobre el papel de Franco en la historia reciente de España. Con perspectiva histórica, hay dos hechos de los que Franco ha sido protagonista: uno, Franco (junto con otros militares) dirigió un golpe de estado (en forma de alzamiento militar) contra el Gobierno legalmente establecido y dos que el golpe desencadenó una guerra que causó cientos de miles de muertos y una destrucción de la que España tardó más de una década en recuperarse. De ambas cosas, es decir, de la muerte de cientos de miles de españoles y de la destrucción que la guerra acarreó, Franco es responsable. Seguramente no es el único responsable pero sí el mayor. Lo cual le convierte en el gobernante  más dañino que ha habido en España desde que Ataulfo creó el Reino Visigodo en tierras de la Península Ibérica.

La victoria de Franco en la Guerra Civil dio lugar a un sistema político (el Régimen) que, esencialmente, fue una dictadura reaccionaria. La larga duración de la dictadura se explica por un dato que con frecuencia se omite en los análisis políticos: la aniquilación de la izquierda y del movimiento sindical existentes en la República. La represión se prolongó a lo largo de toda la dictadura hasta su final y se dirigió también contra la izquierda y el sindicalismo que emergieron en los años 60 en lo que se ha llamado el resurgir del movimiento obrero. Suprimir la oposición o al menos reprimirla fue uno de los factores que explica la larga duración de la dictadura. A lo que hay que añadir otros dos: el reconocimiento internacional, sobre todo por parte de los EEUU, de modo que en el marco de la Guerra Fría, la España de Franco se convirtió en un aliado de Occidente. Finalmente, pero no menos importante, hay que destacar la intensa y larguísima campaña de propaganda del Régimen dirigida  tanto a exaltar sus méritos como a denigrar a los partidos políticos (de la izquierda, se supone). No había entonces estudios sociológicos fiables pero creo que entre la propaganda unilateral y sin posible crítica y el miedo a la guerra civil, una parte nada desdeñable de la población aceptó el Régimen y desconfiaba de cualquier cambio.

Con la sola excepción del PNV, una vez desatada la Guerra Civil todas las derechas (incluidos nacionalistas catalanes de derechas)  se sumaron al bando nacional, diluyéndose en el llamado Movimiento Nacional, el partido único del que Franco era el jefe. Ya en la democracia, los partidos políticos de derecha  se formaron a partir de personas que habían formado parte del aparato político de la dictadura. Muy en particular el PP.  La renuencia de este partido a condenar  el franquismo y a suprimir los numerosos símbolos (monumentos, calles, plazas, etc.) que exaltaban a Franco y a su Régimen se explica por el origen de quienes fundaron éste partido. El PP no reivindicó nunca el franquismo pero tampoco lo ha condenado nunca, seguramente por el temor a perder una parte de su electorado natural: la gente que de un modo u otro había aceptado la dictadura. En cierto sentido la dictadura de Franco fue la dictadura de la derecha y en esto se basa  la superioridad moral de la izquierda que solamente ha gobernado en democracia. Contra la renuencia de la derecha y sin necesidad de ninguna Ley en los primeros años de la democracia se eliminaron masivamente símbolos franquistas, quedando aquí y allá algunos pocos, entre ellos la tumba de Franco, que en sí misma constituye un monumento destinado a honrar al dictador. Como se deduce de lo dicho, creo que Franco debe ser exhumado del Valle de los Caídos y trasladado a un lugar sin ningún relieve, como corresponde a un personaje tan nefasto para España.

A este respecto, la carencia más importante, lo que es más preocupante no es que todavía queden algunas calles rotuladas con personajes del Régimen o que se haya tardado tanto en exhumar al dictador de su monumento funerario, sino que no se enseñe en las escuelas la historia de la Guerra Civil y del período de la Dictadura franquista. Ésta sería la forma de educar en democracia a las nuevas generaciones, de formar demócratas. Cierto es que la democracia goza hoy de gran prestigio en nuestro país. Pero convendría explicar el pasado, explicar una etapa negra de nuestra historia, cuando ya hay perspectiva suficiente.

La dictadura, que nació de una terrible Guerra Civil, infringió otro daño menos visible al país: lo aisló de proceso de recuperación económica que desde los años 40 se inició en Europa Occidental. En la  postguerra mundial, Alemania, destruida por completo en esa  Guerra, produjo el llamado “milagro alemán”. No con la misma intensidad, pero en casi todos los países de nuestro entorno hubo procesos de recuperación económica que condujeron a una Europa Occidental próspera y democrática. Nada de esto se produjo en España. El capitalismo español que se desarrolló bajo el franquismo ha sido un capitalismo raquítico, acostumbrado a parasitar el sector público y muy corrupto. El atraso de España, de la España franquista, es claro, siempre en comparación con nuestros vecinos europeos. Con una economía muy poco competitiva, incapaz de generar empleo en cantidad y calidad. Esta es la pesada herencia que recibió la democracia española. Y a pesar de que se han producido grandes cambios en la estructura económica española, el lastre de la herencia de la estructura creada durante la dictadura aún se nota y mucho.

El embrollo de donde debe estar la tumba de Franco tiene una derivada más. La Iglesia Católica española se alineó oficial y solemnemente con el bando nacional en la Guerra Civil y fue un apoyo decidido de la dictadura. Y aunque en las postrimerías de la dictadura este apoyo se retiró (quien no recuerda a Tarancón) o al menos no fue monolítico, la Iglesia jamás ha condenado el franquismo. Como el PP, la Iglesia ha aceptado la democracia pero sin condenar la dictadura franquista. Y ese es el motivo por el que sigue siendo un obstáculo para resolver el embrollo del destino final de los restos del dictador. Por su propio bien y con un poco de inteligencia política, la Iglesia debería evitar que la tumba de Franco estuviese en la Almudena.