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Yolanda y todos nosotros

Paco Rodríguez de Lecea | Escritor

Nuevatribuna | 06 de Diciembre de 2018

Personas maceradas en aguardiente y en rencor nos transmiten a golpes de martillo su negativa a que se conmemore lo que ocurrió en este país

Yolanda González Martín, estudiante de 19 años y militante del Partido Socialista de los Trabajadores, abrió la puerta de su piso, en el barrio madrileño de Aluche, el 1 de febrero de 1980, y se encontró frente a sus asesinos: un comando compuesto por un número indeterminado de militantes de Fuerza Nueva. Fue secuestrada, maltratada y conducida a un descampado donde recibió tres tiros a bocajarro. Se conoce el nombre de uno al menos de sus asesinos, Emilio Hellín.

Casi treinta y nueve años después, el 18 de noviembre de 2018, se inauguraron en su memoria los Jardines Yolanda González, en el distrito madrileño de La Latina. Es sabido que en Madrid sigue activa una oposición formidable a que se cambien nombres de calles tales como “Millán Astray” o “Caídos de la División Azul”. Pues bien, la placa en la que constaba el nombre de Yolanda fue tachada el día 24 con una esvástica. La placa fue limpiada y restaurada, y entonces la arrancaron, la deformaron a golpes y la dejaron tirada en el suelo. Fue sustituida el pasado fin de semana por un cartel plastificado, y el martes, anteayer, el cartel fue objeto del tercer atentado consecutivo contra la memoria histórica de Yolanda. Dice Josefa, la vecina que encontró la placa en el suelo: «Esto no es un loco, un chico, un chaval que viene al parque, quita la placa y se lía a mazazos con ella; es un grupo de fascistas del barrio.»

Algunos se preguntan por qué Yolanda. No fue una dirigente, no se había significado de una forma particular en aquellas jornadas tensas de transición a una democracia deseada por casi todos, aborrecida por unos pocos.

La pregunta no sobra. Podría haber sido igual cualquier otra víctima de la violencia fascista de la misma época. No es odio a Yolanda en particular, es odio a la inscripción de su nombre, a la memoria histórica. Y luego, seguramente, los Jardines Yolanda González están en el barrio, visibles quizá desde la ventana, a pocos metros tal vez del portal de alguno de los agresores.

El ataque pretende eliminar la memoria de aquello que ocurrió en realidad. El mensaje nos lo envían personas insatisfechas con el rumbo de los acontecimientos en Madrid y en España; con la moción de censura, con el gobierno socialista y feminista, con el proyecto de exhumar la momia de Franco, con la busca de una solución política (preferirían una “solución” militar) para el problema catalán.

Personas maceradas en aguardiente y en rencor nos transmiten a golpes de martillo su negativa a que se conmemore lo que ocurrió en este país. No son locos, ni gamberros, ni nostálgicos. Son fascistas y están organizados. Borraron a Yolanda González de la faz de la tierra, y ahora quieren borrar su recuerdo, una y otra vez. Esa es su amenaza implícita: pretenden convertir en coto cerrado la historia, la memoria, el monumento y la celebración. Y reservarse ellos el derecho de admisión.

La vieja herida cerró en falso, y ahora vuelve a supurar. En los Jardines Yolanda González, del distrito de La Latina, y en más lugares, y a propósito de otros sucesos. 

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