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Vísperas de un cambio político cargado de futuro

Gabriel Flores | Economista

Nuevatribuna | 03 de enero de 2020

Hay que remontarse una década atrás, al momento del estallido de la crisis económica global, para calibrar la trascendencia de lo que está a punto de suceder: la constitución de un gobierno de coalición progresista entre el PSOE y UP que recibirá el apoyo parlamentario activo o pasivo de otras formaciones progresistas y de fuerzas nacionalistas democráticas vascas y catalanas. La crisis de representación política que nos acompaña desde hace años, la acumulación de graves problemas políticos sin resolver y la suma de debilidades del heterogéneo conjunto de partidos que facilitarán la investidura de Sánchez el próximo 7 de enero han ofrecido la oportunidad de plasmar el inédito y trascendental cambio político que está a punto de producirse. 

Hace 5 años, a finales de octubre de 2014, publiqué en Nuevatribuna un artículo, “¿Qué hará Podemos cuando compruebe que solo no puede? ”, que permite hacerse una idea de los extraños vericuetos por los que ha discurrido la vida política española y, más en concreto, la evolución de Podemos hasta llegar a estas vísperas del cambio: 

Durante 5 largos años, los guionistas de esta larga andadura y proceso de aprendizaje de Podemos y de su inminente desenlace han desarrollado una trama repleta de increíbles giros políticos y emocionantes relatos que en un abrir y cerrar de ojos multiplicaban los maquiavelos, estafaos y traidores que nos sorprendían temporada tras temporada

“¿Qué hará Podemos cuando compruebe que solo no puede lograr sus objetivos de articular una mayoría social y electoral, ganar las elecciones y cambiar el país? ¿Estará dispuesto a negociar un programa mínimo que revierta recortes, restablezca derechos, centre su atención en la generación de empleo y promueva que los corruptos y defraudadores devuelvan lo robado y sean juzgados por sus fechorías? ¿Apostará por aliarse con todos los partidos progresistas y de izquierdas dispuestos a defender y aplicar esos objetivos mínimos y desplazar del Gobierno al PP o hará cálculos sobre las oportunidades que pudiera brindarles un Gobierno en minoría del PP o a una gran coalición entre el PP y el PSOE?

Las preguntas son pertinentes, aunque hoy no tengan contestación, porque nos sitúan ante escenarios con probabilidades de materializarse y permiten empezar a plantearse qué hacer para aumentar las opciones de que algunos de esos escenarios se concreten y para acumular obstáculos que impidan que otros lleguen a cuajar.

No me cabe la menor duda que el pragmatismo del que ha hecho gala el equipo de Iglesias durante estos meses seguirá presente y que, tras los resultados municipales y autonómicos, intentará buscar salidas que dejen pocos pelos en la gatera de la negociación de las alianzas políticas posibles tras la pertinente consulta a sus votantes y a la ciudadanía. Pero resulta preocupante la enorme distancia que puede existir entre la victoriosa ruta electoral que traza la Propuesta Política de Iglesias y su equipo y la estación real de llegada del proceso electoral. ¿Podrán activistas y votantes de Podemos encajar con realismo e inteligencia escenarios menos simples y favorables que el de la victoria electoral? La euforia podría trocar en desencanto, con consecuencias muy negativas para la formación. Y, lo que es peor, sin que sus votos sirvan para poner en pie un Gobierno progresista capaz de revertir el desastre económico y socio-político causado por las políticas de austeridad aplicadas desde mayo de 2010.”

Aquel artículo amigable con Podemos, pero crítico con los debates y conclusiones que se habían producido unos días antes, 18 y 19 de octubre de 2014, en la primera Asamblea Ciudadana de Podemos en Vista Alegre, planteaba un interrogante que está a punto de ser contestado. 

Durante 5 largos años, los guionistas de esta larga andadura y proceso de aprendizaje de Podemos y de su inminente desenlace han desarrollado una trama repleta de increíbles giros políticos y emocionantes relatos que en un abrir y cerrar de ojos multiplicaban los maquiavelos, estafaos y traidores que nos sorprendían temporada tras temporada. Ya se puede dar por cerrado aquel interrogante: Podemos ha elegido la cooperación con el PSOE para formar un Gobierno de coalición progresista y el acuerdo con el conjunto de las fuerzas progresistas y algunos partidos independentistas para buscar soluciones democráticas a los graves problemas de convivencia, cohesión territorial, desigualdad social, violencia de género, desempleo, precariedad, polarización del mercado laboral, descarbonización de la economía y transición energética o recuperación de derechos y bienes públicos que debe afrontar este país para mejorar paulatinamente el presente y el futuro de la mayoría social.  

Bien está lo que bien acaba. Y por ahora acaba bien. Ya tenemos un programa progresista moderado del PSOE y UP, apoyos parlamentarios suficientes (incluido el aval de ERC, tras la reciente decisión a favor de la abstención de su Consell Nacional) y muchas posibilidades de que el día 7 de enero salga investido Sánchez como presidente de un inédito Gobierno de coalición progresista. 

Hay que subrayarlo: se trata de un programa y un acuerdo que cabe calificar como progresistas, realistas y moderados. Un programa moderado, sí. Y reformista, también, como no podría ser de otra manera dado el momento político y el resultado electoral del que surge. Moderado, por mucho que la derecha extrema y la extrema derecha se hayan tirado al monte y estén rabiando. Y por mucho que se sume a esa rabieta la parte de movimiento independentista catalán que considera toda contribución al diálogo y la estabilidad política y social como una traición, que cualquier acuerdo que contribuya a superar el bloqueo político es una muestra de debilidad o que toda cesión, por mínima que sea, en la defensa de una estrategia de independencia unilateral es una derrota.  

Ha sido un proceso complejo y cargado de dificultades hasta llegar a esta inminente votación de investidura. Pero es más que previsible que la posterior conversión en acción política gubernamental del acuerdo programático alcanzado por el PSOE y UP, resulte mucho más compleja y difícil. La aplicación de ese programa a lo largo de la próxima legislatura tendrá que sortear múltiples obstáculos y resistencias y terminará siendo, probablemente, parcial e incompleta. Pero es muy importante entender que esa moderación programática, sustentada en acuerdos y cesiones que hace tan solo unos meses parecían imposibles y, por parte de no pocos barones y afiliados del PSOE y de UP, indeseables o impensables, cuestiona y tiene la capacidad de desbaratar las políticas, trayectorias y consensos que han caracterizado las decisiones gubernamentales desde la puesta en marcha en 2010 de las políticas de austeridad y devaluación salarial.

La acción política del Gobierno de coalición progresista va a resultar decisiva para la necesaria extensión de esa experiencia de cooperación más allá de una difícil legislatura, pero no podrá sostenerse sin la complicidad crítica de la ciudadanía, las clases trabajadoras y las organizaciones que las representan y defienden

La trascendencia de lo que está a punto de suceder no está en el programa suscrito, sino en la voluntad compartida de llegar a ese acuerdo progresista y en la capacidad demostrada de alcanzarlo. Los temores de las derechas y las organizaciones patronales no se dirigen tanto a los contenidos, en no pocos puntos imprecisos, como en esa voluntad de cooperación progresista que cuestiona las políticas seguidas en los últimos años y los principios políticos y económicos en los que las sustentaban sus hacedores y defensores. 

A poco que haga el nuevo Gobierno progresista se iniciará un nuevo camino en la política española que desvelará al conjunto de la ciudadanía que es posible y deseable realizar cambios a favor de la mayoría social. Y que se puede concretar el necesario rescate social y un enfoque razonable y democrático de los grandes problemas que requieren soluciones sustentadas en el diálogo, las cesiones y los acuerdos. Todas las personas y organizaciones progresistas debemos felicitarnos por ello y apoyar al próximo Gobierno en esa tarea.

Sin embargo, la situación va a ser lo suficientemente crispada y difícil como para que las fuerzas progresistas midan bien sus palabras al valorar la compleja y delicada labor que tiene por delante el nuevo Gobierno. Las críticas serán abundantes, como corresponde a las tareas extremadamente difíciles que deberá afrontar el nuevo Ejecutivo. No se trata de evitarlas o intentar contrarrestarlas mediante campañas propagandísticas de exaltación de la acción política gubernamental. Se trata de aprender a criticar la acción política del nuevo Gobierno, cuando lo merezca, sin poner en peligro la pervivencia de la experiencia y el aprendizaje en la cooperación entre las fuerzas progresistas y de éstas con los nacionalismos democráticos, especialmente el vasco y el catalán. 

La acción política del Gobierno de coalición progresista va a resultar decisiva para la necesaria extensión de esa experiencia de cooperación más allá de una difícil legislatura, pero no podrá sostenerse sin la complicidad crítica de la ciudadanía, las clases trabajadoras y las organizaciones que las representan y defienden. Y para ello será básico la capacidad de estas organizaciones de servir de portavoces de las críticas de los sectores sociales en los que se sustentan y a los que representan y exigir diálogo y respuestas de instituciones y responsables políticos.    

Las críticas nunca son peligrosas ni tienen nada que ver, aunque en la práctica se confundan a menudo, con la descalificación o el insulto; ni siquiera las provenientes de la patronal y las derechas, que hay que darlas por descontadas y no deben llevar al cierre de filas ni a desarrollar alergias enfermizas contra la crítica. Lo peligroso no son las críticas, provengan de las filas amigas o enemigas, sino la ausencia de respuesta de las autoridades, la inexistencia de cauces de diálogo y debate con las instituciones, la pulsión a desdeñarlas porque se consideren inaceptables cuando van dirigidas contra los nuestros o la falta de comprensión de que abren oportunidades de mejora cuando generan debates que contribuyen a separar la ganga de la sustancia y facilitan que las instituciones sean conscientes de la necesidad de cambiar lo que no funciona, funciona mal o puede funcionar mejor. 

Las críticas, incluso las malas críticas o las más desmadradas que practican hoy las derechas, son esclarecedoras y a la postre, si propician un debate sereno entre la ciudadanía, permitirán generar más fuerzas y apoyos a favor del cambio posible. En esas estamos y habrá que aprender a hacerlas lo mejor posible. No hay que dar por buena la disyuntiva entre arropar o criticar la acción del nuevo Gobierno de coalición progresista. Se pueden hacer las dos cosas y hacerlas bien.  

Estamos en vísperas de un cambio político inédito y trascendental. Hay muchas razones para felicitarnos por lo sucedido hasta ahora y para desear, tras la investidura de Sánchez como presidente del Gobierno el próximo 7 de enero, todos los parabienes y larga vida al nuevo Gobierno.

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