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El virus Ébola, el tren Alvia y el metro de Valencia

Alberto Soler Montagud | Médico y escritor

Nuevatribuna | 09 de octubre de 2014

Teresa Romero, la auxiliar de enfermería infectada con el virus Ébola, me recuerda al maquinista superviviente...


Teresa Romero, la auxiliar de enfermería infectada con el virus Ébola, me recuerda al maquinista superviviente del accidente del Alvia descarrilado en 2013 en Santiago de Compostela, y también al que resultó muerto en el accidente de metro de la fatídica Línea 1 de Valencia. El motivo es obvio, pues presiento que la tendencia institucional será de nuevo atribuir la culpa de los hechos a la negligencia de un trabajador en pleno desarrollo de sus funciones.

Sin embargo, recordemos que en ambos accidentes ferroviarios, hubo advertencias previas de riesgo de siniestro por parte de los trabajadores quienes denunciaron incidencias subsanables –que fueron desoídas– al igual que el personal sanitario de Madrid que atendi al paciente infectado por Ébola se ha quejado de que sólo se les haya dado un rápido cursillo de cuarenta minutos para instruirles en el uso de la indumentaria de aislamiento.

Dije entonces (me remito al siniestro del Alvia del verano de 2013) que, independientemente de un error humano y de que el maquinista reconociera su parte de culpa por una distracción, inherente a la condición falible del ser humano, un accidente de tal magnitud nunca obedece a una sola causa sino a una concatenación de muchas de ellas. Sin embargo, a las autoridades responsables les vino entonces de perillas que el maquinista, en estado de shock, se autoinculpara como consecuencia del remordimiento. Las autoridades hicieron lo posible por descargar responsabilidades –indirecta aunque sibilinamente– sobre el maquinista (como sucediera con el que conducía el convoy de Metrovalencia en 2006, en aquél caso fallecido, lo que sirvió, valga la expresión, para que fuera fácil cargarle al muerto las culpas) cuando en realidad, tal atribución causal  debe ir precedida de un análisis exhaustivo sin criminalizar apriorísticamente.

Cualquier acontecimiento trágico de la magnitud de los tres aquí reseñados (dos ferroviarios y uno de salud pública) coinciden en su carácter multifactorial y en que la primera reacción institucional sea disfrazar de palabrería vacua la incompetencia de las autoridades –cuando la hay– y atribuir toda la responsabilidad a los actores de un guión que ellos no han escrito y protagonizan por obligación más que por devoción.

En el caso de la mujer la infectada por el  virus Ébola, una auxiliar clínica que apenas si recibió información de como actuar ante un paciente contaminado por dicho virus, a las autoridades sanitarias les ha venido de perillas que, estando tan aturdida como lo estaba el maquinista del Alvia, Teresa Romero haya declarado que “tal vez se tocara el rostro con los guantes mientras se quitaba el traje”, unas declaraciones que nunca debería haber hecho a la prensa (¿por qué se le ha permitido hablar en su estado? ¿acaso se le ha instigado a hacerlo?), una asunción causal de culpa que en ningún modo debería eclipsar una responsabilidad que sólo es inherente a las autoridades sanitarias, mas todavía cuando, presuntamente, ha habido irregularidades en un asunto cuya idoneidad de actuación quedó cuestionada con el polémico traslado del padre Pajares en el mes de agosto pasado. En este sentido, resulta tranquilizador que la Fiscalía de Madrid haya abierto diligencias con la intención de depurar responsabilidades según citan fuentes fiscales.

No quisiera finalizar sin lamentar la nefasta gestión de esta crisis por parte del Ministerio de Sanidad, así como la vergonzosa comparecencia en rueda de prensa de la ministra Ana Mato que pasará a los anales de la incompetencia por mostrarse como una inepta que no se enteraba de nada, limitándose a tirar balones fuera y eludiendo responsabilidades que sólo a ella le competían.

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