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Vargas Llosa explica la causa de los mayores males de Latinoamérica

nuevatribuna.es | 01 de noviembre de 2019

He leído la más reciente novela de uno de los mejores escritores de nuestro tiempo, Tiempos recios, de Mario Vargas Llosa, y ahora que me dispongo a escribir sobre ella caigo en la cuenta de que no he leído la suya anterior. Pero eso no importa, hace años que el Nobel de Literatura nacido en Perú me decepciona, quizás desde su última obra memorable, la que cerró el ciclo de una novelística inmejorable, vertiginosa en cuanto a categoría literaria, La fiesta del Chivo.

Publicada en este año 2019, Tiempos recios no es una gran novela. Como muestra de su (escasa) valía artística, voy a tratar de explicar su argumento, el hilo esencial de su razón de ser, mediante el uso de citas estrictas de su contenido. Un contenido más propio de un excelente reportaje periodístico, de revista lujosa, como me pareció el de otra novela suya que no fui capaz de acabar, El sueño del celta, el principio del fin de mi idilio con uno de los escritores que más me han hecho disfrutar en mi vida.

Comienzo.

Historia de Guatemala

Escrita con la facilidad notable de escritor consumado que sigue desparramando Vargas Llosa en los libros que viene publicando en los últimos casi veinte años, a Tiempos recios no le alcanza el interés para que yo me vea capaz de recomendársela a nadie que no sea un consumado seguidor de las novelas del autor de joyas literarias universales como Conversación en La Catedral, Lituma en los Andes, La Tía Julia y el escribidor, La casa verde, El hablador, La guerra del fin del mundo

Guatemala, mediados del siglo pasado. Allí nos vamos. Hacia ese país centroamericano nos hace viajar Vargas Llosa…

Apenas uno ha comenzado la lectura de Tiempos recios, cuando su autor nos endilga una larga cita del libro Propaganda, del gran artista de la manipulación, el padre de la publicidad tal y como la conocemos, el estadounidense Edward Bernays:

«La consciente e inteligente manipulación de los hábitos organizados y las opiniones de las masas es un elemento importante de la sociedad democrática. Quienes manipulan este desconocido mecanismo de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder en nuestro país... La inteligente minoría necesita hacer uso continuo y sistemático de la propaganda».

¿Por qué cita Vargas Llosa a Bernays? No olvidemos que estamos en Guatemala, a mediados del siglo XX (“el siglo XX sería el del advenimiento de la publicidad como la herramienta primordial del poder y de la manipulación de la opinión pública en las sociedades tanto democráticas como autoritarias”):

“Esta tesis, que algunos críticos habían considerado la negación misma de la democracia, tendría ocasión Bernays de aplicarla con mucha eficacia en el caso de Guatemala una década después de comenzar a trabajar como asesor publicitario para la United Fruit”.

La United Fruit Company… ¿Sabes, lector, por dónde vamos? Bernays, el mismo que en la novela pronuncia esa frase lapidaria: “Esto, caballeros, es bueno saberlo, no decirlo”. Está hablando de democracia y United Fruit (la poderosísima productora y comercializadora de frutas tropicales fundada en 1899 en Estados Unidos), algo para él incompatible. Sigo.

Jacobo Árbenz Guzmán
Jacobo Árbenz

Jacobo Árbenz Guzmán

¿Quién es el protagonista de esta novela? Tal vez el guatemalteco Jacobo Árbenz Guzmán. Un personaje de existencia real que es dibujado levemente aquí como un personaje de ficción pero que es pincelado de manera excelente como el personaje histórico que con casi toda certeza fue en realidad.

El presidente Árbenz (“un hombre alto y bien plantado, de maneras elegantes”, lo describe Vargas Llosa) “estaba seguro de que la Reforma Agraria cambiaría de raíz la situación económica y social de Guatemala, sentando las bases de una sociedad nueva a la que el capitalismo y la democracia llevarían a la justicia y la modernidad. «Ella permitirá que haya oportunidades para todos los guatemaltecos, no sólo para una minoría insignificante como ahora», repitió muchas veces”.

“De joven, Árbenz rara vez pensó en los problemas sociales de su país: la situación de los indios, por ejemplo, el puñadito de ricos y la inmensidad de pobres, y la vida marginal, vegetativa, que llevaban las tres cuartas partes de la población, la distancia astral entre la vida de los indígenas y la de la gente acomodada, los profesionales, hacendados, dueños de comercios y compañías. Había tardado mucho en comprender que sólo un puñado de sus compatriotas disfrutaba de los privilegios de la civilización, y en entender que era preciso ir a la raíz del problema social para que aquella situación cambiara y los privilegios de la minoría se extendieran a todos los guatemaltecos. La llave era la Reforma Agraria”.

La Guatemala en la que nació y creció Árbenz era una “sociedad cargada de prejuicios racistas que no sólo ignoraba sino además despreciaba a esos millones de indios mantenidos de espaldas de la civilización”. Como muchos otros, él supo ver la necesidad de “cambiar la estructura feudal que reinaba en el campo, donde la inmensa mayoría de guatemaltecos, los campesinos, carecían de tierras y trabajaban sólo para los hacendados ladinos y blancos, por sueldos miserables, en tanto que los grandes finqueros vivían como los encomenderos en la colonia, gozando de todos los beneficios de la modernidad. ¿Qué hacer con la United Fruit, la Frutera, el famoso Pulpo? Se trataba de una gigantesca compañía que, por supuesto, había conseguido, gracias a la corrupción de los gobiernos de Guatemala —los dictadores sobre todo—, unos contratos lesivos que ninguna democracia moderna aceptaría. Por ejemplo, que estuviera exonerada de pagar impuestos”.

El proyecto reformista agrario de Árbenz pretendía expropiar “sólo las tierras ociosas de los grandes propietarios agrícolas, las que serían entregadas en usufructo a los campesinos, no en propiedad, para que no pudieran venderlas a los finqueros. Y que, a la vez que les entregaba las tierras, el Estado ofrecería a los campesinos ayuda técnica y financiera de modo que pudieran adquirir maquinaria y poner en marcha la producción agrícola. Las tierras expropiadas serían pagadas a sus propietarios según la valoración que habían hecho de ellas en sus declaraciones de renta”.

Aquella reforma agraria se promulgó el 17 de junio de 1952, un año y tres meses después de que el coronel Árbenz comenzara su presidencia tras haber sido elegido democráticamente en noviembre de 1950, en las primeras elecciones auténticamente libres en la historia de Guatemala.

Contrario a las invasiones de tierras que se produjeron a raíz de su ley reformista, Árbenz no sólo las condenó, sino que facilitó que fueran perseguidas con las herramientas del Estado de Derecho. Defendió constante y públicamente que “las reformas debían hacerse dentro de la legalidad, sin perjudicar a quienes cumplían con las leyes, e indicando que todos quienes participaran en las invasiones serían llevados a los tribunales y sancionados por los jueces. Pero las cosas no salían siempre así, y a veces las mejores intenciones se estrellaban contra una realidad más compleja”.

En cuanto a las acusaciones de comunismo respecto de su política, Árbenz, y Vargas Llosa en su narración lo evidencia, defendió que tal cosa era “una mentira de pies a cabeza, que caricaturizaba de manera indigna unas reformas sociales que, precisamente, querían impedir que la pobreza, las injusticias y desigualdades sociales empujaran a los guatemaltecos hacia el comunismo”. Guatemala, un país que no había tenido jamás, ni tenía, relaciones comerciales o diplomáticas con la Unión Soviética, “y cuya constitución prohibía los partidos políticos internacionales”.

En su narración de carácter historiográfico, velada pero evidente en medio de la ficción de las novelas, Vargas Llosa explica que Árbenz fue obligado a dimitir tras un golpe de Estado militar liderado en 1954 por el teniente coronel Carlos Castillo Armas. Otros militares, ajenos a los golpistas, ansiosos de proteger los logros reformistas de Árbenz, le ofrecieron a éste esa salida para derrotar a Castillo Armas, prometiéndole que sería sustituido por el Ejército únicamente para salvaguardar las reformas sociales, “la Reforma Agraria en particular”, y poder derrotar a los alzados, deteniendo asimismo la más que previsible invasión estadounidense.

A Árbenz, hasta la llegada al poder del sublevado Castillo Armas, le sucedieron cinco juntas militares, cada vez más cercanas a las exigencias desaforadas, dementes, del embajador estadounidense John Emil Peurifoy y a fusilar a los comunistas que veían por doquier.

La actuación de Castillo Armas había sido promovida y auspiciada por los servicios de inteligencia de Estados Unidos para facilitar los intereses de la United Fruit.

“El nuevo gobierno ya había devuelto a la United Fruit todas las tierras ociosas que le nacionalizó la ley de Reforma Agraria durante el gobierno de Árbenz y abolido el impuesto a los propietarios de latifundios, nacionales o extranjeros. La policía y el Ejército recuperaban, a la fuerza donde hacía falta, las fincas que se habían entregado a medio millón de campesinos, y se suprimieron las cooperativas agrícolas, las ligas campesinas […]. En Guatemala la historia retrocedía a toda carrera hacia la tribu y el ridículo”.

Como podemos extraer de la lectura de Tiempos recios, Árbenz no nacionalizó “un solo pedacito de tierra sembrada por la Frutera, es decir, la United Fruit, o los latifundistas guatemaltecos. Sólo habían sido afectadas las tierras ociosas, aquéllas sin sembrar. Y las tierras nacionalizadas eran pagadas a sus dueños al precio que ellos mismos las habían valorizado en su declaración de impuestos”.

Leemos en la novela que Jacobo Árbenz Guzmán le dice al embajador Peurifoy:

“¿Usted cree justo, embajador, que la Frutera no haya pagado en toda su historia de más de medio siglo en Guatemala ni un solo centavo de impuestos? Sí, óigalo bien: nunca en su historia. Ni un centavo. Es verdad, ella sobornaba a los dictadorzuelos, Estrada Cabrera, Ubico, que firmaban esos contratos exonerándola de pagar impuestos. Y como ahora ella no puede sobornarme a mí, debe pagarlos, como lo hacen todas las empresas en Estados Unidos y en todas las democracias occidentales. ¿Acaso no pagan impuestos las compañías en su país? Eso sí, aquí pagan menos de la mitad de lo que pagan allá”.

Nueva dictadura guatemalteca

Y la pregunta que se hace el narrador de Tiempos recios es:

“¿Cómo es posible que los gobiernos de Juan José Arévalo y Jacobo Árbenz Guzmán, empeñados en acabar con el feudalismo en Guatemala y convertir al país en una democracia liberal y capitalista, hubieran provocado semejante histeria en la United Fruit y en los Estados Unidos? Que desataran la indignación entre los finqueros guatemaltecos lo podía entender, eran gentes congeladas en el pasado; también comprendía a la Frutera, por supuesto, que nunca antes había pagado impuestos. ¡Pero en Washington! ¿Era ésa la democracia que querían los gringos para América Latina? ¿Ésa la democracia que había postulado Roosevelt con sus discursos de «buena vecindad» con América Latina? ¿Una dictadura militar al servicio de un puñado de latifundistas codiciosos y racistas y de una gran corporación yanqui?”

Como dijera en una ocasión el ministro de Educación del dictador Castillo Armas, Jorge del Valle Matheu: “somos una dictadura y hacemos lo que nos da la gana”.

La reflexión sobre lo que es la Historia se hace inevitable (se le hace inevitable a Vargas Llosa) en un libro de estas características, más un ensayo histórico, un libro propiamente de Historia, que una novela en la que la ficción le puede a la realidad para acercarle al lector la verdad a la manera que un fabulador es capaz de exponerla:

“¿Era la Historia esa fantástica tergiversación de la realidad? ¿La conversión en mito y ficción de los hechos reales y concretos? ¿Era ésa la historia que leíamos y estudiábamos? ¿Los héroes que admirábamos? ¿Un amasijo de mentiras convertidas en verdades por gigantescas conspiraciones de los poderosos contra los pobres diablos como él y como Cara de Hacha [Castillo Armas]? ¿Ese circo de farsantes eran los héroes que los pueblos reverenciaban?”

Volveré al final sobre este asunto. Volverá el propio novelista, mejor dicho.

Lo que vivió de inmediato Árbenz, tras ser derrocado, tras creerse obligado a dimitir para evitar males mayores, fue lo siguiente: estuvo “refugiado cerca de tres meses en la embajada de México”, Castillo Armas le infligió “la humillación de hacerlo desnudar en el aeropuerto y fotografiarlo así cuando salía al exilio, «para comprobar que no se llevaba nada de valor», como dijo la prensa gobiernista que ahora era la de todo el país”, y finalmente se le expropiaron todos sus bienes. Árbenz fue “de un lado al otro sin poder echar raíces en ninguna parte: México, Checoeslovaquia, Rusia, China, Uruguay. En todas partes lo maltrataban y parece que hasta hambre pasó. Y, encima, las tragedias familiares”. El ex presidente guatemalteco “se entregó a la bebida y en una de esas borracheras terminó ahogándose en su propia bañera, allá en México. O, tal vez, suicidándose”.

Pero no perdamos de vista la influencia absolutamente determinante en todo esto de la diplomacia estadounidense. Una vez más, Vargas Llosa nos lo explica como si estuviera escribiendo un libro de Historia:

“Cuando, el 18 de junio de 1954, las tropas del Ejército Liberacionista de Castillo Armas cruzaron por tres lugares la frontera de Honduras, el nuevo embajador de Estados Unidos nombrado por la administración de Eisenhower, John Emil Peurifoy, llevaba ya siete meses en Guatemala. Sin exageración podía decirse que con su energía siempre en efervescencia no había dejado de trabajar un solo día en lo que el secretario de Estado John Foster Dulles, su jefe, le había señalado como su misión: destruir el régimen de Jacobo Árbenz”.

Las consecuencias de la intervención estadounidense en Guatemala
gloriosa victoria

'Gloriosa victoria' de Diego Rivera. En el centro del cuadro el secretario de Estado de EEUU, John Foster Dulles le da la mano a Castillo Armas.

Leemos en Tiempos recios que “fue una gran torpeza de Estados Unidos preparar ese golpe militar contra Árbenz poniendo de testaferro al coronel Castillo Armas a la cabeza de la conspiración. El triunfo que obtuvieron fue pasajero, inútil y contraproducente. Hizo recrudecer el antinorteamericanismo en toda América Latina y fortaleció a los partidos marxistas, trotskistas y fidelistas. Y sirvió para radicalizar y empujar hacia el comunismo al Movimiento 26 de Julio de Fidel Castro. Éste sacó las conclusiones más obvias de lo ocurrido en Guatemala”.

Castro aprendió de Guatemala que “una revolución de verdad tenía que liquidar al Ejército para consolidarse, lo que explica sin duda esos fusilamientos masivos de militares en la Fortaleza de la Cabaña que el propio Ernesto Guevara dirigió. Y de allí saldría también la idea de que era indispensable para la Cuba revolucionaria aliarse con la Unión Soviética y asumir el comunismo, si la isla quería blindarse contra las presiones, boicots y posibles agresiones de los Estados Unidos. Otra hubiera podido ser la historia de Cuba si Estados Unidos aceptaba la modernización y democratización de Guatemala que intentaron Arévalo y Árbenz. Esa democratización y modernización era lo que decía querer Fidel Castro para la sociedad cubana cuando el asalto al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 en Santiago de Cuba. Estaba lejos entonces de los extremos colectivistas y dictatoriales que petrificarían a Cuba hasta ahora en una dictadura anacrónica y soldada contra todo asomo de libertad”.

La victoria de Castillo Armas tuvo graves efectos en el resto de América Latina, incluida la propia Guatemala, “donde, por varias décadas, proliferaron las guerrillas y el terrorismo y los gobiernos dictatoriales de militares que asesinaban, torturaban y saqueaban sus países, haciendo retroceder la opción democrática por medio siglo más. Hechas las sumas y las restas, la intervención norteamericana en Guatemala retrasó decenas de años la democratización del continente y costó millares de muertos, pues contribuyó a popularizar el mito de la revolución armada y el socialismo en toda América Latina. Jóvenes de por lo menos tres generaciones mataron y se hicieron matar por otro sueño imposible, más radical y trágico todavía que el de Jacobo Árbenz”.

En suma

En medio de la esencia del libro de Vargas Llosa hay novela, por supuesto que sí, sin que esa novela que hay en su interior convierta completamente a Tiempos recios en una novela. Uno de esos personajes de novela hace una reflexión destacable que está digamos en la médula de lo que yo he creído ver como núcleo justificativo de la existencia del propio libro, una reflexión en torno a lo que es probablemente el ser humano, “una idea muy pobre” del mismo:

“Pareciera que en el fondo de todos nosotros hubiese un monstruo. Que sólo espera el momento propicio para salir a la luz y causar estragos”.

Pero, si hay una protagonista de ficción en esta novela, tan poco ficticia, tan poco novela, tan ensayo historiográfico con apariencia de novela, esta es Miss Guatemala, Marta Parra de Borrero, que tenía una “mirada tranquila, fija, penetrante, que se posaba sobre las personas y las cosas como empeñada en grabarlas en la memoria para toda la eternidad. Una mirada que desconcertaba y asustaba”. Quédate con ese nombre, Marta Parra de Borrero, porque quizás sea el único personaje ideado por completo para la trama de Tiempos recios, un libro interesante para conocer la historia de Centroamérica y el Caribe en el siglo XX pero prescindible para ahondar en la literatura genial de uno de los más grandes escritores de todos los tiempos.

¡Qué pocas veces se leen en la novela de Vargas Llosa hallazgos literarios de la calidad del momento en el que alguien visita a un compañero de armas en un hospital para hallarlo “triste como una noche”! Pocas no, casi inexistentes. Y eso es algo que en una novela se echa muchísimo de menos. Salvo que lo que se haya leído sea un libro de Historia, que no deja de ser una obra literaria a la que no se le exige que roce con elegancia las alturas narrativas del lenguaje poético con las argucias de la ficción asentada en la credibilidad de lo plausible.

De lo que no cabe duda es de aquello que ya sabíamos gracias al propio Mario Vargas Llosa (y su ensayo —este sin duda sí, aunque disfrazado de intercambio epistolar, semifabulado pues— de 1997, Cartas a un joven novelista), que “la invención químicamente pura no existe en el dominio literario”.

El escritor de Conversación en La Catedral me ha dado la clave de todo esto, de qué leemos cuando leemos ciertos libros. Y de qué espera uno cuando lee un libro. En una de las presentaciones de Tiempos recios, Vargas Llosa dejó estas frases para la posteridad, unas frases que muy bien podrían formar parte de mi próximo libro, donde explico lo que es en realidad la Historia y cuál es su utilidad:

“Los novelistas tienen una gran ventaja sobre los historiadores: lo que no saben pueden inventarlo. Y esto es lo que he hecho yo: sobre un telón de fondo histórico, he añadido muchas cosas. ¿Significa esto que las novelas mienten? Creo que no. Completan la historia”.

¿Y qué ocurre, don Mario, cuándo uno no sabe qué es lo que lee cuando lee un libro, qué es verdad en el sentido buscado por el autor y qué es mentira sólo a sabiendas del propio autor? ¿Qué puedo creer yo cuando he leído Tiempos recios que realmente pasó en Guatemala en aquellos años? ¿Qué es lo que sé, y qué es lo que sé mal? Porque cuando uno lee una novela, efectivamente, cómo usted muy bien mantiene, uno sólo busca la credibilidad de las ficciones. Pero cuando uno lee un libro como este suyo, escritas las más de sus páginas con las características evidentes de los libros que escribimos los historiadores cuando escribimos libros de Historia, no espera que la ficción aparezca allá donde al autor más le convenga sin darnos las claves para comprender ese galimatías en el que cientos de datos concretos y explicaciones plausibles de causas y efectos históricos se nos muestran sin saber cuáles son escritos a ciencia cierta y cuáles han salido de su excelente caletre de escritor de mentiras hermosas.

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