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Quodlibet: por qué 'se jodió' Madrid

Jesús Gago |

Nuevatribuna | 11 de junio de 2019

“Las llamadas revoluciones de 1848 no fueron más que pequeños hechos episódicos, ligeras fracturas y fisuras en la dura corteza de la sociedad europea. Bastaron, sin embargo, para poner de manifiesto el abismo que se extendía por debajo. Demostraron que bajo esa superficie, tan sólida en apariencia, existían verdaderos océanos, que sólo necesitaban ponerse en movimiento para hacer saltar en pedazos continentes enteros de duros peñascos.”

(Discurso de Karl Marx pronunciado en la fiesta de aniversario del People’s Paper, abril 1856)


1. Quizás el rasgo más acusado que acompaña a toda crisis -cualquiera que sea su naturaleza- resulte ser la generalizada incapacidad de imaginar un futuro distinto a la pura prolongación del pasado, ni siquiera por quienes están convencidos de la necesidad de usar para esto último nuevos y diferentes medios.

La Gran Recesión que estalla en 2008 ha revelado la existencia de una falla -un movimiento de alguna placa tectónica en el sistema capitalista- que ha removido por completo los cimientos sobre los que éste se asentó tras la última contienda mundial.

Probablemente la primera vez que el sismógrafo registraba la onda inicial de este movimiento fuese en los primeros '70 del pasado siglo, con ocasión de la que fue denominada “crisis del petróleo”, que al tiempo lo fue de varias cosas más. La salida de aquella marcó el comienzo de la prolongada contrarrevolución conservadora -pergeñada en sus fundamentos teóricos tiempo atrás-, y que luego tuvo a M. Friedman y sus Chicago Boy´s, la Tatcher, Reagan y Wojtyla no solo como principales apóstoles de una refundación y replanteo de los cimientos del sistema, sino como actores con inmenso poder para traducir tales principios en políticas efectivas, incluida en éstas -con importancia decisiva- la propagación por múltiples medios de los fundamentos ideológicos, soporte de un nuevo “sentido común”, que la 'dama de hierro' sintetizó en su gran lema -“la sociedad no existe, solo el individuo”- y su corolario TINA (There’Is Not Alternative). Se abría así la era neoliberal.

Como tantas veces ha ocurrido en la Historia, tan colosal sacudida en sus sucesivos episodios, aunque nacida dentro del proceso de acumulación del capital y de las disputas en la apropiación y distribución de la riqueza, y por ende en los engranajes materiales del sistema económico (industrial y financiero), no podía quedar circunscrita a su esfera, aunque en ella se registraron profundas transformaciones entre las cuales una nueva y trascendental revolución tecnológica, principalmente en el universo digital.

Con mayor o menor celeridad, los múltiples y variados efectos de tal crisis -reajustes geoestratégicos, corrientes migratorias, turbulencias monetarias y revoluciones técnicas diversas- se fueron manifestando, además, a lo largo y ancho de la organización social en su conjunto.

En primer término dentro del universo social, en la configuración de las clases y en sus interrelaciones de supeditación y dominio y en sus contraposiciones; e inmediatamente, en distintas secuencias y con ritmos diferentes, en la esfera política, es decir en la de las instituciones mediadoras de los diferentes intereses en conflicto.

Y otro tanto aunque de modo aún más larvado, o menos evidente, en la cultura y en la ética social e individual, con alteraciones en su jerarquía de valores.

Y desde aquella primera onda de los ’70 e ininterrumpidamente después, prosiguió el agravamiento de las amenazas sobre la vida misma del planeta, al mismo tiempo que marcaría la primera gran alerta sobre las mismas (Primer Informe del Club de Roma de 1972).

En España, la Gran Recesión, en el plano político, ha terminado removiendo por completo, las bases de sustentación del sistema instaurado en la Transición

En España, esa Gran Recesión, en el plano político, ha terminado removiendo por completo, las bases de sustentación del sistema instaurado en la Transición.

En primer término y como primer efecto -algo retardado respecto al estallido de aquélla- poniendo ‘patas arriba’ el dinástico esquema bipartidista; llamado imperfecto por la componente nacionalista que habría de acompañar al bipolo PP-PSOE -como exclusiva expresión del eje derecha/izquierda-, complementándolo inevitablemente.

Simultáneamente, en el espacio político catalán, las consecuencias de la Sentencia del TC de 2010 sobre el Estatuto ya refrendado, se amplifican, en ese contexto de crisis, catalizando las tendencias de transformación del catalanismo pactista y subordinado, hasta dispararlas hacia un soberanismo que, como consecuencia de la terquedad e inmovilismo del Estado Central, acabará por expresarse enseguida como reivindicación independendista con rasgos rupturistas.

En España, los efectos de ese brusco cambio de signo en el terreno económico, donde primero se manifiestan en el político es en la impugnación rebelde de 2011 (15-M), que abre un periodo de intensa movilización ciudadana, hasta encontrar traducción institucional en la inesperada comparecencia de PODEMOS en 2014 en las elecciones europeas.

Se abre de ese modo una primera brecha en el rocoso bipartidismo, con la subsecuente aparición de UPyD primero y Ciudadanos después, al otro lado del eje y en simetría con lo ocurrido en la izquierda con PODEMOS, inaugurando así un nuevo ciclo -prolongado hasta el presente- de asombrosa volatilidad (reflejo de los cambios que la sociedad está experimentando) y en el que serían destacables dos rasgos principales:

-  La intensa y hasta enorme concurrencia, en el interior de cada una de los dos segmentos del eje derecha-izquierda, agudizada por un creciente e ininterrumpido ‘hiperelectoralismo’.

-  La presencia, con protagonismo creciente aunque desigual, de un nuevo eje en el espacio político -con peso abrumador en Catalunya- en relación con la irresuelta “cuestión nacional” y el progresivo cuestionamiento -a través de ella y por su reivindicación republicana- del entero “sistema político”, en abierta contradicción pues, con los otros dos pilares de la CE78, que, junto con el bipartidismo, son la Monarquía y la indisoluble unidad de España, ambos inamovibles e  irreformables.

Dos rasgos, que pese a los anuncios de atenuación o cierre, permanecen plenamente abiertos, convirtiendo la estabilidad política en un sueño, cuando no en un señuelo. La parálisis y bloqueo de la vida parlamentaria, convertida en mera ventana para la exhibición de gestos y vacía por completo de actividad propiamente legislativa desde 2015, además de reflejar la profundidad de la crisis de las instituciones, es un ilustrativo ejemplo de que, dada la correlación de las fuerzas en presencia, no hay signo alguno de cambio estabilizador a la vista.

2. “La izquierda cuando se divide, pierde”. “Madrid es de derechas”. Tales son los lugares comunes más compartidos para explicar la pérdida del gobierno del Ayuntamiento de Madrid y la ‘no ganancia’ del de la Comunidad. Parecería que, por lo ocurrido en los últimos comicios, a la derecha en cambio, paradójicamente no le ocurre lo mismo, al menos en Madrid. Es más, aquí gana cuando es una, y gana también cuando es trina.

Por lo que respecta a lo segundo, no es posible verificar esa creencia -ontológica o naturalista- en las pequeñas diferencias que presentan los resultados de las sucesivas elecciones desde la Transición para acá, ni tampoco en las respuestas que los encuestados por el CIS dan cuando se les solicita su autoidentificación ideológica.

Por lo que respecta a lo primero, una vez “identificada” la causa, solo queda buscar al culpable: la cabeza que a todos dejará tranquilos -en paz con su conciencia- excepto al “turco”.

No ha sido difícil el hallazgo. Como es ya costumbre la vista se ha dirigido en una sola dirección, hacia el más perdedor de todos los diferentes perdedores: en este caso hacia el concejal (Sánchez Mato) -que de modo un tanto voluntarista tuvo la osadía de empeñarse en llevar una voz crítica a la nueva Corporación-, así como hacia los pocos que le siguieron en el intento.

Pero lo cierto es que del mismo modo que el papel todo lo aguanta, las crudas cifras son tozudas en su realidad. Y las cifras señalan inequívocamente que las izquierdas -incluida la del díscolo concejal- perdieron el Ayuntamiento de Madrid, no por los 42.855 votos que éste no entregara a Carmena, sino porque hasta otros tantos 60 mil votantes de izquierdas no sintieron motivos suficientes para hacerlo y se tomaron el día libre sin acudir a los Colegios.

madrid lluvia

Para superar tan estrecho margen, quizás algo hubiese cambiado las cosas, un simple gesto tan nimio y de tan escaso coste político para las izquierdas como haber accedido a la moratoria solicitada para la aprobación de una Operación (Chamartín o Madrid Nuevo Norte, que tanto da), que finalmente solo de modo temerario se intentó aprobar antes de los comicios, por más que técnicamente fuese imposible y políticamente insensato.

Ya desde antes de que las izquierdas perdieran el gobierno del Ayuntamiento de Madrid -sin recobrarlo hasta 26 años después- habían perdido la mayoría en 1987 y tras ello el gobierno dos años después. Invariablemente, elección tras elección, los partidos de la derecha -unificados prácticamente desde entonces- han ganado aunque por ligeras diferencia a los partidos de las izquierdas, consiguiendo con ello doble trofeo: gobierno y Alcalde.

Hasta que finalmente, en 2015, la candidatura progresista de Ahora Madrid promovida por nuevas formaciones políticas y encabezada por Carmena, invirtió la relación -aunque por diferencia mucho más leve,- volviendo a conquistar esa mayoría, logrando así la alcaldía y pasando a gobernar, pese a no ser entonces la candidata más votada.

Simultáneamente en la Comunidad de Madrid, en donde las izquierdas lograron retener la mayoría y el gobierno, hasta seis años después (1995) de haber perdido el Ayuntamiento, aquellas no volvieron a conseguir recobrarlo nunca más después, igualmente por escasas diferencias.

De la experiencia de lo ocurrido hace cuatro años podían haberse extraído dos importantes conclusiones que cabe reiterar tras lo ocurrido ahora en todos los últimos comicios:

a)  que las derechas fueron mucho más activas en la movilización electoral (superando la participación en los distritos donde eran dominantes, hasta en 15 o más puntos respecto a la de los distritos en los que el signo de dominación es el inverso);

b)  que la conquista de la mayoría por parte de uno de los dos grandes segmentos del eje respecto al contrario era una variable y una meta clave y que por tanto, pese a la fuerte fragmentación y competencia dentro de cada bloque, era preciso supeditar ésta a aquel objetivo principal, polarizando incluso lo más posible las diferencias entre sendos bloques, ya que lo que estaba en juego no era la disputa de un ‘centro’ -ficticio por inexistente- sino la competencia entre dos bloques contrapuestos. Así lo entendieron y lo hicieron las derechas, pero no las izquierdas.

En ese contexto, la ambigüedad o 'dulcificación' de los mensajes, la asunción -como propias- de políticas y proyectos que el imaginario de las izquierdas ubica de modo casi inconsciente en el campo contrario o al menos en sus ‘marcos’, no podía jugar sino como elemento desmovilizador en el campo propio, sobre todo de los sectores más radicalizados, lo cual en el campo contrario (en las derechas) no solo no ha ocurrido, sino que se ha jugado -y aprovechado- en sentido inverso.

[¿Alguien imagina a Gabilondo, Isa Serra, Carmena, Sánchez Mato, Errejón y Pepu todos juntos flanqueados por Iglesias a un lado y Pedro Sánchez al otro en una foto de comienzo y cierre de campaña?. Las derechas-“sin complejos”- se la hicieron en Colón y pese a ello -¿o gracias a ello- ganaron Madrid]

Es probable que una mayor movilización de las izquierdas, impulsada aunque solo fuese por la 'mística' de la unidad siquiera a nivel simbólico, hubiese podido incrementar participación y votos

Es probable que una mayor movilización de las izquierdas, impulsada aunque solo fuese por la 'mística' de la unidad siquiera a nivel simbólico, hubiese podido incrementar participación y votos, al menos los suficientes para cubrir la diferencia (60.150 votos, el 2% de los emitidos) con la que finalmente las derechas aventajaron a las izquierdas arrebatándolas gobierno y Alcaldía.

Frente a ello, a una política de gestos hostiles a cualquier integración de los ‘críticos’ de izquierda juzgados altivamente como insignificantes exclusivamente por su realidad numérica, venía a sumarse el más ambiguo, confuso en vez de pretendidamente sutil, y sobre todo tardío mensaje de apoyo a estos últimos, por parte de quien (Iglesias), habiéndose presentado tanto tiempo como incondicional sostén de la Alcaldesa en tanto renovada candidata, había abandonado precipitadamente a última hora su apoyo, refugiándose en la nebulosa de la neutralidad. ¿Eran necesarios más ingredientes para que la explicación del sonoro fracaso del silencioso perdedor estuviese servida?

Lo más probable es que tal confusión en el antedicho mensaje haya terminado por traducirse en un estímulo añadido a la tendencia desmovilizadora. En todo caso, la tardía “consigna” de Iglesias -pese a lo criticada que ha sido por los partidarios de la lista ganadora- parece haberse seguido en su literalidad ya que todo parece indicar que los muy exiguos 82.084 votos que Unidas Podemos&IU consiguió reunir para las elecciones autonómicas entre los censados en el municipio de Madrid, se quedaron en la mitad al convertirse en apoyo para la candidatura de Madrid en Pie que encabezaba Sánchez Mato en la capital para las municipales; mientras que el resto se hizo eco de la llamada al “voto útil” y pasó a engrosar el caudal de votos a la lista de Carmena. En todo caso, la totalidad de aquellos 80 mil votos largos, de haber recaído en la lista de Sánchez Mato, hubiesen bastado para que la misma, al superar así el umbral del 5%, obtuviera la representación de al menos dos concejales.

Pese a su especificidad, no ha sido muy distinto lo sucedido en la Comunidad, donde una campaña excesivamente plana alejó notablemente los votos obtenidos por Gabilondo -y con él, de las izquierdas-, de los resultados que ese mismo día obtenía su partido en las europeas, y el mes anterior en las generales, imposibilitando así cubrir la ventaja de 94.238 votos (3% del total de los emitidos) que las derechas han sacado de ventaja a las izquierdas. 

Para concluir, volviendo al principio no puedo resistir las tentación de tomar prestado lo que ayer mismo nos recordaba el siempre incisivo David Torres sobre la ley de Murphy y su corolario :“todo sistema, por el mero hecho de existir, tiene que fallar” .

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