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El PSOE y el sentido del reformismo

Eduardo Montagut | Historiador

Nuevatribuna | 26 de septiembre de 2017

España necesita profundas reformas en su organización territorial en un sentido federal, superando el enfrentamiento, y donde se sienten cómodos los nacionalistas sin Estado y los españolistas

Existen cuatro cuestiones que se derivan de la profunda crisis que vive nuestro país. En primer lugar, la derecha en el poder se ha apropiado del concepto del reformismo para desvirtuarlo. Los recortes en el Estado del Bienestar se han disfrazado de reformas, cuando en realidad no lo son. El reformismo no significa desmantelar ni arrojar a amplias capas sociales a la desesperación. Reformar, por otro lado, no significa tampoco menoscabar derechos fundamentales como el de expresión o manifestación. En segundo lugar, el socialismo español, generador de dicho Estado del Bienestar, no intentó seriamente en su día una reforma profunda del sistema productivo, financiando las políticas sociales con parte de los beneficios que un sistema económico especulativo generado en tiempos de Aznar dejaba en las arcas del Estado. A eso se unió el problema de la mayoría conservadora en la Unión Europea que impuso sus condiciones frente a una socialdemocracia débil y paralizada, y que sigue en estado casi catatónico, con excepciones. En tercer lugar, parte de la sociedad española ha reaccionado ante esta crisis general con una clara desafección hacia los partidos políticos clásicos, y creando un nuevo mapa político con la irrupción de nuevas formaciones a derecha e izquierda que han traído aires nuevos, aunque no terminan de plantear alternativas muy articuladas, por lo que, además de otros factores, se ha terminado por estabilizar, al menos hasta ahora, una estructura estatal de cuatro formaciones, además de las de signo nacionalista o regionalista que, por otro lado, también han cambiado. Por fin, el problema territorial en relación con Cataluña, muy estrechamente vinculado a la crisis política y económico-social de estos tiempos, agudiza tensiones, desata pasiones irracionales, abandonándose la política por otras alternativas.

Y, entonces, ¿qué puede hacer ante esta situación el principal partido de izquierdas de este país además de reivindicar sus innegables éxitos, ninguneados por la derecha y olvidados por amplias capas sociales ante una situación muy difícil? El ritmo vertiginoso de nuestra época imprime una sensación de urgencia a todo, y que hace pensar que no se hacen cambios. El PSOE se quedó, al principio, un tanto paralizado, y ha pasado por una larga temporada de intensa crisis interna que, por otra parte, está por ver que haya superado, ofreciendo, en ocasiones, espectáculos nada deseados ni deseables.

La renovación de personas, de cuadros, de ejecutivas es muy importante pero no suficiente ni mucho menos y, por supuesto, tampoco vale con arramblar con todos los socialistas de antes. Ahora el PSOE debe elaborar un exhaustivo programa general de reformas, por la experiencia de su larga tradición reformista, pero recogiendo muchas novedades que parten de la calle, de movimientos que protestan, de nuevas inquietudes, de lo que está pasando, articulándolo en algo real, no en la elaboración de propuestas que no puedan ponerse en marcha porque, al parecer, algunos de esos movimientos y nuevas formaciones tan activos olvidan que en este país hay ciudadanos, muchos ciudadanos, que tienen ideas muy distintas, y no se pueden imponer algunas reformas y cuestiones si no hay consensos y financiación. Una cosa es legislar y reformar con un sentido general, aunque haya sectores que eso no lo entiendan nunca, y otra imponer un modelo de sociedad que a nosotros nos gusta, simplemente porque hemos conseguido una mayoría electoral. Pero, sobre todo, eso lo ha hecho y lo sigue intentando hacer la derecha, como lo pone de manifiesto con la batería de cambios, o más bien, retrocesos que se pusieron en marcha con la mayoría absoluta popular. Los socialistas han legislado siempre para todos y todas, y deben seguir haciéndolo cuando consigan regresar al poder. Se acusa a los socialistas de timidez, y sin lugar a dudas, a muchos nos hubiera gustado que se hubiera ido más allá en las anteriores administraciones socialistas, pero pongamos un ejemplo que permite constatar el profundo sentido reformista y democrático socialista. La reforma del Código Civil sobre el matrimonio de personas del mismo sexo fue un cambio puntero en el mundo, un ejemplo del triunfo del reconocimiento y garantía de derechos de los ciudadanos y ciudadanas, y se hizo con un gran apoyo parlamentario y social. Sectores de la derecha y la Iglesia contemplaron esta reforma legislativa como una imposición, pero convendremos que reconocer y garantizar derechos no es nunca una imposición, sino un triunfo de la cohesión social. Esa es la filosofía del socialismo democrático, y que debe seguir inspirando al PSOE ahora y siempre. Es el poder transformador de la política, conjugado con el más profundo sentido democrático a la hora de reformar y gobernar. Es su seña de identidad. Las luchas internas por el poder desvirtúan lo que es ser socialista, un hombre o una mujer apasionados por hacer política, como siempre ha sido en su historia.

España necesita profundas reformas en su organización territorial en un sentido federal, superando el enfrentamiento, y donde se sienten cómodos los nacionalistas sin Estado y los españolistas, o al menos, en tolerable convivencia, en la articulación de los poderes básicos del Estado, con un Parlamento más fuerte y dinámico, con un Gobierno que legisle menos por decreto, y con una justicia realmente para todos y todas, para afianzar la calidad democrática y el sentido cívico de servicio a la comunidad frente al ejercicio corrupto de la política, para garantizar los derechos sociales, especialmente la sanidad, para emprender una apuesta clara por una educación de excelencia, pero también como factor de transformación social, para garantizar el derecho a una vida digna de los dependientes, para fomentar un sistema productivo con una profunda reindustrialización, para la aplicación de una clara política fiscal más progresiva y justa, para frenar reformas laborales lesivas para los trabajadores y trabajadoras, para combatir en todos los frentes la violencia de género, para cambiar las relaciones entre el Estado y la Iglesia Católica, para la construcción de una memoria democrática acorde con la tradición de nuestros vecinos occidentales…

Si los socialistas de 1982 tuvieron que transformar una España gris tardofranquista e injusta en un Estado moderno dentro de una Europa que ha hecho mucho por este país como éste por la Unión, y si los socialistas en 2004 tuvieron que empeñarse a favor de los derechos de ciudadanos y ciudadanas que no los disfrutaban, los socialistas de ahora tendrán que emprender cambios estructurales de gran envergadura, buscando apoyos, negociando, cediendo, haciendo política en el más digno y honorable sentido del término. Eso es, en fin, el reformismo progresista, de profundo calado y que no puede quedarse en lo epidérmico. Es hora de trabajar, no sólo para alcanzar el poder sino, sobre todo, para llegar a una ciudadanía muy enfadada, asqueada y desafecta hacia la política y donde pueden calar movimientos populistas y fundamentalistas. La responsabilidad de los socialistas en estos tiempos de enfrentamientos duros, llenos de debates interesados, muy demagógicos y donde lo que parece que importan son las identidades que esconden miserias y problemas gravísimos, es muy grande. Los socialistas deben estar a la altura, ejemplos tienen en su historia lejana y reciente. Eso pesa, pero también estimula.

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