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A la profesora que nunca tuve

Pilar Rego | 03 de septiembre de 2020

Mi querida profesora: 

Sentí una gran alegría al recibir su carta tras el inevitable período de sequía epistolar. Debido a las limitaciones de su edad, que no propician una conversación telefónica fluida, y a su renuencia al uso de las nuevas tecnologías, son estas misivas cruzadas las que nos permiten mantener activa nuestra comunicación. Afortunadamente, a lo largo de las últimas décadas hemos consolidado una amistad, leal e incondicional, que no deja de ser en el fondo y en la forma, uno de los múltiples aspectos que adopta el amor. Me congratula saber que está en vías de recuperación de la bronquitis que la aquejó estas últimas semanas. Puedo confirmarle que, en breve, acudiremos a visitarla el grupo de antiguas alumnas (compañeras de aquella época en la que la segregación por sexos era norma de obligado cumplimiento) que seguimos manteniendo el contacto. Por fortuna para nosotras, estar bajo su tutela educativa nos abrió los ojos a una realidad que distaba mucho de la que nos mostraban. La cultura como bien común es un concepto que conocí a través de sus clases, en las que además de enseñarnos lengua y literatura, nos abrió las puertas a un mundo nuevo. Desde entonces he tenido presentes sus palabras sobre la educación en igualdad y la no discriminación; así como su defensa a ultranza de una escuela plural, que eduque en el respeto a los iguales y a los diferentes, sin tener en cuenta su extracción social, ni sus recursos económicos. Usted, que siempre abogó porque otra forma de enseñanza era posible, contempla con satisfacción la nueva realidad educativa que estamos viviendo y lo hace, no desde la comodidad de una merecida jubilación, de la que podría disfrutar desde hace ya muchos años, sino desde la actividad solidaria e integradora, impartiendo clases de español para personas inmigrantes. Si alguien pone en duda la existencia de la vocación docente, es porque no la conoce doña Magdalena, porque no ha tenido la fortuna de asistir a sus enriquecedoras disertaciones; de ser partícipe de unas clases en las que, a partir de un rutinario comentario de texto, nos ayudó a desarrollar el pensamiento crítico, a no aceptar como verdaderas las informaciones sesgadas que recibíamos; nos animó a analizar y a evaluar el mundo que nos rodeaba; despertó nuestra curiosidad y consiguió que disfrutáramos de los conocimientos que impartía; supo transmitirnos su entrega total a la profesión que ejercía. En aquel microuniverso escolar, en él que había mayoría de profesoras, el equipo docente contaba con dos excepciones: don Luis, el profersor de dibujo (¿lo recuerda?, siempre caminando a zancadas por los pasillos, con su inseparable carpeta de dibujo con asas) y el padre Domingo, el profesor de religión, quien por cierto años después colgó los hábitos, al igual que la madre Lucía; dicen las malas, o las buenas, lenguas, que les impulsó a hacerlo una causa común (presumo que de este tema estará usted mucho mejor informada que yo)... Cuando la palabra bullying aún no formaba parte de nuestro vocabulario, el acoso escolar, aunque sin el soporte de las nuevas tecnologías, ya existía. Ahora puedo ponerle nombre, al modo reiterado y abusivo, de “molestar” por parte de Dolores Vicedo a Clara Montes; en aquel momento no supe reconocerlo. Cuando usted actuó para frenar aquella situación, me resultó extraño que algo en apariencia irrelevante (“chiquilladas” se decía) tuviera tanta trascendencia. Como obviar a día de hoy, doña Magdalena, que “aquellas chiquilladas” supusieron un constante hostigamiento a Clara ("agraciada” con el pasaporte a la no integración que suponían algunas becas de la época; las mismas religiosas que las otorgaban eran las primeras en establecer diferencias de clase). Dolores dirigía insultos destinados a Clara y a su familia, la intimidaba y la bloqueaba socialmente. Desafortanudamente sus compañeras no quisimos, o más bien no supimos, darle relevancia a esa situación hasta que usted nos hizo ver la realidad tal y como era. Hoy las cosas son diferentes, como directora de Instituto tengo la responsabilidad de que la prevención contra el acoso escolar sea una herramienta eficaz y para ello cuento con el inestimable apoyo de todo el claustro de profesores. Me enorgullece decirle, doña Magdalena, que somos un centro pionero en la lucha contra el bullying; celebramos jornadas contra el acoso escolar, impartimos conferencias, contamos con un manual de actuación contra el ciberacoso y en unos días publicaremos las bases del “I Concurso de obras de teatro contra el ciberbullying" dirigido al alumnado de centros de secundaria. El objetivo de este concurso es implicar y sensibilizar a nuestros adolescentes en la lucha contra esta lacra. La obra ganadora será representada en nuestro centro, por personal docente, alumnas y alumnos. Yo misma me he comprometido a intrepretar algún pequeño papel. No es que me sobre tiempo, reconozco que mis días no tienen horas suficientes, pero todo será cuestión de organizarse mejor… No quiero cansarla con una carta excesivamente larga. Le deseo una total y rápida recuperación. Nos vemos pronto mi querida profesora. Un fuerte abrazo de su alumna. 

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