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Pongamos que hablo de… Carmena

Alberto Soler Montagud | Médico y escritor

Nuevatribuna | 29 de mayo de 2019

Todo apuntaba a que durarías muy poco como alcaldesa, Manuela Carmena. Ya desde el primer día de tu llegada al Palacio de Cibeles, que digo el primer día, desde muchos decenios atrás te la estuviste jugando. Porque, seamos sensatos y planteémonos que pedigrí puede aportar la hija de un modesto propietario de dos tiendas de ropa en el Madrid franquista de los años cuarenta, para aspirar a ser alcaldesa de tan emblemática ciudad.

Por más que tus padres se esforzaran en darte una carrera -en lugar de comprártela como hace la gente de bien con sus licenciaturas y másteres en universidades de cuestionable credibilidad-, la hija del fundador de Modas Carmelo tenía pocas papeletas para ser alguien en la vida. Pero tu tozudez pudo más y acabaste siendo abogada, aunque cometiste tu primera gran equivocación a afiliarte al Partido Comunista de España el mismo año que te licenciabas en derecho.

Ahí comenzó tu currículo de dislates y despropósitos. Y claro, los errores se pagan. Y en tu caso, la expiación te llegó a través de mil y un problemas con la policía materializados en forma de arrestos. Si al menos tus transgresiones hubieran sido problemillas leves y etéreos  como robar algún tarro de crema facial en cualquier tienda del ramo, reconozco que te estaría justificando en lugar de reprobarte. Pero que decidieras ser abogada de obreros, y además cofundadora de un bufete de abogados laboralistas en Atocha, no fue más que una provocación para que un grupo de españoles de  se vieran en la tesitura de tener que limpiar aquel antro.

Que asco Carmena, que gran error fue que te dedicaras a defender a proletarios y detenidos por su desafección al régimen del Generalísimo. Entiéndelo, Manuela Carmena, te la has estado jugando desde el principio. Tanto que, no contenta con que la patria te permitiera ejercer como abogada, te viniste arriba y opositaste para ser jueza, con el agravante de conseguirlo.

Y ahora, al final de tu carrera, ya jubilada y después de haber sido vocal del Poder Judicial y haber fundado —junto a otros de tu calaña— esa asociación llamada Jueces para la Democracia,  no se te ocurrió otra idea que aspirar a ser alcaldesa de la capital del Reino sin habértelo ganado a pulso, y sin haber contado con los méritos que desde 1991 han caracterizado a los políticos —buenos españoles y mejores madrileños— que han estado al frente de las alcaldías del Partido Popular.

Te lo explicaré mejor para que lo entiendas, Manuela Carmena. No has sabido ser estirada. Te has mostrado irresponsablemente cercana, amable, educada y correcta. No has sido para nada ofensiva con quienes pensaban distinto a ti. Has tenido la desfachatez de pagarte tus caprichos cuando los has tenido, has utilizado transportes públicos, no has ido a la peluquería en coche oficial, y así una serie de desaciertos que no mencionaré para no hacer eterna mi crítica a tu mal hacer.

Pero, si tuviera que destacar sólo uno entre tus mil errores, destacaría aquella tarde-noche de enero cuando destrozaste la ilusión de tantos niños madrileños al privarles de unos Reyes Magos como Dios manda. Que crueldad la tuya al exhibir ante aquellos angelitos, unos esperpentos disfrazados de cualquier cosa menos de lo que deberían haber sido. Aun resuena el eco del triste lamento del hijo de la Marquesa de Casa Fuerte, «Mamá, el traje de Gaspar no es de verdad» seguido del desgarrado lamento de tan ilustre dama, «No te lo perdonaré jamás, Manuela Carmena. Jamás».

Que lejos has estado siempre de tu insigne predecesora, doña Ana Botella, y que ridícula has sido en tu obsesión por  conseguir utópicas fruslerías como hacer un Madrid más habitable, plural, limpio, social y gobernado por políticos de talante justo y decente. ¿Para qué les sirve todo esto a los madrileños, Manuela Carmena, si en el fondo están satisfechos tras veinticinco años de un gobierno municipal de orden y de derechas? Además, entiende que resulta del todo imposible respetar a una alcaldesa que desea «Que nos llamen por nuestro nombre de pila, que nos tuteen, porque somos sus servidores»

Estaba cantado Manuela Carmena. Tenías que irte, y la noche del pasado domingo, Dios permitió que se hiciera justicia.

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