Imprimir

La pacífica revolución de los sensatos

Jesús Parra Montero | Catedrático de filosofía

Jesús Parra Montero | 14 de febrero de 2020

“Europa, como idea, voluntad y representación,
está desintegrándose ante nuestros ojos”.

Bernard-Henri Levy


Cualquier escritor debe tener claro que los lectores no son estúpidos, de ahí la necesidad de reflexionar a fondo sobre cómo debe comunicar y exponer sus ideas, no para excluir sino para incluir en su relato a la mayoría posible de lectores y, dentro de la inevitable subjetividad, “sujeta siempre al error”, que sus argumentos se acerquen cuanto pueda a la honesta verdad de la objetividad. Debería ser totalmente aceptado por todos poder pensar que los argumentos políticos siempre se formulan por todos de buena fe. Muchas veces es así, pero no siempre. Con optimismo se puede conseguir, no es una utopía si se cuenta con la buena voluntad de todos. No podemos caer en las extravagancias; por principio, hay que rechazarlas y hacer saber que son siempre falsas o erróneas, carecen de objetividad y sensatez y quienes las propalan y dicen están siendo deshonestos e insensatos.

La sensatez no es la virtud que mejor practican los políticos; los que vivimos en Madrid, -se podría generalizar-, estamos notando y padeciendo, al ver quiénes gobiernan en la Comunidad y en el Ayuntamiento, que Madrid ha votado incompetencia e insensatez. Un signo claro de insensatez en un político es aquel que en cada momento crea problemas y un campo de batalla para la confrontación y la lucha por el poder, los proyectos y los valores. Es verdad que la oposición está para “hacer de oposición", es una tautología, pero la sesión de control al gobierno del miércoles centrada casi en exclusiva en algo que importa poco a los españoles: “Venezuela, Guaidó y Delcy Rodriguez”, en la que el gobierno se ha mostrado torpe y confuso al no saber explicar “el caso Ábalos”, es un ejemplo claro de insensatez bronca, de contracturas éticas y políticas y de fijarse en los pequeños errores de construcción anecdótica y no en los proyectos arquitectónicos que dan sensatez y solidez al bienestar social y a nuestra democracia parlamentaria. De ahí que este articulo no tenga otro objetivo que reflexionar sobre los valores líquidos y difuminados de nuestra irritada democracia y hacer un llamamiento a “una pacífica revolución de los sensatos”.

Es necesaria en nuestra sociedad, “una pacífica revolución de todos los que se consideran sensatos”

Una de las voces filosóficas más innovadoras que ha surgido en Alemania, el coreano Byun Chul Han, en su libro La sociedad del cansancio, nos advierte de la mutación que está sufriendo nuestra sociedad; estamos pasado de la sociedad de los locos a la sociedad de los cansados, de los insensatos, en la que por miedo a la exclusión (¡qué perverso es el miedo cuando se debe actuar en libertad!), se elude el conflicto y, consecuentemente, todo compromiso, con tal de pertenecer a la sociedad de “la aprobación y el aplauso”, que penetra a través de las cuestionables redes sociales. Hannah Arendt creía que pensar es una actividad solitaria, pero que nos ayuda a vivir en sociedad, porque pensar, reflexionar es cargarse de sensatez; en estos momentos estamos tan conectados a la sociedad mediante tecnologías que apenas la conectamos con nosotros mismos, cayendo en la banalidad, la frivolidad, la insensatez y la vacuidad moral. Para Chul Han, eludir el conflicto no solo no resuelve los problemas, sino que conduce a la depresión, al desánimo, ignorando que las personas crecen y maduran trabajando los conflictos, manteniendo una actitud activa y mediadora en su resolución sin acudir a disputas innecesarias o estériles; esta es la actitud de los sensatos convertida en revolución pacífica. Si esta revolución se apodera en la sociedad, en los profesionales, en el profesorado y el alumnado, en la juventud, en los medios de comunicación, si toma finalmente el poder de las mentes y los sentimientos de los ciudadanos, enraizando en sus valores, todo lo que se diga y se haga será evaluado y valorado con otro rigor, con el rigor de lo correcto; porque la sensatez, en cualquier tiempo y circunstancia, es un valor, un talento esencial para una democrática convivencia, y más en política. Una persona sensata siempre aprende el valor de una verdad y lo duro de una mentira; es un arma fundamental para desenmascarar la falsedad.

Como vivimos condicionados por una larga carrera de obstáculos personales, sociales y laborales, no todos tenemos las mismas posibilidades de realización; somos conscientes de que no todos cabemos en los sillones del poder para legislar y gestionar las soluciones, pero sí para elegir a quienes, con honestidad y sensatez, deben hacerlo, pues para ello han sido elegidos por la voluntad y decisión popular. No todas las sociedades son perfectas, pero las peores son aquellas que están dirigidas por demagogos insensatos.

Decía Benjamín Disraeli, el escritor británico que ejerció dos veces como primer ministro del Reino Unido, para quien la mejor lección se aprende en la adversidad y que la vida es demasiado corta para que la hagamos mezquina, que “el hombre sensato y honesto cree en el destino, mientras que el insensato y voluble en el azar”. La experiencia enseña que es más fácil descubrir quién es “insensato” que acertar en quién es “sensato”. Sabemos que, de no acudir a la RAE, cualquier definición adolece de precisión; incluso las de la Real Academia resultan poco precisas e insuficientes para definir y comprender la realidad. Como escribió Lázaro Carreter, el idioma lo hace el pueblo, no la Academia; es verdad que la RAE lo sanciona, lo limpia, lo fija, le da esplendor y se esfuerza por conservar su unidad, aunque evoluciona con los tiempos; el idioma se edifica desde la libertad no desde la imposición política.

Según la RAE “sensatez” es “la cualidad que tienen las personas que muestran buen juicio, prudencia y madurez en sus actos y decisiones”; una persona sensata, pues, además de estar dotada de buen juicio, prudencia y madurez en lo que hace y decide, se conduce y actúa con sentido común, se comporta orientada por la verdad y el bien común; muestra prudencia y una actitud mediadora en la resolución de los conflictos sin acudir a disputas innecesarias o estériles; uno de sus valores es su inteligencia emocional y su capacidad de comprender los hechos de la realidad con objetividad y moderación. Mientras la persona sensata se preocupa por el bien común, al insensato le arrastra la ambición y, de ahí, fácilmente a la corrupción. Si este es el paradigma del hombre sensato, buscando en la alfombra roja de los “egos de los políticos”, ¿cuántos sensatos hallamos entre ellos? Habrá que utilizar la lámpara de Diógenes de Sínope buscando en las plazas de España “un hombre, un político sensato y honesto”. Si el mundo de la política señala nubarrones de insensatez, si políticos insensatos crean problemas donde no los hay y agravan los que ya existían, es importante reivindicar la sensatez y la responsabilidad y apelar que entre los ciudadanos surja la revolución de los sensatos capaz de neutralizar a los políticos insensatos que todo lo supeditan a su ambición de poder. El sensato en cambio contribuye de forma indiscutible a desatascar las atarjeas políticas para facilitar la gobernabilidad.

En este momento, en un paréntesis en la lógica de estas reflexiones, no puedo dejar pasar la siguiente noticia. Mientras escribo, escucho al portavoz adjunto de los populares en el Congreso, José Ignacio Echániz, durante la admisión a trámite de la proposición de ley del PSOE para regular en España la ayuda a morir a aquellas personas con una enfermedad grave e incurable que deseen acabar con sus vidas; acusa al Gobierno de impulsar la ley de eutanasia, con el objetivo de “ahorrar costes con personas que son muy caras al Estado al final de su vida. Quieren matar a los mayores para ahorrar costes. Para el PSOE, -ha dicho-, la eutanasia es una política de recortes. Detrás hay una filosofía de la izquierda para evitar el coste social del envejecimiento en nuestro país”; y lo dice sin que nadie del PP haya intervenido para corregir las infamias de este personaje. Estamos hablando de políticos insensatos y este es uno de ellos; si la insensatez fuese causa suficiente para que un político dimita, si a la insensatez se le suma la desvergüenza de soltar semejante infamia, este político es un miserable, mezquino y deleznable. Desde la ignorancia todos podemos cometer errores, pero tal infame majadería, si no va seguida de rectificación inmediata, merece también la inmediata destitución. Y los que con él o como él comparten sus opiniones es porque han perdido la lucidez y el sentido común político. El despertar de la lucidez y la sensatez puede que lo recuperen, pero cuando llegue, si les llega alguna vez, no deben evitarlo. Cuando se percibe el absurdo, el sinsentido de la vida, se percibe también que no hay proyecto, no hay metas y no hay progreso.

Los laboratorios de ideas y los algoritmos suelen defender y trabajar en exclusiva para los intereses de los poderosos; sin que lo percibamos, se apoderan de la verdad, pero la verdad nos pertenece a todos, es singular y única; la mentira, en cambio, es plural, incoherente y diversa. Estos poderes ocultos son los que crean y mantienen las ideas “zombis”. Según el economista estadounidense Paul Krugman, premio Nobel de economía, en su último libro “Contra los zombis: economía, política y la lucha por un futuro mejor”, una idea zombi es “una propuesta que ha sido refutada a fondo por el análisis y las pruebas, debería estar muerta, pero no permanece muerta, resucita, ya que sirve a un propósito político, apela a prejuicios, o ambos a la vez”. Son aquellas ideas erróneas que, en el debate político, económico o social, se repiten una y otra vez. Se las creería muertas, pero reaparecen constantemente. No importa su ideología ni el “lado de la grieta” que ocupen, no importa si son de izquierda o de derecha. La idea está latente y de pronto se dispara. Escuchando la sesión de control al gobierno del miércoles, en el hemiciclo surgían argumentos e ideas zombis de todo tipo; argumentos e ideas que deberían estar muertas, pero como los zombis, resucitan, aparecen porque sirven para los intereses políticos de los partidos, aunque se sepa que son falsas, que son mentira. Si se mantiene un debate de buena fe, impugnar por sistema las ideas de los otros no es honesto ni sensato. Si, en cambio, se debate con adversarios de mala fe, desmontar sus intenciones es simplemente cuestión de honestidad y sinceridad consigo mismo y exponer la verdad de lo que ha sucedido o está sucediendo.

Hay momentos en los que uno añora la ingenuidad de la infancia o la ilusión de la juventud. Aquellos tiempos en los que la sociedad, la política, los medios y los políticos con poder no nos maleaban ni engañaban, buscaban las palabras y las respuestas correctas, la sensata gestión y las propuestas posibles y realizables, convencidos y confiados de que los demás perseguían el mismo objetivo. Hoy, si quieres ser honesto y sincero tienes que atreverte a enfrentarte con la sociedad, con el mundo de la política y el de los medios que tienes y no con los que te gustaría tener.

Los problemas no se instalan arbitraria y fatalmente, se encarnan en el colectivo social provocando conflictos. Palpitan en la conciencia ciudadana porque surgen en el corazón mismo de la realidad. Vivimos momentos de contradicciones que nos ajetrean el alma, hasta producir una situación de cansancio, desasosiego y hastío. Necesitamos dar sentido a la vida. Somos testigos de la tensa situación que en el tejido social tiene enfrentados a distintos partidos políticos y a no pocos ciudadanos; es necesario detenerse a reflexionar. No hay que ser un profeta ni adivino social para entender que el sentido común es clave para que cualquiera, ya sea una institución, un gobierno, un país o persona, puedan salir airosamente adelante. Merece la pena recordar el adiós de el luxemburgués Jean-Claude Juncker, el ingenioso y algo gamberrete ex presidente de la Comisión Europea, con potentes ideas, pero poco actualizadas, en su despedida y, a la vez, en la bienvenida a Ursula von der Leyden, nueva presidenta de la Comisión, en noviembre del año pasado en el Parlamento Europeo. Así exhortaba: “Cuidad de Europa. Y combatid con todas vuestras fuerzas los nacionalismos estúpidos y cerrados de miras. ¡Viva Europa!” Mejor consejo no le pudo dar: “combatir los nacionalismos estúpidos y cerrados”. En el fondo sus palabras son el eco de un fracaso de toda Europa; subyacía en estas palabras el desacierto de lo que al final ha sido el Brexit: un ejemplo de la estupidez con la que los políticos, todos, los de Europa y los de Gran Bretaña, han manejado que aquel referéndum que pensando que lo ganaría ofreció David Cameron a los ingleses.

En enero del año pasado, en el horizonte de unas nuevas elecciones europeas, Bernard-Henri Levy, el conocido fundador de la corriente de los llamados nuevos filósofos franceses, publicaba un manifiesto, al que se adherían muchos de los más lúcidos pensadores europeos, titulado “Europa está en peligro. En todas partes aumentan las críticas, las afrentas, las deserciones”. La paz europea que hemos venido disfrutando desde la mitad del siglo XX, creíamos que estaba ya definitivamente consolidada; la apatía con la que se ha ido gestionando esta seguridad y el resultado del Brexit, no es más que la prueba de la excesiva frivolidad de nuestros políticos al descargar sobre Bruselas cualquier decisión difícil que hubiera que tomar. Como lo explica Francisco José Soler Gil, profesor de Filosofía de la Universidad de Sevilla en su brillante artículo “Los nacionalismos y el futuro de Europa”, resultaba fácil y cómoda la coartada europea, para no tener que asumir ningún riesgo político. Los nacionalismos, con sus chantajes morales de que luchan por su patria lo han tenido y lo tienen fácil, y están rebrotando con fuerza por doquier; en España también.

Sin caer en el reduccionismo simplón y desde la distancia, hay quien sostiene que los nacionalismos son creaciones artificiales que van contra el devenir de la historia, intentando conseguir un poder político muy superior al que les corresponde, forzado por unos individuos que gozan de una innegable habilidad para enredar la sociedad; tal vez, en un juicio muy superficial, pequen de insensatez. Hoy vivimos en una sociedad globalizada en la que se impone recuperar los valores que dignifican nuestra condición de seres humanos como “semejantes y hermanos”, no como enemigos, y dar la voz de alarma contra los incendiarios que juegan con el fuego de nuestras libertades comunes, pues la unidad no se construye sola sino aplicando voluntad, diálogo y esfuerzo. Hay quien afirma que en las actuales circunstancias hay que recuperar el “seny”, es decir, según la traducción de la Enciclopedia Catalana, “el juicio, la cordura, la sensatez”; al “seny” habría que añadir la “rauxa”, que le añade atrevimiento, osadía, “un plus” a la sensatez. La insensatez a veces tiene una gran fuerza simbólica; son las banderas y el color de las mismas las que, con demasiada frecuencia, separan, distancian y enfrentan; para muchos independentistas la fuerza simbólica de su ideología son simplemente una bandera y la lengua catalana; importantes sí, pero insuficientes para un sensato independentismo. Necesitamos sensatos para la causa. Estamos determinados por una historia, sí de conflictos, que nos ha enfrentado, pero también de grandes logros y no hay nada, no debe haber nada que nos impida la reconciliación, ni insensatos que nos vendan falsas esperanzas. El independentismo pretende hacer de la patria su mundo, su único mundo; muchos independentistas se creen capaces de hacer un mundo, una Catalunya mejor, pero no son capaces de decir ni cómo ni con quién cuentan para esta tarea; y sería una “insensatez” porque el primer perjudicado, de darse, sería la propia Catalunya; se está viendo cómo está acabando esa revuelta de las sonrisas del “1ºO”, enfrentados unos con otros. Si algo debe distinguir a los sensatos es la cordura, la lealtad y el sentido de la realidad.

Tal vez dudemos de que podemos vivir juntos, pero tampoco estamos seguros de que no podamos vivir juntos. Llevamos demasiados años soportando el enfrentamiento y la incomprensión. Se impone la revolución pacífica de los sensatos, con un proyecto político y social, “un nuevo Estatut” en el que nos movamos en libertad, siendo capaces de hacer una política social justa, equitativa y solidaria; de conseguir “esta utopía”, la independencia sólo será un sueño del que nos hemos despertado. Sí, un sueño como el famoso sueño de Martin Luther King en el deseo de un futuro en el cual la gente, el pueblo, los pueblos, naciones o nacionalidades, con sus distintas sensibilidades, colores o procedencias puedan convivir y coexistir en armonía, en paz y como iguales. Dejemos el miedo y el odio y busquemos, con la eficaz revolución de los sensatos, un modelo de país que queremos que sea nuestro y de todos.

El nacionalismo es una grave enfermedad, y su rebrote, si no se frena a tiempo, dará al traste con el proyecto de paz y concordia que hemos vivido en Europa desde el final de la Segunda Guerra Mundial. ¿Qué pretende el nacionalismo?, bajo un patriotismo mal asimilado, acabar con la construcción europea, reencontrar el “alma de las patrias”, reconectar con una “identidad perdida” que ya no existe, excepto en la imaginación de estos falsos y xenófobos profetas, cargados de resentimiento y odio, pero no los necesitamos; ese es el programa que quieren ciertas fuerzas populistas que están inundando Europa y que muchos ciudadanos están cayendo rendidos a sus vacías e insensatas ideas: una catástrofe y un desastre.

Como escribe Bernard-Henri Levy en su manifiesto, está siendo la victoria de los insensatos y, a su vez, la triste humillación y el desprecio a la inteligencia y la cultura de aquellos que aún creen en el legado que significaron para Europa, Erasmo, Dante, Kant, Goethe, Comenio, Montessori, Herbart, Pestalozzi, Einstein, Fermi, Freud, Piaget, y tantos otros ciudadanos, universales y cosmopolitas, convencidos del importante papel de la ciencia y la educación en el desarrollo del hombre. Frente a tanta demagoga insensatez, se impone, se necesita, “la revolución de la sensatez”, libro de Julio César Labaké, en el que afirma que lo escribe porque vive en la absoluta convicción de que la vocación de la vida no es un llamado absurdo y monstruoso sino una responsabilidad que nos cuestiona y nos dignifica. Lo absurdo no es pensar que la vida tenga sentido, sino abandonarnos a la resignación de que pudiera ser verdaderamente un absurdo, producto cualquiera del azar. Su libro es una apuesta por la esperanza, por la fe en que nuestra capacidad de pensar y discernir debe operar un cambio radical y profundo en esta sociedad desencantada, resignada a observar, impávida y sin capacidad de reacción, los males de nuestro tiempo: el individualismo, la indiferencia, la primacía de lo económico sobre lo humano, la irresponsabilidad social, la falta de reconocimiento del otro como prójimo, la ausencia de rebelión ante un mundo banalizado al que renunciamos a encontrarle un sentido.

El nacionalista no suele reconocerse como tal. Él se califica más bien como patriota. O, más concretamente, como el auténtico patriota. Se adueña de los naturales sentimientos de amor y agradecimiento hacia el propio país, hacia su lengua, su historia, su comunidad, y los identifica con sus fines particulares. Y de este modo, somete a un chantaje moral a cualquiera que sienta afecto y preocupación por su patria. Si no nos apoyas -dice el nacionalista- es que no eres un verdadero patriota. Si no nos apoyas es que eres “mundialista”, “cosmopolita”, un vendido a no se sabe bien qué tremendas conspiraciones internacionales. Una mayor autonomía es mejor que la independencia. Lo más importante en la vida, después de saber cuándo aprovechar una oportunidad, es saber cuándo prescindir de una ventaja. Montaigne en su magnífica obra “Ensayos escogidos”, recoge una frase del poeta romano de origen hispano cordobés y sobrino de nuestro filósofo Séneca, Marco Anneo Lucano, refiriéndose a César: “Impellens quidquid sibi summa petenti obstaret, gaundensque viam fecisse ruina” (“Derribando cuanto se oponía a su afán de gloria, gozoso, se abrió camino entre las ruinas”).

“Un pueblo traicionado” es el último trabajo del prestigioso hispanista Paul Preston; un monumental trabajo que condensa la historia política del siglo XX español en cuyo recorrido subyace una idea: el desajuste histórico entre un pueblo constructivo, trabajador, sereno ante las crisis deseoso de progresar y vertebrador de una gran nación y unas elites políticas que bloquearon recurrentemente el progreso. El historiador británico cree que el pueblo español es asombroso y que ha sido traicionado reiteradas veces por su clase política. Asistiendo a la confrontación por el poder y los valores que padecemos, bien describe el poeta Lucano y el historiador Preston lo que muchos políticos y no pocos independentistas están haciendo en nuestra España. Es necesaria, pues, en nuestra sociedad, “una pacífica revolución de todos los que se consideran sensatos”.

Puede ver este artículo en la siguitente dirección /opinion/jesus-parra-montero/pacifica-revolucion-sensatos/20200213173618171077.html


© 2020 Nuevatribuna

© medio digital de información general editado por Página 7 Comunicación S.L. Madrid