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¿Otra oportunidad perdida? La ficción dogmática de una izquierda ensimismada

Javier Gimeno Perelló | Bibliotecario y filólogo. Universidad Complutense

Nuevatribuna | 11 de septiembre de 2019

Nos ha parecido sugerente iniciar este artículo con unas palabras del escritor Javier Marías en su último libro, Cuando la sociedad es el tirano: “Se está creando o se ha creado ya una nueva religión laica, tan intolerante como pudo ser en nuestro país la religión católica. Parece que hay una serie de nuevos dogmas inamovibles y que cualquier persona que los cuestione o los matice, o intente razonar sobre ellos, es objeto de exclusión, o incluso, de linchamiento mediático”.

Compartimos estas palabras del novelista y creemos que pueden aplicarse a una izquierda que vive más en sus dogmas que en una realidad que en buena parte desconoce. A punto de formar parte de un Gobierno que pudo ser en julio pasado, y por tanto, de llevar a cabo algunas o muchas de las políticas progresistas que propone en beneficio de las mayorías, todo parece indicar que tal oportunidad va a perderse, quién sabe hasta cuándo. Tanto unos como otros tienen una fuerte carga de culpabilidad en lo que podría ser un fracaso anunciado, si bien es cierto que más la tiene quien ostenta la responsabilidad de constituir Gobierno.

Tanto unos como otros tienen una fuerte carga de culpabilidad en lo que podría ser un fracaso anunciado, si bien es cierto que más la tiene quien ostenta la responsabilidad de constituir Gobierno

El profesor de ciencia política en la Universidad Carlos III, Ignacio Sánchez-Cuenca, analiza las principales claves de la ideología de izquierda en su libro La superioridad moral de la izquierda. Para este politólogo, la ideología está estrechamente vinculada con la sensibilidad de cada uno ante las injusticias. En este sentido, como ya apuntaron Hume o Fichte, la ideología parte de una concepción moral.

Argumenta el autor que las personas de izquierda poseen una sensibilidad mayor hacia las injusticias que las de derechas, de ahí que desarrollen un sentimiento de superioridad moral. Quienes se definen de derecha no les preocupa la desigualdad social y económica, la marginación o la exclusión, el rechazo al diferente, al inmigrante pobre, etc., como la conservación del status social y económico, por muy injusto que sea. Frente a las injusticias sociales, la derecha propone no la solidaridad sino, en todo caso, la caridad y la conmiseración de sus víctimas, sin plantearse jamás la necesidad de modificar las causas que las originan.

La izquierda hace suyo el imperativo categórico kantiano según el cual la teoría de la justicia se nutre de los principios morales basados en la universalidad. No es otra que la inspiración kantiana la que movió a Marx a proponer como fin último del comunismo la sociedad libre de explotación y opresión bajo la consigna descrita en su Crítica al programa de Gotha: “De cada cual, según su capacidad, a cada cual, según sus necesidades”. Podemos decir, en este sentido, que el comunismo podría entenderse como “el reino político de los fines”.

Pero esa superioridad moral tiene su precio. Cuando la izquierda ha alcanzado un poder suficiente para gestionar una administración, sea nacional o local, el resultado ha sido un fracaso en no pocas circunstancias, no por casos de corrupción –salvo excepciones-, sino por desconocimiento, falta de experiencia o/e ineficacia. En esto se asemeja a su contraria, pero ésta tiene más resortes para permanecer en el poder, mediante medios de comunicación afines, que a la postre le proporcionan un número nada insignificante de votos, así como empresas, fortunas o la propia banca que financian sus campañas a cambio de favores una vez ganadas las elecciones, etc.

Como señala Sánchez-Cuenca, la izquierda, “más preocupada por avanzar hacia el socialismo, ha hecho dejación de funciones en materia de innovación institucional”. La gran aportación de esa ideología, y en particular, del movimiento obrero, ha sido, sin duda, la conquista de derechos determinantes para la dignidad y la mejora de las condiciones de vida de los trabajadores, pero, como también recuerda nuestro autor, “no se entretuvo demasiado con los asuntos relativos al funcionamiento de la maquinaria democrática”, acaso porque una parte muy importante de ese movimiento no ha creído en la democracia tal como hoy la conocemos, sino en lo que se ha entendido como democracia obrera, que en la terminología marxiana se identifica como dictadura del proletariado.

Consciente de su superioridad moral, la izquierda se ha entregado a una suerte de trascendencia colmada de verdades atemporales, preexistentes a la voluntad humana

A nadie se le escapa que la democracia realmente existente en los países capitalistas desarrollados y en muchos en vías de desarrollo poco tiene que ver con el sueño de los dirigentes y organizaciones tradicionales del movimiento obrero. Por el contrario, los actuales sistemas democráticos al uso provienen de la tradición liberal, como la división de poderes, la representatividad política marcada por elecciones cada x años, el control parlamentario de las instituciones, o, en el plano social y económico, el Estado de derecho, que en la mayoría de países de nuestro entorno, ha devenido en Estado del bienestar, particularmente defendido por la socialdemocracia. No en vano, la única oportunidad histórica que ha tenido la izquierda para llevar a cabo parte de su ideología transformadora –bien es cierto que de manera muy modesta y limitada- ha sido en su variante socialdemócrata, por ser la que “encarna el compromiso más acabado entre moralidad y eficacia políticas”, como señala S.-Cuenca. Ya lo ensayó a comienzos de los años 30 del pasado siglo poniendo en práctica la intervención del Estado en la economía para paliar parte de los efectos devastadores del crack del 29, siguiendo las teorías de Keynes. Teorías que pudo llevar a la práctica durante los años de posguerra y que ha mantenido hasta la década de los 80 como argumento para desarrollar justamente lo que sería el Estado del bienestar en su afán, no de superar el capitalismo –lo que se había antojado imposible a la vista de la falta de condiciones que permitieran una transformación radical del modelo económico productivo-, sino de hacerlo más social, más humano. Algo que la izquierda comunista nunca le perdonó hasta el día de hoy. Por consiguiente, debemos a la socialdemocracia una cierta cohesión social y un cierto grado de igualdad, bien es cierto que únicamente en las sociedades desarrolladas, y no en todas de la misma manera, siendo acaso EEUU y Reino Unido los países ricos donde menos ha cuajado el Estado del bienestar y donde los índices de desigualdad son más altos. Pero ese compromiso se desequilibra cuando la socialdemocracia abandona el ideal de justicia social ante la tentación del neoliberalismo.

Consciente de su superioridad moral, la izquierda se ha entregado a una suerte de trascendencia colmada de verdades atemporales, preexistentes a la voluntad humana. Este idealismo moral lo ha pagado con creces en conflictos internos, escisiones, rupturas, etc., de suerte que su historia es la historia de sus divisiones y particiones quasi infinitas -cuando no de purgas y sectarismos: anarquistas, socialdemócratas, marxistas, socialistas, comunistas… todos ellos con sus múltiples variantes para todos los gustos: maoístas, estalinistas, trotskistas… cada una a su vez con sus corrientes y tendencias que conforman una inabarcable sopa de siglas. Sánchez-Cuenca la denomina fisípara, término tomado de la biología, para explicar su “reproducción mediante la división o fisión”.

No es menos cierto que cuando la izquierda comunista se ha hecho con el poder tras una revolución, su superioridad moral ha acabado en pesadilla: “el exceso de moralidad en la política, típico de la izquierda más radical, lleva a intentar realizar la justicia a toda costa, aun si eso implica un coste social enorme”, recuerda Sánchez-Cuenca. De hecho, cuando el comunismo ha ejercido el poder, su seña de identidad no ha sido la construcción de la sociedad ideal sin clases que teorizó Marx, sino, por el contrario, la eliminación del enemigo, sea éste cual sea, en especial si es un crítico o un disidente de sus propias filas. Para esa izquierda, quienes se oponen al ideal comunista son enemigos de la humanidad.

A pesar de ello, y aunque la izquierda comunista proclame haber superado el horror provocado por las tentativas de poner en práctica el ideal comunista, su capacidad de reinventarse no tiene límites. Si algo tenemos que reconocerle es esa fuerza inspiradora universal de mantener la lucha por un mundo más justo. Lo que a estas alturas sigue sin quedar claro es el cómo.

A diferencia de la izquierda, su adversaria política sabe manejar mucho mejor la teoría y la política económicas y llevar a la práctica todo cuanto de ellas responde a sus intereses

A diferencia de la izquierda, su adversaria política sabe manejar mucho mejor la teoría y la política económicas y llevar a la práctica todo cuanto de ellas responde a sus intereses. En este sentido, el liberal viene a ser un ingeniero social cuyo objetivo es sacar el máximo partido posible a las transacciones, tanto económicas como sociales. La derecha no tiene particular aprecio a la administración y a los servicios públicos, de tal suerte que no pone reparos a la hora de sacrificar éstos en función de sus intereses. Es decir, no vacila en privatizar servicios esenciales para la comunidad, como la educación o la sanidad, en aras, no necesariamente de su eficacia o eficiencia –aunque ése sea el discurso-, sino del máximo beneficio a empresas privadas, muchos de cuyos accionistas, consejeros, etc., son amigos o familiares de responsables políticos, o éstos mismos una vez concluido su mandato, mediante las consabidas puertas giratorias. Muchos políticos socialdemócratas también han caído en esta tentación, como bien sabemos.

Tal como hemos podido comprobar en no pocas ocasiones, buena parte de los discursos conservadores en campaña electoral para ganar votos es la bajada de impuestos, a la par que la mencionada eficiencia de los servicios. Pero muchos votantes de las derechas no parecen preguntarse cómo es posible mejorar aquéllos bajando la fiscalidad. La respuesta evidente es su privatización, sea directa o encubierta. Pero a esto hay que sumar, como suele ocurrir, unas subidas impositivas a trabajadores con nómina, autónomos, pensionistas, etc. –nunca anunciadas en las campañas-,  junto con otras medidas como amnistías fiscales a la banca y a grandes empresas y fortunas –en esto consistían las reducciones de la fiscalidad anunciadas antes de las elecciones-. Como señala el economista Fernando Luengo, para el sector conservador neoliberal, “el Estado es intrínsecamente ineficiente y despilfarrador, mientras que el sector privado se comporta de manera eficiente y racional”. Con esta premisa se justifica el desvío de dinero público al ámbito privado, con el fin de garantizar el crecimiento económico, “gran icono de la economía convencional”. El sueño de este nuevo liberalismo es la razón del mercado en perjuicio del Estado y de lo público. Las consecuencias de esta filosofía política son bien conocidas: crecimiento de la desigualdad, concentración del poder económico, ingeniería financiera, extensión de los paraísos fiscales, desprestigio de la política, de los políticos y de la propia democracia… Todo ello ha calado en el imaginario social y forma ya parte de una cultura generalizada de desprestigio de lo público.

Con este panorama, podemos afirmar que las tesis de la derecha neoliberal han triunfado, frente a una izquierda ensimismada en su superioridad moral, pero incapaz de ofrecer respuestas a un panorama que se nos antoja desolador. Aquélla no se ha percatado todavía de que no basta con el optimismo de la voluntad para realizar las transformaciones necesarias.

Es forzoso, pues, darle la razón a Lenin en su tesis sobre la enfermedad infantil del izquierdismo cuando critica las corrientes más radicales en su afán por no participar en los parlamentos y en otras instituciones burguesas, o como en el caso español, no aceptar la cooperación con un gobierno socialdemócrata, justamente para obligarle a ejercer políticas en favor de los más necesitados.

Un análisis errático de las condiciones objetivas o de confundir éstas con el deseo de revolución sin que en absoluto se den las premisas para llevarla a cabo, sigue llevando a una parte de la izquierda a un callejón sin salida posible. En las poquísimas ocasiones que se dan para formar parte de un Gobierno socialdemócrata –como sucede ahora en nuestro país, transcurridos más de 80 años desde la última oportunidad en la II República-, no se puede perder la baza de ejecutar medidas que la única corriente ideológica crítica con el sistema capitalista ha teorizado hasta la saciedad. Aun sabiendo que la coalición o la cooperación con tal Gobierno no va a traer la utopía de otro mundo posible sin miseria ni explotación que garantice la vida digna de millones de excluidos, humillados y ofendidos en un mundo ecológicamente sostenible, es un imperativo moral kantiano, o si se prefiere, un deber revolucionario, acometer ese ideal con los únicos mimbres posibles que la izquierda tiene a día de hoy. Lo contrario es mantenerse en la hipnosis de una ficción dogmática estéril.

¿No se han preguntado los responsables, unos y otros, de llegar como sea a un acuerdo de Gobierno, qué hubiera pasado si el 28A hubiese tenido mayoría absoluta el trifachito? A tenor de los resultados del 26M, y de lo ocurrido, por ejemplo, en Madrid Ayuntamiento y Comunidad, la respuesta sería más que obvia: en julio hubiéramos tenido Gobierno. De modo que, si en los próximos días las dos izquierdas en liza no fueran capaces de hacer lo propio, lo mejor es que vuelvan a reclinarse en sus sillones de pensar de sus cuarteles de invierno y dejen a la derecha de toda la vida que nos siga gobernando con su propia ineficacia, sus prácticas corruptas, su desprecio a los excluidos, sus políticas de desigualdad y antiecológicas y su innata prepotencia. Porque, como siempre, a la izquierda le va mejor su eterno papel opositor de ir en contra del sistema que transformarlo.

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