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Operación salvar al PP (la derechita ya no es cobarde)

Pedro Díez Olazábal |

Nuevatribuna | 17 de junio de 2019

No sé quién pensaba que el PP estaba acabado. Ya van viendo ustedes que de eso, nada de nada. Tocado sí, mucho, pero no hundido.

Es demasiado lo que hay en juego. La alta burguesía, propietaria de las principales empresas y bancos españoles, no se podía permitir el lujo de contemplar pasivamente cómo su principal instrumento político se deshacía en medio de un mar de corrupción y broncas internas.

Por eso sacó del corralito catalán a un Rivera inflado de testosterona y de ideas a lo Groucho: “tengo estos principios, pero si no le gustan, tengo otros”. Era la esperanza blanca: socialdemócrata primero, liberal después, nacionalista radical ahora. Todo un resumen personalizado de las maniobras de una clase social dispuesta a cualquier cosa con tal de seguir en el machito y volver cuanto antes a los viejos tiempos.

Fracasada la opción de un PSOE domesticado que diese margen al PP para recuperarse, había que lanzar nuevos señuelos, como hacen los aviones de combate cuando son localizados por un radar enemigo. La domesticación fracasó porque, contra todo pronóstico, la militancia socialista volvió a poner a Sánchez, con su “no es no”, al frente del partido. Así pues, tuvieron que forzar la máquina con Rivera y con Abascal para mantener el bloque conservador: dividir primero para asociar después. Los independentistas catalanes sirvieron en bandeja la excusa y los chicos de Podemos y demás hierbas se hicieron solos el trabajo, tan bien que ni una legión de infiltrados lo hubiera articulado mejor.

Pero, a pesar del despliegue espectacular de sus propagandistas en medios de comunicación, machacando día y noche en la piedra de toque del separatismo, tras la moción de censura que apeó a Rajoy del gobierno, los muñidores de la operación, tampoco lograron el éxito esperado. Convocados los comicios tras el bloqueo presupuestario, el denostado “sanchismo” socialista los ganó por goleada, sacando nada menos que cincuenta y siete diputados más que el “aznarismo” duro de Casado.

Las segundas elecciones autonómicas y municipales, junto con las europeas de las que nadie habla, siguieron aumentando la mayoría de votos socialistas, hundieron aún más a Podemos, supusieron un frenazo a las expectativas de Ciudadanos y Vox y, aunque perdiendo, abrieron nuevas posibilidades al PP.

¿Qué iluso se había creído lo de que Rivera podría permitir continuar a Carmena en Madrid con tal de no pactar con Vox? ¿Quién incluso se había tragado las bravatas de Abascal amenazando con no votar a Martínez Almeida?

La ocasión de oro llegó con la elección de nuevos alcaldes y alcaldesas. Fue el momento de echar mano del modelo experimentado en Andalucía. La derecha se reagrupó: la cobarde, la valiente y la mediopensionista. ¿Qué iluso se había creído lo de que Rivera podría permitir continuar a Carmena en Madrid con tal de no pactar con Vox? ¿Quién incluso se había tragado las bravatas de Abascal amenazando con no votar a Martínez Almeida?

Excepto en el caso del verso roto de Valls en Barcelona y las fotos con Page en Castilla-La Mancha que le han servido para refregarse un poco la cara, Rivera ha cumplido rigurosamente con su parte del negocio.

El panorama, después de la constitución de los ayuntamientos y parlamentos regionales, es de apuntalamiento del PP que logra recuperar la joya de la corona: Madrid. Donde aguarda, por si no lo saben, una Operación Chamartín, que será visible hasta desde la Luna. Y eso sí que es motivador para una derecha que ya no es cobarde, sino que ahora, desprendida de todo tipo de complejos llega dispuesta a rellenar aún más los bolsillos de los que ya los tienen llenos. La maniobra no ha salido perfecta, pero servirá para lo que se pretendía: evitar la crisis a lo UCD del PP y hacer que resurja como la única alternativa política viable de la gran derecha.

A partir de ahora vendrá el retorno. Muchos políticos de Ciudadanos y Vox irán volviendo a casa por Navidad. Lo demás, como se dice ahora, postureo y performance. Siempre hay despistados que se lo creen.

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