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Nunca debimos llegar hasta aquí

Pedro Luis Angosto |

Nuevatribuna | 14 de octubre de 2019

Acabo de escuchar las condenas a los dirigentes catalanes encarcelados por los hechos acaecidos hace dos años. No tengo conocimientos jurídicos para evaluar adecuadamente la calificación y la condena impuesta por el Tribunal Supremo, pero si opinión política y algunos conocimientos históricos. Los jueces no están para resolver problemas políticos, esa debiera ser la realidad, pero nadie desconoce a estas alturas las simpatías ideológicas del juez Marchena y de otros miembros del tribunal sentenciador. No quiere decir esto que la sentencia esté viciada ideológicamente, ni que sea un escarmiento como oigo decir con irracionalidad bien meditada a distintos líderes independentistas, pero sí que la dureza de las penas impuestas me parece excesiva.

La aspiración independentista de una parte de los catalanes es real, lo que no es real es el Derecho de Autodeterminación, recogido en la Carta de Derechos de Naciones Unidas para los pueblos oprimidos, caso que evidentemente no concurre en Cataluña

A nadie se le puede escapar que los Estados no consienten jamás, mientras tengan fuerza, que se separe de ellos ningún territorio, tenga éste más personalidad histórica, existan más protesta en las calles o desórdenes del tipo que sean. Creo que si los hechos acaecidos en Cataluña en 2017, provocados por la actitud ciega del Partido Popular y por la estrategia maximalista de unos partidos nacionalistas dirigidos por niñatos mesianistas bajo el lema de “anda que como no te apartes tu...”, hubiesen sucedido en el Rosellón, en Baviera o en el Piamonte habrían tenido una respuesta contundente por parte de los Estados a los que pertenecen. La política no es un juego, es algo tan serio que cuando deja de existir porque se enseñan los “cojones”, desaparece el diálogo, la convivencia y la libertad, imponiéndose la mentira, la invención histórica, la nostalgia y algo tan baldío como el reproche existencial. Desde el primer momento, desde 2010, los dirigentes independentistas sabían, o al menos tenían la obligación de saberlo, que la independencia no se consigue utilizando artimañas, apelando a los sentimientos, buscando emotividad, no, ni mucho menos, la independencia se consigue por las armas en guerra abierta, y la guerra es la mayor atrocidad de las concebidas por el hombre aunque Clausewitz dijera que era la continuación de la política por otros medios. Muerte, destrucción, mutilación, dolor, tortura, odio, eso es la guerra, ya lo sabemos desde que el hombre comenzó a acumular riquezas y conquistar predios.

La aspiración independentista de una parte de los catalanes es real, lo que no es real es el Derecho de Autodeterminación, recogido en la Carta de Derechos de Naciones Unidas para los pueblos oprimidos, caso que evidentemente no concurre en Cataluña, pero aparte de esto, quienes dirigen esa aspiración deben explicarle a sus seguidores que si quieren la guerra tendrán que montar un ejército y acostumbrarse a matar y a que los maten. Hasta ese extremo inaudito, imbécil, absurdo y oligofrénico han llevado las cosas.

Por otra parte, por increíble que parezca, la forma en que ha sido tratado el Procés por los independentistas y por el Gobierno central ha llevado a que Cataluña haya dejado de ser el motor revolucionario y contestatario que era. En Cataluña ha tenido lugar una de las mayores privatizaciones sanitarias de España, sólo comparable a la que llevó a cabo el Partido Popular en Madrid y en la Comunidad Valenciana. El lobby sanitario privado cabalga a lomos de los sucesivos gobiernos de la Generalitat, habiendo llegado a colocar a uno de sus máximos representantes en el mismísimo Gobierno catalán. Pere Aragonés, Vicepresidente de la Generalitat y dirigente de ERC, presentó al Parlament un Proyecto de Ley -Projecte de lley de contractes de serveis a les persones- que supone la externalización y privatización masiva de los servicios sanitarios, educativos y sociales de Cataluña, para entregárselos a empresas que a lo largo de los tiempos han demostrado que no les mueve la búsqueda del beneficio máximo, sino servir a los ciudadanos. En otros tiempos, en tiempos anteriores al Procés, esa Ley, elaborada por independentistas, habría provocado la salida a las calles de miles y miles de catalanes, huelgas generales, altercados de todo tipo, enfrentamientos con la policía y lo que fuese menester para impedir su tramitación. Hoy, cómo sólo existe el Procés, allí como aquí se traga con todo, se calla con todo, y se consiente a políticos impresentables como es el caso de Aragonés, que perpetren leyes contra el pueblo, contra la democracia, contra los derechos fundamentales de los catalanes. Es lo que sucede cuando las banderas sustituyen a las personas, cuando las humaredas hacen creer a los de abajo que sus intereses son los mismos que los de arriba.

A raíz de la sentencia del Tribunal Supremo, he oído decir cosas tan disparatadas como que es un atentado contra Cataluña, o a Rufián asegurar que es el mayor ataque contra aquella tierra desde el brutal fusilamiento de Companys. La comparación es terrible, demencial y en extremo dolorosa. Companys fue un buen hombre fusilado por gentuza llena de odio irracional, católico y medieval. La sentencia del Supremo es dura, muy dura, pero se ha realizado durante muchos meses con las puertas abiertas y con cámaras de televisión. Además, se puede recurrir al Tribunal Europeo de Derechos Humanos y también puede ser objeto de indulto. No cabe punto de comparación y recordar el asesinato de Companys en este momento no es sino desatino, desconocimiento y sinrazón.

La Ley Aragonés afectará muy negativamente a millones de catalanes. Rufián calla, en silencio también están todos sus compañeros de partido, lo mismo los del partido de Puigdemont y los Comunes. Y esto si es la primera vez que sucede, que el pueblo catalán calle, se arrugue y defienda a sus opresores internos, que no son otros que los que han pergeñado ese horror de ley.

Después de la sentencia del Supremo creo que es vano pedir serenidad a quienes hoy se sienten heridos. No sé si lo será también pedir al actual gobierno que cuanto antes tramite los indultos de los condenados y abra mesas de negociación para solucionar políticamente lo que nunca debió llegar a los tribunales. Todos debemos aprender que las vías unilaterales sólo llevan al dolor.

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