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El mundo Neocon o el viaje a ninguna parte

Pedro Luis Angosto |

Nuevatribuna | 05 de diciembre de 2016

El diario ultraconservador de Murdoch The Walt Street Journal –al que asesora el gran estadísta y políglota José María Aznar- ha reconocido recientemente que se ha llegado muy lejos en la emisión de gases que producen el recalentamiento de la tierra y que ello puede, a medio plazo, ser letal para la economía mundial. ¿Para la economía sólo? Contrariando ese desliz del periódico capitalista por excelencia, el pueblo norteamericano decidió recientemente elegir como presidente del país más poderoso de la tierra a un patán, a un tipo ridículo, machista, homófobo, racista e ignorante que niega el calentamiento del planeta y defiende el pillaje, la depredación y la ley del más fuerte.

Adalid de las políticas neoconservadoras más radicales, el diario que lleva el nombre de la calle donde reside la bolsa neoyorquina ha defendido una y otra vez el “laissez faire, laissez passer”, la disminución de los impuestos directos, la política belicista más feroces de Estados Unidos, la destrucción del Estado Social de Derecho y la vuelta a las viejas doctrinas de Adam Smith-Friedman, según las cuales “la búsqueda del beneficio particular conducirá inevitablemente al beneficio general”. Y un rábano, por no decir otra cosa.

Cualquier pequeño agricultor de nuestra Alicante, Murcia o de cualquier provincia busca su beneficio particular sembrando patatas, maíz, cebollas o cuidando sus cerezos, naranjos, melocotoneros o almendros. A ellos se les puede preguntar por las virtudes del “laissez faire, laissez passer”: No hay engaño posible, saben de sobra el trabajo que les cuesta mantener sus cultivos, de sol a sol, saben lo que les pagan por lo que producen, saben al precio que se venden después en los mercados lo que ellos han cultivado dejándose jirones de piel en la tierra: La diferencia entre el precio en origen de una patata o una cereza y el precio final se multiplica en muchas ocasiones por cinco, haciendo la vida imposible a productores y consumidores.

Mientras el pequeño agricultor –que es un mantenedor del paisaje, de la emisión de oxígeno a la tierra- se ve asediado por los precios de los abonos,  insecticidas y fungicidas, por la voracidad de los intermediarios y  especuladores, un montón de sanguijuelas viven a su costa, le sacan la sangre, nos hacen a todos pagar los tomates a precio de oro y, lo más grave, les incitan al abandono de su durísimo trabajo, dejando cada vez más tierras yermas, más tierras a merced de los promotores de desiertos. El pequeño agricultor se ha convertido en una especie a extinguir, pero parece que es algo que no preocupa mucho a nadie: Francia es un jardín gracias a su clima, a sus agricultores y a las ayudas comunitarias; España lleva camino de convertirse en un inmenso erial por su clima, la desaparición de sus agricultores y la merma progresiva de las ayudas de ese ente abstracto de mercaderes insaciables en que se ha convertido la llamada Unión Europea.

Pues bien, si los incendios intencionados –la mayoría lo son-, arrasan cada año miles de hectáreas en nuestro país; si los pequeños agricultores dejan definitivamente de cultivar sus propiedades por la explotación de los intermediarios y la presión de los grandes distribuidores -¡viva el patriotismo del dinero fácil!-; si la erosión natural convierte en desierto cada vez más kilómetros cuadrados de nuestro territorio; si continuamos aumentando la emisión de gases contaminantes mientras disminuye la superficie verde, no sólo se sentirá dañada la economía, sino que será el ser humano –responsable de lo que está ocurriendo- el que estará jugándose la subsistencia de la especie en un casino en el que todas las cartas están marcadas.

Según la frase tan manida de Estrabón, España era un país que un mono o una ardilla podían atravesar de norte a sur sin bajarse de un árbol. De seguir por  donde vamos, dentro de muy poco, España –también otros lugares del planeta- será un país que cualquier persona podrá atravesar de norte a sur sin dejar de ver ni un solo segundo manadas de sinvergüenzas y depredadores irresponsables, un país que un peatón atravesará pisando los techos de los coches, un país en el que los árboles sólo se podrán ver en documentales o en el jardín de los bonsáis de Felipe González

El efecto invernadero es una realidad que sentimos todos en nuestras propias carnes. El urbanita de hoy, aquel que puede, intenta aplacarlo con bombas de calor y frío que contribuyen a su vez a la modificación perniciosa del clima. Sin embargo, hace ya muchos siglos que se descubrió que los lugares más frescos son aquellos que están rodeados de árboles, que no hay mejor aire acondicionado que el que suministra la foresta. Los pequeños agricultores podrían jugar un papel fundamental para contrarrestar las nefastas consecuencias de las políticas depredadoras e insostenibles auspiciadas por los sacerdotes del neoconservadurismo económico y político. Nos estamos jugando el futuro de las generaciones venideras, nuestro paisaje, la belleza, el bienestar, la vida. Por mucho que queramos, la Tierra no es una herencia de nuestros mayores, sino un préstamo que nos han hecho nuestros hijos para devolvérselo con intereses, es decir, mucho mejor de cómo lo recibimos. Sin embargo, contra toda lógica, generosidad y sentido común, estamos haciendo justamente lo contrario, condenando a nuestros hijos y nietos a vivir en un inmenso estercolero donde será imposible existir con un mínimo de alegría.

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