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Aquella monarquía

Rafael Fernando Navarro |

Nuevatribuna | 07 de julio de 2014

Hace tiempo que el país tiene ganas de expresar su deseo sobre la jefatura de estado detentada por un rey o un presidente...

Era una viñeta de la sabia Mafalda: en el 78 –decía- admitimos la monarquía para obviar los sables y las pistolas. En 2.014 tenemos monarquía porque la votamos en el 78. Y hacemos de la historia esa serpiente que se enrosca sobre sí misma, que justifica el hoy porque se justificó un ayer. Caracolea la historia en su concepción griega y la despojamos de su linealidad. La encerramos en su propio círculo y le evitamos (nos evitamos) el esfuerzo de seguir creando porque tenemos la tranquilidad anquilosada de que todo está hecho. Es frecuente esta aseveración entre café y café: Toda la vida se ha hecho así. Y por eso el futuro se convierte en mero porvenir, en tiempo que llegará por la inercia de los relojes de salón.

Franco no hizo historia. Hizo tiempo, como hacemos tiempo cualquiera de nosotros a la espera de algo que ocurrirá, de algo venidero. Y entre tantos cadáveres de tapias blancas y de amaneceres de paseíllo, Franco tuvo un muerto condecorado de botas, prohibiciones, galones y tiros en la nuca. Franco mató el tiempo y creyó que podía enterrarlo en Cuelgamuros. Y con el tiempo enterrado, puso un sucesor para que siguiera sorprendiendo a la historia por la espalda y haciendo de ella simplemente tiempo muerto.

Y tuvimos un rey inaugurado como un pantano por el gesto y la voz aflautada de un general bajito, con la estatura miope de quien se ve a sí mismo como fundador del mundo. Y la promesa coronada nos ha durado (no confundir durar con vivir) casi cuarenta años. Y Juan Carlos Primero se estaba acabando a sí mismo, se situó a finales de su historia personal condecorado de 23-F, de Corinas, Urdangarines, Cristinas y caderas metálicas. Se retiró de su propio precipicio y apoyado en jeques y elefantes se sentó en una trinchera cualquiera para ver de lejos a Letizia en el telediario más importante de su vida. Por fin terminaba lo que llamaron transición y podíamos esperar una hechura nueva, un estreno de futuro, un mañana no atado y bien atado al ayer de un difunto Franco.

Y casi sin darnos cuenta, y por supuesto sin darnos ni tiempo ni voz, nos encontramos con un Felipe VI parido en las ingles de su padre, engendrado en un bajar y subir de cremallera real, de bragueta coronada. Muchos quisieron aplaudir la inauguración de una historia nueva. Pero como diría Mafalda, correspondía tener una monarquía en el 2.014 porque fue imprescindible aprobarla en 1.978. Y volvíamos a parar los relojes para que lo que entonces pareció una necesidad,  hoy nos siga pareciendo una urgencia de estabilidad. Y hacemos hoy lo que hicimos  porque no supimos o no pudimos hacer otra cosa. Lo grave es que seguimos sin poder o saber hacerlo. Nos repetimos hasta el hastío.

Hace tiempo que el país tiene ganas de expresar su deseo sobre la jefatura de estado detentada por un rey o un presidente de república. República o monarquía son los polos entre los que oscila la voluntad popular. No se trata de arrebatar una forma de gobierno para instaurar una distinta, que también. Ante todo se trata –cosa que algunos no consiguen entender- de permitir que la voz del pueblo se oiga y que esa voz manifieste de forma inequívoca cuál es el estilo de gobierno que desea. Tengo muy claro el que personalmente me parece más razonable, tengo argumentos suficientes para defender esa opción y creo que son más atractivas las consecuencias de mi elección. Y cada cual tendrá bases para mostrar su postura. Por eso no debería haber miedo alguno a reconocer que siendo el pueblo el depositario de la democracia, fuera el pueblo el que tuviera la oportunidad de pronunciarse. ¿Qué para ello hay que cambiar la Constitución? Cámbiese. Que hay que tener imaginación para tomar nuevos derroteros? Ténganse. Seamos conscientes que la historia es siempre lo que está por delante, que lo ya sucedido es un prólogo de lo que hay que alcanzar y sobre todo que nunca hay que tener miedo a la libre elección ciudadana.

Le diría a los cobardes que no se trata de cambiar necesariamente el modelo de estado. Que se trata de permitir que el pueblo diga su palabra con la confianza de  que después todos sabremos, ciertamente, ser consecuentes con la mayoría expresada. Los monárquicos deben apearse de su inmovilismo y los republicanos deben emprender su nuevo camino con la debida comprensión para un momento, la transición, que fue como fue porque tal vez no pudo ser de otra manera. Pero cansa y resulta agotador escuchar que tal o cual partido político tienen un corazón históricamente republicano, pero que se siente cómodo con el presente monárquico. Y hay que repudiar a los que teniendo un talante se conforman con la ya probado por la incapacidad de ser  consecuentes y por el miedo a estrenar formas nuevas.  Quien no tenga ánimo suficiente para roturar nuevos horizontes que se separe de la orilla y deje que sean otros los que desbrocen la historia.

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