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El libre mercado está destruyendo la libertad

Pedro Luis Angosto |

Nuevatribuna | 11 de junio de 2019

Según los grandes padres del liberalismo económico, Ricardo, Smith, Hayek, Friedman, el Estado no debe intervenir en ninguna cuestión relacionada con la economía, limitándose a hacer cumplir los acuerdos firmados por empresarios e individuos y a mantener el orden público para que no se produzcan altercados que afecten a las magníficas relaciones entre la oferta y la demanda, que, en definitiva, serán las únicas que regirán nuestros destinos. Nada, pues, se debe esperar del Estado, que es para ellos, una garrapata adosada a los individuos para chuparles la sangre y dilapidar el esfuerzo de los más aventajados en el arte de mangonear y acumular riquezas.

Para el liberalismo económico clásico y para el actual, todo lo conseguido por el Estado del Bienestar es una aberración que distorsiona terriblemente el funcionamiento del mercado

El individuo, por su parte, ha de buscarse la vida por los medios que sean siempre que no se dedique a atracar bancos, llevarse las joyas de los ricos o los cálices de oro de las iglesias. En este punto, la mano invisible que rige el mercado ajustando las relaciones entre la oferta y la demanda, no tiene nada que ver, y ahí, por ser una perturbación, es dónde debe entrar el Estado con su policía para castigar a los insolentes que no se resignan a ser carne de cañón. El individuo debe dedicar toda su vida a labrarse un porvenir por sus propios medios -que ya sabemos son los mismos si naces en Los Pajaritos que en el Paseo de Gracia, en Aravaca o en Agadir-, siendo por tanto de su única incumbencia ahorrar para la educación de sus hijos, para los envites de la enfermedad y para procurarse una vejez decente. Es decir, para el liberalismo económico clásico y para el actual, todo lo conseguido por el Estado del Bienestar, ese patrimonio común que es la Seguridad Social -que comprende hospitales, pensiones, paro, invalidez, dependencias-, es una aberración que distorsiona terriblemente el funcionamiento del mercado haciéndolo ineficaz e impidiendo que las personas más validas obtengan la recompensa que merecen por su ambición, su codicia y su amor al dinero sobre todas las cosas. La construcción del Estado del Bienestar, que fue el avance más notable de la especie humana en su historia evolutiva, no fue para ellos una obra de Justicia, sino un hecho derivado de la locura de pensadores y activistas bolcheviques que, movidos por la envidia, querían poner límites a la acumulación de riquezas haciendo intervenir al intruso Estado en su redistribución para construir algo tan perverso como Hospitales Públicos en los que todos tuviesen derecho a ser curados con los mismos medios, o escuelas públicas en las que todos pudiesen prepararse de un modo similar según sus capacidades.

La teoría económica liberal se fundamenta en la hipocresía y en la mentira. En la hipocresía porque pide la intervención del Estado para castigar al que roba un banco metralleta en mano, pero la niega cuando son los dueños de los bancos o las corporaciones quienes roban a mano armada, arruinan a millones de ahorradores, alteran el precio de las cosas o especulan impunemente, entonces hay que dejar que las cosas las resuelva la mano invisible, que para eso no se ve, y si no basta que acuda en su socorro el Estado y asuma las pérdidas. Y en la mentira porque nunca existirá libre concurrencia ni libre competencia: En el momento que un individuo se haga con la patente para curar el cáncer, sus ingresos serán de tal calibre que acabará con todos sus competidores y terminará por imponer el precio que le de la gana a los sistemas de salud o a los individuos enfermos. Lo vemos cada día, laboratorios que compran investigaciones a universidades y centros públicos, luego comercializan el fármaco y aunque su coste sea mínimo, como lo es el del más usado hoy para una enfermedad tan terrible como la Esclerosis múltiple (Dimetilfumarato), al sistema Nacional de Salud le cobran mil euros mensuales por paciente cuando es un medicamento que se podría comercializar perfectamente -si no existiera la mano invisible que mueve el mercado- por poco más de treinta.  Y lo mismo que sucede con la esclerosis ocurre con el cáncer, con la hepatitis, con las enfermedades cardiacas y con la mayoría de enfermedades que hacen sufrir a las personas y amenazan sus vidas: Lo primero es el negocio, la ganancia, la especulación, el robo, luego, los seres humanos que puedan pagar. Y la cosa sería bien fácil: declarar libre de pantentes cualquier medicamento que sirva para curar enfermedades graves.

El libre mercado está imponiendo una de las más abominables dictaduras de las hasta ahora conocidas: La dictadura de las redes sociales, de la sociedad de la información, de la digitalización

Del mismo modo que el libre mercado, protegido, eso sí, por el Estado, está llevando a un callejón sin salida a los sistemas públicos de salud que dentro de muy poco -de seguir así las cosas y no mediar una intervención como la antes citada- no podrán pagar la factura farmacéutica, en otro orden de cosas, el libre mercado está imponiendo una de las más abominables dictaduras de las hasta ahora conocidas: La dictadura de las redes sociales, de la sociedad de la información, de la digitalización. Cuatro o cinco corporaciones mundiales, Google, Microsoft Faceboock, Twitter, Youtube, etc, tienen hoy muchísima más información sobre la totalidad de la población mundial que los Estados nacionales, incluso que las agencias de inteligencia más dañinas, convirtiéndose de hecho no sólo en Estados supranacionales, sino en policías de un mundo que cada vez se queda más pequeño para la velocidad con la que se desarrollan las nuevas tecnologías de la información, que no son tales, sino del control social y del pensamiento único. Esos descubrimientos que nacieron en los talleres de unos chicos muy dotados para los algoritmos, podrán ser con el tiempo útiles para la Humanidad si se regula su uso y su dimensión, sometiéndolos a las leyes de los Estados, pero de seguir como hasta ahora mismo, sin control ni supervisión de nadie, sin que ningún individuo tenga acceso a lo que saben de nosotros, sin que los Estados se decidan a imponer las reglas bajo las que pueden existir o no, nos encaminamos a una dictadura mundial como nunca antes se ha conocido. A día de hoy, las redes sociales sirven para tener acceso al conocimiento, pero en realidad se usan para la libre circulación de capitales, el cotilleo, la difusión de bulos, imponer hábitos de conducta y modas, socializar a miles de millones de personas en una determinada dirección, unificar el pensamiento extrayéndole el espíritu crítico y fomentando la docilidad, y para la creación de una policía global que acabará por destruir todas las libertades democráticas.

No se puede renunciar a los descubrimientos tecnológicos, pero sí se pueden regular, se deben regular para que no sean el instrumento de una nueva y desconocida dictadura global y estén al servicio del Ser Humano no del capital y el libre mercado, que no es tal sino el monopolio de una docena de empresas con mucho más poder que los Estados y, por supuesto, infinitamente más peligrosas para el progreso y las libertades de todos. El Estado, o las asociaciones de Estados como debiera ser la Unión Europea y tendrá que ser si no quiere ser engullida, deben someter a las empresas de cualquier tipo, pero sobre todo a las tecnológicas, haciéndoles ver que aquí todo el mundo se somete a la ley que nos hemos dado entre todos y que ninguna empresa, por mucho libre mercado que la proteja, puede poner en riesgo la libertad y la democracia. Nos jugamos la vida en ello.

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