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Una lectura económica de la crisis del COVID-19

nuevatribuna.es | Carles Manera | 02 de mayo de 2020

La crisis del COVID-19 ha puesto de manifiesto que los mercados por sí solos no pueden hacer frente a una crisis mundial como es una pandemia. En nuestra opinión, la actual paralización de la economía radica en una caída drástica de la demanda agregada.

El brutal aumento del desempleo (en forma de ERTEs masivos) viene explicado por el repentino colapso de esa demanda agregada. Por supuesto que también hay razones de oferta agregada. Pero los despidos (¿temporales?) masivos no se explican, al menos significativamente, porque el tejido empresarial no pueda acceder a la adquisición de bienes intermedios para la producción. Los despidos masivos se explican porque se ha paralizado de manera abrupta la demanda de los bienes y servicios finales que las empresas producen.

Estas fueron las medidas esenciales adoptadas por los Estados Unidos y Europa tras la Segunda Guerra Mundial

Por consiguiente, pensamos que la crisis del COVID-19 es una crisis de demanda; y defendemos una intervención de las Administraciones Públicas para relanzarla. Acabada la cuarentena, el confinamiento, las políticas públicas deben encaminarse a recuperar la capacidad adquisitiva de los hogares más afectados por la crisis (y también de aquellos que antes de la pandemia ya tenían escasa capacidad adquisitiva). En cambio, mientras dure la cuarentena cabe defender una política económica intervencionista en todos los ámbitos. Por ejemplo: se debe garantizar la capacidad adquisitiva de bienes y servicios básicos (vivienda, alimentación, medicamentos y suministro energético) de toda la población. Pero eso no es suficiente. El gobierno también debe incentivar, financiar y, si es preciso, ordenar a las empresas privadas para que produzcan lo que es esencialmente necesario, para garantizar la supervivencia de la población. También se debe destinar todo el dinero que sea necesario a la importación de bienes básicos que no se puedan producir domésticamente.

Estas fueron las medidas esenciales adoptadas por los Estados Unidos y Europa tras la Segunda Guerra Mundial. Y estas políticas expansivas no indujeron inflación. Es importante tener muy presente que ahora las negociaciones con la Unión Europea son fundamentales para asegurar los flujos de capital perentorios para encarar toda esta reconstrucción que se avecina. De esta crisis se saldrá con una estrategia común europea, estimuladora de la demanda y garante de la capacidad productiva de las empresas; cualquier otro escenario está abocado a serias dificultades en el corto y medio plazo.

Si algo ha quedado claro en lo que llevamos de crisis es que quienes siguen defendiendo los vericuetos de la austeridad –Holanda, Alemania en menor grado; e ínclitos economistas liberales– estaban y están equivocados. No estamos ante una opinión: los datos son demoledores. Así, el argumento de que un país no se puede permitir un programa económico ampliamente social ha demostrado ser falso. Y de alguna manera se han corregido derivas ejecutadas a raíz de la Gran Recesión. Por ejemplo, la Comisión Europea acaba de aprobar un paquete de gasto de 25.000 millones de euros y ha suspendido las normas fiscales a las que están sujetos los países de la Unión Europea.

Por su parte, el Banco Central Europeo ha aprobado una inyección de 750.000 millones de euros. Hace unos meses estas instituciones alertaban de la necesidad de reducir déficits fiscales y promulgaban que la “consolidación fiscal” (que hablando en plata implica recortar gasto público) no sólo era necesaria sino inevitable. Bienvenidos al club. Nuestras opiniones no son argumentos epidérmicos: descansan en investigaciones empíricas; de ahí la vehemencia de nuestros asertos, motivada, además, por la limitación de espacio. Se deben condensar los mensajes.

En un artículo recientemente aparecido en Review of Keynesian Economics (uno de los Journals más prestigiosos en el campo de la Economía Aplicada), he publicado, junto a José Pérez-Montiel, una investigación en la que los autores hemos demostrado que, en el largo plazo, cuando se desenmascara la génesis de todas las variables macroeconómicas, determinados componentes de la demanda agregada (entre los que se incluye el gasto público) evolucionan de forma autónoma con respecto a la dinámica de la producción agregada. Esto implica, entre otras consideraciones, que el gasto público no está vinculado de manera mecánica a la dinámica económica, si no que es independiente de ésta. El gasto público depende sobre todo de cuestiones políticas, institucionales e históricas. Esto, por tanto, evidencia la teología neoliberal: los argumentos a favor de reducir gastos en sanidad, educación, inclusión, vivienda social, reducción de la desigualdad, etc. están y han estado sólo basados en ideología y no en un riguroso análisis científico de cómo funciona la economía.

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