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Laura

Francisco Saura Pérez | Coordinador de Administración Autonómica de FSC-CCOO Región de Murcia

Francisco Saura Pérez | 19 de diciembre de 2018

Estabas ahí, Laura, como dejada al azar por el destino. ¡Cuánta luz puede haber en una muerte cuando desnuda el esqueleto de una sociedad! ¡Cuánta!

Acaso sea el momento de gritar que este no existe, que es la cultura la que nos hace sentir al escorpión dentro de nosotros sin que reaccionemos y lo extirpemos como un cuerpo extraño

Yo sé, Laura, que estamos enfermos, que un lugar y un momento nunca pueden ser la esencia de la existencia. Entre los árboles, en el lecho de una vaguada por el que corre agua en los días de lluvia buscamos el diálogo con la vida, nunca con la muerte.

Laura.

Yo sé, Laura, que una enfermedad corroe el alma de una sociedad cuando el azar es el designio de los monstruos. La luz tenebrista iluminando un retazo de la pared, amarillo intenso, naranja, rojo, los trazos negros del monstruo grabados con el rescoldo aún humeante de una rama de acacia.

Estabas ahí, Laura, y todos sabíamos que el monstruo dormía a tu lado, y que en cualquier momento te dividiría entre el dolor y la memoria, y alguno de nosotros escribiríamos sobre la enfermedad que corroe el alma de una sociedad.

Sabemos muchas cosas sin conocerlas. Ahora que las enfermedades del alma no se desvelan alrededor de un fuego, y los pueblos no transmiten las mezquindades de la luz brillante del nacimiento, ni la tenue de la vida, las ciencias sociales nos hablan de lo que nunca debimos olvidar,

El monstruo vaga solitario por los círculos del Infierno.

Estabas ahí, Laura, y nuestros gritos eran mudos. Solo se escuchaba el susurro del viento. Nuestra voz se hace fuerte en marzo, en diciembre. El resto del tiempo callamos mientras escuchamos que los bárbaros nunca se marcharon, que habitan diez números de calle arriba (o abajo). En el linde del pueblo, vemos la montaña, el bosque, la niebla en los días lluviosos, el movimiento de las ramas de los árboles. La soledad envuelve el paisaje, Laura. Pero es allí, si el monstruo no acecha, donde puedes hallar el corazón de la bondad.

Resulta todo tan terrible, Laura. Sentirte libre y acechada por el monstruo al mismo tiempo, vivir la edad de la esperanza mientras una enfermedad nos corroe colectiva e individualmente. Quebrar una rama, To Kill a Mockingbirb (seguro que viste la película), odiar la luna cuando es llena e ilumina los rincones del bosque bajo… estamos muertos y los otros nos lo dicen.

Una enfermedad que se expande como la neblina y nos hace débiles y cobardes.

Yo sé, Laura, que soy culpable de tu muerte. No he gritado suficiente al saber al monstruo acechándote. ¡Es tan lineal el argumento de la tragedia representado en la montaña, que todos debimos gritar con una sola voz mucho antes de la misma! Lo sabemos desde siempre: desde la escuela y la adolescencia, desde las esquelas de los periódicos hasta el diagnóstico de la terrible enfermedad que nos hace monstruos antes que personas.

El silencio es también monstruoso, Laura.

Estabas ahí, Laura, como dejada por el destino.

Acaso sea el momento de gritar que este no existe, que es la cultura la que nos hace sentir al escorpión dentro de nosotros sin que reaccionemos y lo extirpemos como un cuerpo extraño.

Un monstruo que se expande y nos hace débiles y cobardes.

Lo siento Laura

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