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La izquierda inútil

Herminio Trigo |

Nuevatribuna | 30 de octubre de 2019

Toda fuerza política tiene el deber de ser útil al grupo social que representa.

Los partidos políticos son el vehículo para representar las inquietudes y los deseos de una sociedad plural y hacer lo posible para llevarlos a la práctica. Esto que forma parte de los pilares de nuestra Constitución, es conveniente recordárselo de vez en cuando a algunos dirigentes políticos de la izquierda. Los de la derecha lo tienen muy claro. Toda fuerza política tiene el deber de ser útil al grupo social que representa y aplicar, en lo posible, la mayor cantidad de objetivos de su programa electoral, bien desde el Gobierno, si gana las elecciones, o mediante pactos con la fuerza política ganadora. Naturalmente en una democracia nadie puede aplicar su programa totalmente porque nadie representa en exclusiva la totalidad de la ciudadanía. De ahí la necesidad del pacto entre las fuerzas políticas afines, donde existe más facilidad para coincidir. La desgracia, de siempre, es que la izquierda alternativa no está por la labor, es todo o nada. O consigue el poder y aplica su programa o está en la oposición, aunque tenga como consecuencia que gobierne la derecha. A fin de cuentas a la otra izquierda socialdemócrata también la colocan en la derecha. Prefieren conservar las esencias a pactar la aplicación de parte de su programa. Una actitud que no puede ser más inútil. Mantener la pureza y no contaminarse en una negociación parece ser su función principal, aunque ello conlleve la imposibilidad de llevar a la práctica sus políticas, como es su obligación. Una postura ética pero absolutamente ineficaz, porque por ese camino jamás conseguirá alcanzar objetivo alguno.

Nos encontramos inmersos en la enésima convocatoria electoral como resultado de esta posición intransigente de Podemos que es al aglutinador del conglomerado en que se han convertido las fuerzas de la izquierda alternativa. Ahora ha cambiado su estrategia, no pacta un programa como hizo en el acuerdo de la moción de censura a Rajoy (que no tuvo más remedio que apoyar), quiere formar parte de un Gobierno de coalición. En las negociaciones con el PSOE, posteriores a las elecciones del pasado mes de abril, plantearon esta línea roja como infranqueable. O eso o nada. El argumento era que no se conformaban con un acuerdo programático porque no se fiaban de los socialistas y para llevar a efecto su programa exigía estar en el Gobierno. Pedro Sánchez, que no era partidario de esa fórmula, sino de un programa de Gobierno pactado, en contra de su criterio, les ofreció formar parte del Gobierno con una Vicepresidencia y tres ministerios. No se conformaron, quería además las políticas activas de empleo. Conociendo el esfuerzo que estaba haciendo el PSOE para poder armar un Gobierno de izquierdas del que no era partidario en absoluto, reventaron la posibilidad de hacerlo, ya que sabían que los socialistas iban al límite.

La razón expuesta de desconfianza y no poder controlar el cumplimiento del acuerdo por parte de los socialistas, no se sostiene. En un Parlamento que tiene que convalidar los decretos leyes y aprobar las proposiciones de ley del Gobierno, cuando no tiene mayoría, es un muy fácil controlar y rechazar aquellas que no se atengan a lo firmado en el acuerdo o que no se hayan pactado previamente. Ya lo habían hecho en enero cuando rechazaron el decreto ley que presentó el Gobierno socialista sobre los alquileres de viviendas. Lo hicieron porque, según dijeron, no se ajustaba a lo que habían acordado. Fácil ¿no? No hacía falta formar parte del Gobierno para que se pudieran llevar a cabo las propuestas que defendían y conseguir que el PSOE acentuara sus políticas de izquierdas. Y encima no sufren el desgaste que supone estar gobernando. Es decir, ya habían contrastado la eficacia de un pacto programático y el control que podían ejercer sobre su cumplimiento, sin necesidad de formar parte del Gobierno. Al parecer esto puede continuar siendo una condición irrenunciable si el PSOE reclama su apoyo para que Pedro Sánchez pueda ser Presidente.

Los electores no entenderían que, una vez más, se frustrara un posible gobierno de izquierdas por la mezquindad de que Podemos quiera convertirse en el guardián de las esencias

La estrategia utilizada por Podemos no persigue conseguir avances en resolver los problemas  que asfixian a la población más desfavorecida. Es un objetivo más egoísta. Ante la necesidad de formar un Gobierno, esta vez sí o sí, el PSOE, que se perfila como la fuerza política ganadora, se verá obligado a pedir la abstención de la derecha, que no prestará su apoyo gratis y tendrá que transigir con algunas propuestas que le hagan desde el bando conservador. Tendrá que hacerlo ante la locura que sería repetir otra vez las elecciones. Con lo que  habrá que afrontar la solución de los problemas de la sociedad con unas propuestas descafeinadas que serán ferozmente criticadas por esta izquierda inútil que se arrogará como su representante único, puesto que los socialistas son de derechas, como querían demostrar.  El resultado para la gente les importa poco, ya que las cosas serían distintas si se hubiera podido conseguir  un acuerdo programático para gobernar desde la izquierda, pero, al parecer, eso les interesa menos. Quieren alcanzar el viejo objetivo de ser la fuerza política hegemónica en la izquierda, aunque con eso no se consiga transformar las condiciones penosas en las que vive la mayor parte de nuestra sociedad.
El PSOE no es partidario de dar entrada en el Gobierno a Podemos. Lo razonan porque tampoco se fían, ya que lo que pretenden es formar un Gobierno paralelo lo que provocaría choques en el Consejo de Ministros que conducirían más temprano que tarde a una crisis institucional y a disolver el Parlamento. 

Conviene recordar que hubo un tiempo, cuando IU ejercía la hegemonía en esta izquierda en que su estrategia pasaba por apoyarse en su programa si el PSOE requería su ayuda. Programa, Programa, Programa, decían, jamás hablaron de formar parte del Gobierno. Ahora sería muy conveniente que ejerciera su influencia en el seno de Podemos para recuperar ese criterio que fue el que propusieron los socialistas. Las discusiones deben centrarse en los contenidos de un programa para un gobierno de progreso. 

Los electores no entenderían que, una vez más, se frustrara un posible gobierno de izquierdas por la mezquindad de que Podemos quiera convertirse en el guardián de las esencias, en detrimento de ser útiles para frenar a esa derecha dispuesta a cargarse la sanidad, la escuela pública, la ley de dependencia, a empeorar aún más las condiciones de trabajo, a condenar  la juventud a no tener futuro, a cargarse el medio ambiente, o a mantener a los asesinados por Franco sin identificar en fosas comunes.

Aún se está a tiempo de impedirlo.

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