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El feminismo crítico de Nancy Fraser

nuevatribuna.es | 30 de agosto de 2019

Nancy Fraser. (Imagen: CTX)
Nancy Fraser. (Imagen: CTX)

Entre las últimas entrevistas a Nancy Fraser, dos de ellas (“Necesitamos una definición totalmente diferente del concepto de clase trabajadora”, en CTXT de 3 de abril de 2019, y “El feminismo del 99% no es una alternativa a la lucha de clases, es otro frente dentro de ella”, en Viento Sur de 6 de agosto de 2019) aportan interesantes reflexiones sobre la relación del feminismo con la clase trabajadora y el cambio social desde una perspectiva antineoliberal.

La prestigiosa intelectual estadounidense expresa una visión más amplia, inclusiva y renovada de la clase social y la lucha de clases, aunque mantiene ese lenguaje clásico de la tradición marxista. Son conceptos renovados que convierte en marco de referencia del conjunto de conflictos sociales y ‘luchas de frontera’ entre: producción/reproducción social, política/economía, naturaleza/humanidad. No prioriza la contradicción capital-trabajo, ni establece jerarquías entre los movimientos sociales.

Fraser defiende su feminismo (para el 99%) como reconocimiento y pertenencia a un proceso o movimiento igualitario-emancipador

El adversario común es el capitalismo como estructura conjunta de poder definida como orden social institucionalizado, no solo económico, en el que interactúan las relaciones de clase, género y raza, así como la explotación y la expropiación. Y destaca la necesidad de vincular la distribución de recursos y el reconocimiento de estatus, representación y poder. Su concepción se asemeja más al concepto de clases populares en una pugna más multidimensional de las mayorías sociales y un sujeto más plural y abierto que el viejo movimiento obrero centrado en la reivindicación económico-laboral.

Por otro lado, recalca la necesidad de la diferenciación del feminismo popular (del 99%) del feminismo liberal o corporativo de las élites (del 1%) en el marco del criticado neoliberalismo progresista, al igual que reclama esa orientación anti-élite neoliberal en los distintos movimientos antirracistas, LGTBI y ecologistas. Demanda que el movimiento feminista, directamente o con alianzas con esos movimientos progresistas próximos (incluido el movimiento ‘obrero’), asuma un programa transformador más multilateral y anticapitalista.

El patriarcado, palabra que apenas utiliza, no sería un sistema independiente del orden institucionalizado, sino muy imbricado con las actuales relaciones socioeconómicas y políticas. Aunque la opresión de las mujeres viene de lejos, en la actual etapa capitalista está configurada en un sistema integrado de poder, en una interrelación desigual respecto de la producción, hegemonizada por los varones y su prevalencia de estatus y jerarquía. Su especificidad viene de la convencional división del trabajo en función del sexo con una dedicación impuesta a las tareas de la reproducción social, con una posición subalterna respecto de la producción y las estructuras sociales conectadas (entre ellas la familia) y en desventaja en relación con los hombres.

Así, realza la importancia de la reproducción social y los cuidados a las personas como ámbito mayoritario (público y privado) de la actividad femenina y motivo de la desigualdad y discriminación de las mujeres al estar infravalorada su función. Apenas trata el resto de las estructuras sociales y dinámicas socioculturales, empezando por la institución familiar, la reproducción de estereotipos y la cultura sexual, a través de las cuales se articula también esa posición de desigualdad. El tronco en el que se inserta la discriminación femenina está derivado de la dedicación impuesta históricamente a un papel social considerado estructuralmente subalterno: la reproducción social de la vida y los cuidados materiales y afectivos a las personas.

Entre otras, son ideas expuestas más sistemáticamente en su reciente libro, Capitalismo. Una conversación desde la Teoría Crítica (ed. Morata), en el que dialoga con Rahel Jaeggui. A continuación hago una valoración, de carácter sociopolítico, sobre su enfoque feminista, en el marco de la renovación de la teoría crítica, junto con su propuesta de articulación unitaria de los movimientos sociales progresistas, sus alianzas, así como de su impacto en el conflicto social y su conexión con un programa (y una dinámica) anticapitalista o igualitario-emancipador.

Comparto su objetivo sociopolítico que engloba la conformación de un sujeto transformador plural con sus especificidades (clase, género, raza-etnia…) y los distintos procesos y niveles de cambio: reivindicación inmediata, acción social y estrategia y representación política. No obstante, realizo diversas matizaciones a sus ideas y algunos comentarios complementarios.

El feminismo, una apuesta emancipadora histórico-estructural

Fraser aporta una gran lucidez para explicar los mecanismos del capitalismo y fundamentar unos ejes clave para la teoría crítica. Supera el economicismo marxista y el determinismo de clase por una visión más multilateral, relacional y multidimensional.

En particular, fundamenta la subordinación femenina en la dependencia estructural e histórica de las mujeres hacia la actividad de reproducción social, hacia los cuidados, generando una situación de desventaja y desigualdad respecto de los varones, cuya dedicación productiva y pública está más valorada, y afectando a otras dimensiones vitales, que en su libro quedan algo desdibujadas.

En definitiva, la emancipación femenina está ligada a la igualdad entre las funciones y la responsabilidad respecto de las tareas productivas y las reproductivas, junto con la superación de la secuela de segregación que esa división acompaña al resto de las estructuras sociales, culturales y familiares. Supone partir del reconocimiento público de esa posición de subordinación para justificar una acción igualitaria con la valorización y reconocimiento de su actividad específica y su pugna por su emancipación, hasta una distribución equitativa con los varones y un reparto equilibrado de todas las tareas humanas, así como el reconocimiento del estatus social y político correspondiente.

El avance hacia la igualdad debe ser multidimensional, estructural e interpersonal. El proceso asimétrico entre diversas categorías de mujeres, con una situación mayor o menor de subordinación e incorporación a posiciones relativas de igualdad (en el empleo y su estatus social y público), todavía conlleva factores comunes de discriminación y desigualdad.

Por un lado, hay una gran fragmentación de las situaciones de subalternidad de las mujeres (más si las combinamos con otros componentes de clase social, raza, étnico-nacionales u opciones sexuales y culturales). Por otro lado, hay elementos igualitarios respecto de los varones en distintos campos, incluido en el acceso (todavía desigual, pero significativo) al empleo y a las estructuras sociales, económicas y políticas. En particular, en las democracias liberales, el mismo estatus de ciudadanía civil, social y política debilita algunas desigualdades, particularmente su percepción, y confiere una identidad ciudadana (y nacional) similar a la de los varones.

Por tanto, existe una identificación específica, un sentido de pertenencia colectiva, derivada del desigual estatus de su papel social, económico y público, pero en proceso de transformación de su impacto y reequilibrio con otras identidades y pertenencias. Ese subordinado papel social de las mujeres, derivado de la división sociohistórica y de poder impuesta en función del sexo, junto con su reacción adaptativa-liberadora, ha conformado una identidad de género contradictoria (como la identidad de clase y de todos los grupos oprimidos). Conlleva una dinámica doble: abandonar y superar esa desigualdad de origen, esas condiciones y trayectorias subalternas y en desventaja, y valorar o reconocer su doble esfuerzo y su pugna liberadora e igualitaria.

El feminismo no sería exclusivo de las mujeres en cuanto categoría biológica, sino de aquellas personas (también varones) que admiten la existencia de una discriminación de las mujeres y apoyan y se solidarizan con su emancipación y por la igualdad

Desde el punto de vista sociopolítico, la identidad feminista y el feminismo no serían exclusivos de las mujeres en cuanto categoría biológica, sino de aquellas personas (también varones) que admiten la existencia de una discriminación de las mujeres y apoyan y se solidarizan con su emancipación y por la igualdad. Los procesos de identificación suponen una experiencia prolongada y una vivencia compartida en torno a una trayectoria común por unos objetivos igualitarios y emancipadores.

Sin opresión de las mujeres no tendría sentido su liberación, el objetivo y quehacer del movimiento feminista. El feminismo es un movimiento social y cultural transformador que, en la medida que consigue sus objetivos de igualdad, tanto en el aspecto cultural y de las relaciones personales y sexuales, cuanto en el aspecto socioeconómico y político de ejercicio igualitario de la plena ciudadanía, amplía el componente común de persona y ciudadana. Es decir, hay menor diferenciación por la identidad de género; o lo que es lo mismo, se comparte una misma identidad humana y cívica con los varones.

La identidad de género interactúa, dando lugar a formas mestizas o mixtas, no solo con otras identidades parciales, con sus distintas articulaciones, sino con esa identidad más genérica en cuanto ser humano o tener la cualidad de la ciudadanía: perteneciente a la sociedad o a una comunidad política con un común contrato social, no solo con unos derechos humanos básicos, sino con plenitud de derechos civiles, sociales, políticos y económicos reconocidos.

No obstante, esa dinámica sociohistórica, económica y política hacia la igualdad real no está generalizada ni se ve en el horizonte inmediato; es más, los progresos en la igualdad y su libertad están amenazados con recortes y retrocesos en distintos campos (culturales, institucionales, socioeconómicos, simbólicos…).

Un proceso de reafirmación feminista

Así, tal como han expresado millones de mujeres, gran parte jóvenes, en los procesos participativos de estos últimos 8 de Marzo, se ha incrementado su sentimiento de injusticia ante dos tipos de profundas discriminaciones: el acoso y la violencia machista que están sufriendo como mecanismo autoritario de impedir su libertad y autonomía personal; la desigualdad y desventajas en materia salarial, condiciones de empleo y trayectorias profesionales, desde los suelos pegajosos a los techos de cristal.  

Además, esta nueva ola feminista supone una crítica a la pasividad o insuficiencias de las instituciones públicas y los instrumentos jurídicos, educativos y socioeconómicos para avanzar en su resolución. De ahí que se hay producido esa reafirmación, participación e identificación feminista que combina demandas igualitarias y emancipadoras justas y procesos de empoderamiento individual y colectivo ante los poderes públicos y las actitudes y los grupos machistas.

El movimiento feminista se ha convertido en un referente global en la acción colectiva por la igualdad, aunque dada su fragmentación organizativa y representativa y su heterogeneidad cultural-ideológica esté sometido a una pugna intensa por su orientación, representación social e impacto político

Por tanto, el feminismo y el movimiento feminista, en sentido amplio, se ha convertido en un referente global en la acción colectiva por la igualdad, aunque dada su fragmentación organizativa y representativa y su heterogeneidad cultural-ideológica esté sometido a una pugna intensa por su orientación, representación social e impacto político.

En todo caso, todo ello abunda en la necesidad de la reafirmación feminista, abierta, plural, unitaria y democrática. La identidad de género, en el plano sociopolítico de identidad feminista por la igualdad y la emancipación de las mujeres tiene una gran vigencia y retos por delante. Esta vinculación entre sexo y género mediada por la función social impuesta a las mujeres y los procesos de identificación doble, como afirmación (femenina) y superación (de la subordinación), me parecen los más sugerentes para conectar con las transformación sociales, económicas y políticas e insertar los procesos de emancipación con una perspectiva igualitaria compartida frente a las dinámicas neoliberales, reaccionarias y regresivas.

Desde esa visión más estructural y social del feminismo que plantea Fraser, dejo al margen el debate sobre afirmar o deshacer el género vinculado al propio cuerpo y/o la preferencia sexual, cuyo énfasis resalta una parte del feminismo seguidor de Judit Butler. La liberación sexual es un componente central del movimiento feminista; en ese sentido, comparte con el movimiento LGTBI similares objetivos emancipadores que les hace ser aliados. Visto desde otra perspectiva, la participación en los procesos de liberación e igualdad sexual (o la indiferenciación) no necesariamente conllevan una solidaridad y participación en los procesos igualitarios del conjunto de relaciones subalternas de la mayoría de las mujeres, es decir, permiten considerarse feminista. Son dos movimientos próximos y aliados pero distintos.

En ese sentido, la identidad, en este caso feminista, no necesariamente está basada en ser mujer (determinismo biológico) o en priorizar el campo de las ideas (o las emociones), en el que también hay fanatismos, sino que debe definirse por el reconocimiento de la opresión y marginación de las mujeres (y los colectivos discriminados) y la participación y el apoyo a su emancipación y por la igualdad. La identidad es relacional, supone reconocimiento y pertenencia colectiva a un grupo social que comparte situaciones, proyectos y trayectorias. Es esa interacción, en la medida que persisten los problemas de desigualdad y discriminación y la acción práctica por unos intereses y objetivos comunes, la que construye la identidad, siempre en transformación y combinación con otras identidades (o características neutras) de las mismas personas y grupos sociales.

En resumen, Fraser defiende su feminismo (para el 99%) como reconocimiento y pertenencia a un proceso o movimiento igualitario-emancipador. Asimismo, relaciona la discriminación y la desventaja de las mujeres con la división impuesta por el poder establecido entre las relaciones llamadas productivas (dominantes) y las reproductivas (subalternas) en un único orden social institucionalizado. En ese concepto, sustitutivo del de capitalismo neoliberal, se integran los distintos sistemas de dominación (incluido el patriarcado que no sería un sistema autónomo de poder), así como los otros conflictos y divisiones, en particular la política (democracia), considerada como interés público frente al interés privado de los mercados. Igualmente, propone una alianza entre dinámica emancipadora (de los nuevos movimientos sociales y dinámicas socioculturales) y objetivos de protección social (que asocia a la vieja izquierda y el movimiento obrero). Este componente sociopolítico e identitario es lo que necesita mayor profundización y clarificación para completar y superar su interesante visión estructural y sociohistórica.

Por último, esta sugerente pensadora, al considerar interrelacionados estructuralmente los componentes de clase, sexo y raza (aquí habría especificar la diversidad étnico-nacional y la inmigración), y su condicionamiento en la actitud y la subjetividad de la gente, tiende a caer en la infravaloración para la acción colectiva del conjunto de mediaciones institucionales, sociales y culturales que fragmentan o reajustan el impacto social e identitario de esas características sociodemográficas y económicas, muchas de ellas en las mismas personas.

Ello supone que hay que destacar más la experiencia relacional prolongada, así como una visión interactiva en la conformación de las identidades personales y grupales y su implementación operativa según qué momento y circunstancias individuales o colectivas. Y ello exige un análisis más sociológico, histórico y cultural de la realidad de los comportamientos colectivos y las trayectorias compartidas que van construyendo (o bloqueando) esa convergencia popular. Es la única forma de terminar de superar el determinismo económico (o biológico y etnicista), por un lado, y el idealismo discursivo o programático, por otro lado.

Su feminismo, que he definido como crítico y a pesar de estas matizaciones, es una buena aportación para porfiar en la igualdad y la emancipación de las mujeres y avanzar en la convergencia popular para la transformación social.

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