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Las explotaciones de clase, de género y de medio ambiente tienen causas comunes

Vicenç Navarro |

Vicenç Navarro | 29 de enero de 2020

Un hecho que caracteriza nuestros tiempos a los dos lados del Atlántico Norte ha sido el gran crecimiento de movimientos emancipadores que protestan contra las distintas formas de explotación (ya sean de clase social, de género, de raza o del medio ambiente) y que tienen como objetivo la liberación del ser humano en sus distintas dimensiones. La experiencia internacional muestra, sin embargo, que la eficacia de cada uno depende mucho de la estrategia seguida por cada movimiento y el contexto político en el que se desarrollan.

El modelo liberal estadounidense del “cada uno por su cuenta”: la división de los movimientos sociales y la independencia de cada uno

En un extremo de esta experiencia internacional podemos ver a EEUU, donde hay un gran número de movimientos de emancipación (el movimiento obrero y sindical, el movimiento feminista, el movimiento de las minorías -predominantemente negras y latinas-, y el movimiento ecologista, entre otros). Todos tienen gran capacidad de movilización, pero a pesar de ello, su impacto sobre el Estado es muy limitado y los derechos adquiridos, en consecuencia, son muy escasos. Por ejemplo, el movimiento feminista más importante (NOW) de aquel país agrupa a millones de mujeres, con una extensa organización. Y a pesar de ello, los derechos de la mujer son muy limitados. La baja por maternidad, por ejemplo, es de solo dos semanas, y el número de mujeres en el Congreso o en el Senado es de los más bajos de los sistemas parlamentarios en el mundo capitalista desarrollado.

Los datos muestran que el socialismo, como vía transversal que favorece la unidad de acción, es un proyecto que fomenta las alianzas de varios movimientos emancipadores, empoderándolos conjuntamente. La experiencia internacional así lo muestra

Un tanto igual ocurre con el movimiento a favor de las minorías (predominantemente negras y latinas), que tiene una organización extensa y también, como el feminista, tiene un gran poder de convocatoria entre las poblaciones que representan; y, sin embargo, y a pesar de haber tenido un presidente negro -Barack Obama-, la discriminación hacia esta población continúa siendo muy extensa. Esto que ocurre con los movimientos feministas y los movimientos de liberación de las minorías también sucede con el movimiento ecologista, que dispone de un gran número de medios a su alcance pero a pesar de ello su impacto sobre el Estado es muy limitado, por lo que las condiciones ambientales son claramente deficientes, con lo cual las crisis climáticas son muy frecuentes.

Las izquierdas son muy débiles también en el modelo liberal estadounidense

Los partidos de izquierdas han sido muy pequeños, pues el sistema electoral favorece un bipartidismo extremo en el cual hay solo dos grandes partidos, el conservador -el Partido Republicano- y el partido liberal -el Partido Demócrata- (próximo, como observador, a la Internacional Liberal). Como resultado, el movimiento obrero y sindical ha sido siempre muy débil en EEUU, y ello a partir, primordialmente, de la ley Taft-Hartley que no permite que los sindicatos actúen como sindicatos de clase, defendiendo los intereses de la totalidad de la clase trabajadora, sino que solo les permite actuar de una manera muy descentralizada, sector a sector, y lugar de trabajo a lugar de trabajo, representando solo a los trabajadores que se aseguran sindicalizándose,  habiendo leyes que dificultan claramente tal sindicalización. Una huelga general, por ejemplo, está prohibida, lo que convierte a los sindicatos en instrumentos corporativos (“business unionism”). Los derechos laborales, como consecuencia, son muy limitados en aquel país. Así, los empresarios tienen un gran poder para despedir a los trabajadores, lo que contribuye a que EEUU tenga el número más bajo de días perdidos debido a huelgas en el mundo capitalista desarrollado.

¿Por qué en EEUU los movimientos sociales son débiles?

Una característica de los movimientos sociales en EEUU es que cada uno es completamente independiente y autónomo del resto, y se centra única y exclusivamente en la defensa del grupo poblacional o de la causa específica que representa. En realidad, compiten entre ellos en cuanto a tener acceso al poder político, mediático y financiero se refiere. Cada grupo, pues, va por su cuenta. De ahí que ese comportamiento les debilite enormemente. Y la mayoría de sus dirigentes, pertenecientes a clases medias de renta superior con formación universitaria (excepto el movimiento sindical), son de sensibilidad liberal, que es la ideología dominante en el establishment político-mediático del país. El progresismo como cultura es débil, ya que EEUU es un país profundamente conservador, con unas estructuras políticas muy poco representativas (que explica la gran abstención en el proceso electoral) y con muy escasa protección social, y con derechos laborales, sociales y políticos muy limitados. Nos encontramos, pues, ante un capitalismo sin guantes en el que la explotación por clase social, por género, por raza y del medio ambiente es muy marcada. Nunca ha gobernado un partido de izquierdas de tradición socialista o socialdemócrata en EEUU. Ello no implica que no haya senadores (como Bernie Sanders) o congresistas (varios) que pertenezcan también al Partido Socialista. Pero la gran mayoría no lo son. En general, el término “socialismo” casi nunca aparece en el lenguaje político del establishment del país, excepto para demonizarlo.

El otro extremo de cómo se articulan tales movimientos: el modelo socialista de Suecia

Veamos, en cambio, lo que ocurre en los países escandinavos, tomando como ejemplo Suecia, país que conozco bien por haber vivido en él y tener familia. En aquella parte del mundo, los movimientos sociales no son necesariamente muy grandes, pero los derechos laborales, sociales y políticos para la totalidad de la ciudadanía son muy extensos. Para empezar, no existe baja por maternidad, sino baja parental, de manera que de 480 días, 90 están reservados al padre, 90 a la madre, y los 300 restantes se pueden repartir de forma flexible entre ambos progenitores, un reparto que el gobierno incentiva a que sea equitativo. A su vez, las mujeres representan casi un 50% de los parlamentarios. El movimiento sindical, por otro lado, es muy fuerte (alrededor de un 65% de los trabajadores están sindicalizados), como también lo ha sido históricamente el movimiento obrero, lo que ha dado como resultado unas izquierdas poderosas que han gobernado durante la mayor parte del período posterior a la II Guerra Mundial. El movimiento obrero, tanto sindical como político (la socialdemocracia y partidos a su izquierda, como el Partido Comunista), ha sido muy fuerte y se ha comprometido con el fin de la explotación, desarrollando una lucha transversal también contra la explotación de género y de raza, con una promoción de la agenda progresista, incluyendo la conciencia de protección ambiental. Ha habido un proyecto común que ha englobado las distintas causas y luchas frente a la explotación. La sensibilidad feminista y por la protección del medio ambiente han sido, por lo tanto, parte de este proyecto común. La unidad de acción ha sido el elemento clave frente a un proyecto común contra la explotación, no solo de clase sino también de otras formas de explotación, intentando crear y expandir el socialismo. Este hecho ha sido la causa fundamental de la fortaleza y eficacia de estos movimientos. La unidad hace la fuerza, ya que se reúnen bajo un mismo proyecto emancipador todas las luchas contra la explotación.

La interacción entre la explotación de género y la de clase: un punto clave, pues la mayoría de las mujeres pertenecen a las clases populares

Así como el género es una variable fundamental para explicar la distribución de poder en un país, también lo es la clase social. Y hay que concienciarse de que, dentro del feminismo, hay clases sociales. Por lo tanto, hay tantos feminismos como clases sociales existen. Y hay que ser conscientes de que la mayoría de mujeres pertenecen a las clases populares, dentro de las cuales la clase trabajadora es central. Esta clase continúa existiendo y los instrumentos políticos de tal clase en el mundo capitalista desarrollado han sido, predominantemente, los partidos socialistas (en todas sus variantes), pero también los partidos comunistas (también en todas sus variantes). En EEUU nunca ha gobernado ninguno de ellos a causa del enorme dominio de lo que en aquel país se llama la Corporate Class (la clase de los propietarios y gestores de las grandes corporaciones empresariales). De hecho, un indicador del poder de esta clase ha sido la desaparición del discurso de clase y el rechazo hacia cualquiera que hable sobre ello, proyectándose una imagen distorsionada de la estructura social, dividida en los ricos por arriba (la clase alta), los pobres (la clase baja) por abajo y la clase media, a la que pertenecen, supuestamente, todos los demás, es decir, la mayoría. En esta definición a la clase trabajadora se la llama clase baja (un término claramente ofensivo, muy frecuente en España, donde existe un enorme clasismo, tan acentuado como el machismo, y del cual se habla mucho menos).

En EEUU, sin embargo, el movimiento feminista más grande (NOW) ha sido dirigido por mujeres de clase media-alta, con formación universitaria, de sensibilidad liberal y profundamente anti-izquierdas. En las últimas elecciones en EEUU se vio la gran agresividad de la candidata feminista, Hillary Clinton (apoyada masivamente por NOW), contra el candidato socialista Bernie Sanders, que era el único que, según las encuestas, habría vencido a Donald Trump. Y la mayoría de las mujeres de clase trabajadora que votaron lo hicieron por Trump, que canalizó el enfado de la clase trabajadora blanca. El argumento que utilizó NOW de que Hilary Clinton no ganó por ser mujer no es sostenible. Hillary Clinton, como liberal que era (desde el gobierno Obama), favoreció políticas regresivas que dañaron a la clase trabajadora (de la cual las mujeres son la mayoría). En realidad, la nueva congresista Alexandria Ocasio-Cortez, de origen de clase trabajadora, que se define sin tapujos como socialista y promueve el socialismo y un feminismo socialista, es hoy, junto con Bernie Sanders, una de las figuras más populares en EEUU.

Los datos muestran que el socialismo, como vía transversal que favorece la unidad de acción, es un proyecto que fomenta las alianzas de varios movimientos emancipadores, empoderándolos conjuntamente. La experiencia internacional así lo muestra

En un estudio reciente realizado por un grupo de investigadores de la Universitat Pompeu Fabra publicado recientemente se ha mostrado, en los dos lados del Atlántico Norte, que, a mayor fuerza de los partidos de izquierdas en un país (medida por los años en los que han gobernado desde la II Guerra Mundial), menor es la explotación de clase (medida por la distribución de las rentas y de la propiedad), menor es la explotación de género (medida por el Gender Inequality Index, que incluye varios indicadores como mortalidad maternal, tasa en embarazos adolescentes, proporción de mujeres con al menos educación secundaria, proporción de mujeres en el parlamento o participación femenina en el mercado de trabajo) y mayor es la sensibilidad medioambiental de la población (basada en encuestas de actitud popular sobre protección del medio ambiente).

Los datos son contundentes. En una escala de 0 a 10, donde 10 es la máxima orientación hacia la izquierda, vemos que los países de tradición socialista (esto es, que han sido gobernados por coaliciones de izquierdas durante la mayor parte del período posterior a 1945), y que como promedio tienen el mayor nivel de izquierdismo (8) -Suecia, Finlandia y Dinamarca-, tienen menos desigualdades de renta, menos pobreza relativa y un índice de Gini menor (26,8%), lo que va acompañado por menos desigualdades y menos explotación de las mujeres y mayor sensibilidad ambiental. Estos países van seguidos por los países de tradición conservadora y/o cristianodemócrata (con un índice 6). Así, Alemania, Austria, Países Bajos, Bélgica, Luxemburgo y Francia tenían mayores desigualdades de clase, de género y menos conciencia medioambiental que los anteriores. Por detrás de este grupo, están los países del sur de Europa (regímenes postdictatoriales) como España, Italia, Portugal y Grecia, que tienen un índice 5 de orientación de izquierdas, y que se caracterizan por una gran explotación de clase y de género, y por una escasa sensibilidad ambiental. Y, por último, los países de tradición liberal (Reino Unido, Irlanda y EEUU), donde las izquierdas han sido muy débiles (en EEUU prácticamente inexistentes) y en las que el indicador de izquierdas es solo 3; en estos países es donde hay mayores desigualdades sociales y de género, y menor sensibilidad medioambiental.

Qué hay que hacer. La unión hace la fuerza

De esta información se deduce la necesidad de relacionar las distintas formas de explotación a fin de realizar alianzas transversales en sus estrategias de liberación, como parte de un proyecto común, que es el fin del enorme poder de la clase dominante, machista e insensible a las consecuencias del deterioro medioambiental. No es por casualidad que las fuerzas más clasistas sean también las más machistas y las que están negando incluso la crisis climática. Es, pues, urgente que las izquierdas desarrollen esta sensibilidad hacia otras formas de explotación, como el machismo y la explotación ambiental. Y es también urgente que estos movimientos sociales se conciencien de la necesidad de establecer conexiones con otros movimientos de liberación, estableciendo una unidad de acción como parte de un proyecto común de liberación. El modelo solidario y colectivo del norte de Europa es mucho más eficaz y liberador que el modelo liberal y competitivo de EEUU, en que cada movimiento va por su cuenta.

Notas aclaratorias para no dar pie a malentendidos

Nada de lo dicho, por cierto, implica que yo esté promoviendo la instrumentalización de los movimientos sociales por parte de los partidos de izquierdas, situación que históricamente ha ocurrido en ciertas sensibilidades políticas conocidas por su “entrismo”. Tal estrategia ha sido históricamente un gran error. Lo que sugiero es que los movimientos sociales progresistas no vayan por su cuenta, como en EEUU, sino que establezcan una unidad de acción que optimice sus resultados. En España ya se están dando pasos en esta dirección y no hay duda de que los cambios políticos que están ocurriendo, con el gobierno de coalición de izquierdas, y con la fortaleza y constancia de los movimientos sociales, la mayoría de clara sensibilidad progresista, auguran una gran oportunidad para cambiar y revertir la orientación tan reaccionaria que ha guiado las intervenciones gubernamentales a los dos lados del Atlántico Norte, y que ha dañado tanto a las clases populares, a las mujeres, a las minorías, y al medio ambiente.


Catedrático de Ciencias Políticas y Políticas Públicas | Universitat Pompeu Fabra

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