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Evita, a 60 años de su muerte

nuevatribuna.es | Javier M. González | Buenos Aires | 24 de julio de 2012

El 26 de julio de 1952 murió en Buenos Aires Eva Perón, o simplemente Evita...

El 26 de julio de 1952 murió en Buenos Aires Eva Perón, o simplemente Evita... “Cumple la Secretaría de Informaciones de la Presidencia de la Nación el penosísimo deber de informar al pueblo de la república que a las 20.25 horas ha fallecido la señora Eva Perón, Jefa Espiritual de la Nación”. El título le había sido otorgado por el Congreso. Se declaró luto de dos semanas, hasta el 11 de agosto. Los funcionarios fueron obligados a llevar algún signo de luto y los comercios a exhibir su foto con una orla negra.

En la historia de la argentina contemporánea pocos personajes alcanzaron la trascendencia nacional e internacional que esta mujer. La turbulencia de los tiempos que le tocó en suerte, hacen que su nombre provoque todavía amores y odios igualmente intensos. Aunque estos últimos disminuyen a medida que también desaparecen sus coetáneos.

Orgullosa de su fanatismo, fue combatida por la oligarquía de entonces y por los militares –incluso hubo un intento de golpe de Estado para impedir que fuera candidata a vicepresidente con Perón, en 1951-, también fue enfrentada por la mayoría de los intelectuales, desde Jorge Luis Borges a Victoria Ocampo, que asimilaron peronismo con fascismo. Aunque el peronismo tuvo también algunas personalidades entre sus fieles, como Enrique Santos Discépolo, uno de los mayores autores y compositores de tango, o el novelista Leopoldo Marechal.

El veterano dirigente peronista Antonio Cafiero, que fue ministro de Comercio Exterior en el primer gobierno peronista, sostiene que hoy hay dos clases de argentinos, “los que siguen amando a Evita y los que no la aman ni la reconocen, pero la respetan”.

Fallecida cuando solo tenía 33 años, de cáncer de útero, la figura de la “abanderada de los humildes” se potenció por la persecución y el recuerdo de su labor al lado del político más carismático que dio la Argentina del siglo XX, Juan Domingo Perón. A ella se debe el impulso al proyecto que posibilitó el voto femenino, en 1947. Y a través de la Fundación Eva Perón impulsó la acción social de manera desconocida hasta entonces.

La Sociedad de Beneficencia, en manos de las señoras de la oligarquía, fue disuelta y su función asumida por la Fundación, que se dedicó a la asistencia de niños, ancianos y mujeres jefas de hogar. Construyó hospitales y asilos. Y forma parte del imaginario colectivo de los argentinos los campeonatos deportivos Evita, para niños y adolescentes; las máquinas de coser que distribuía entre las familias pobres, la sidra y el pan dulce en Navidad.

“Si Evita viviera sería montonera”, era una de las consignas de los años ´70 en boca de la izquierda peronista, la que apostó por las armas, incluso contra el gobierno del viejo Perón. En la Argentina del 2012, el gobierno de Cristina Fernández la tiene de referencia permanente. Es más, la presidente apenas menciona en sus discursos a Perón, pero tiene la imagen de Evita de fondo en cada una de sus intervenciones en la Casa Rosada.

En el edificio del Ministerio de Desarrollo Social –cuya titular es Alicia Kirchner, hermana del ex presidente-, se instalaron dos enormes perfiles metálicos de Evita, imitando al Ché en la plaza de la Revolución, de La Habana. Una de ellas mira al norte, la parte rica de la ciudad, y tiene a una Evita con su perfil militante y combativo; la que mira al sur, proletario, tiene la cara amable, como dirigiéndose a los “grasitas”, como llamaba a los desheredados que la idolatraban, y que recibían el despectivo nombre de “cabecitas negras” por parte de la oligarquía.

Ante este nuevo aniversario se multiplican los libros biográficos, aunque el de la española Marysa Navarro (“Evita, mitos y representaciones”, 1972) sigue siendo considerado entre los más serios. El historiador Felipe Pigna, autor de varios best-sellers, acaba de publicar “Evita, Jirones de su vida”, en referencia a uno de sus más recordados discursos, aquél que afirmaba: “aunque deje en el camino jirones de mi vida, yo sé que ustedes recogerán mi nombre y lo llevarán como bandera a la victoria”. A pesar de ser uno de los intelectuales alineados con el kirchnerismo, Pigna asegura que no cae ni en la apología ni en la diatriba, reconociendo que Evita también tiene su lado negativo, “como la censura, la persecución a la oposición, las cárceles y algunas torturas. No tiene sentido negar esto porque, justamente, la anulación niega lo positivo”.

Sin olvidar el culto a la personalidad que llevó incluso a cambiar nombres de ciudades y provincias: La Plata, capital de la provincia de Buenos Aires, pasó a llamarse Ciudad Eva Perón; el territorio de La Pampa, fue convertido en provincia Eva Perón; y Chaco, provincia Presidente Perón.

En el libro de Norberto Galasso (“La compañera Evita”), sitúa la figura de Evita como un puente entre Perón y el movimiento obrero, algo así como un ministro de Trabajo paralelo: “era ella quien mantenía un contacto directo entre el líder del movimiento y un sector del movimiento, que eran los trabajadores, porque lo mantenía informado a Perón acerca de los conflictos”.

El periodista y médico Nelson Castro, escribió “Los últimos días de Eva. Historia de un engaño”, en el que cuenta cómo se le escamoteó la verdad sobre su dolencia. Aunque la enfermedad era vox populi, tanto que dio lugar a que anti-peronistas a escribieran en las paredes de Buenos Aires uno de los slogans más terribles del odio: “Viva el cáncer”.

Araceli Bellota, en “Eva y Cristina, la razón de sus vidas”, sostiene que sin Evita no podría pensarse en una mujer presidente de la Argentina. Aunque quizá el mejor libro para acercarse a su figura sea un texto literario, “Santa Evita”, la novela argentina más traducida de la historia, del periodista y escritor Tomás Eloy Martínez. El autor contaba con información de primera mano, incluso una larga entrevista con Perón en Puerta de Hierro, pero el texto tiene de fascinante que narra con estilo de crónica periodística un hecho en el que es imposible distinguir verdad de ficción.

Entre los homenajes de estos días, figura el de la Legislatura de la ciudad de Buenos Aires, que abrió sus puertas para que el público pueda visitar el despacho desde el que trabajó entre 1946 y 1952. En el mismo edificio –una de las maravillas arquitectónicas de Buenos Aires-, habrá exposiciones y recitales recordando su figura. Su rostro aparecerá en los nuevos billetes de 100 pesos, los de mayor denominación en Argentina, rescatando un viejo boceto que se hizo en 1952, pero que nunca se llegó a imprimir. 

La ópera Evita se está representando ahora mismo en Broadway, con la argentina Elena Roger en el papel protagónico y con Ricky Martin como el Ché Guevara. Aunque la historia tiene poco y nada que ver con la realidad, que se siga representando tantos años después de su estreno en Londres indica la vigencia del mito.

El cadáver de Evita estuvo 20 años desaparecido. Los militares que dieron el golpe contra Perón, en 1955, se lo llevaron de la sede de la CGT, donde permanecía desde su fallecimiento y lo llevaron a Italia, siendo su ubicación un secreto de Estado. Cuando el general Lanusse negoció con Perón la celebración de elecciones a comienzos de los ´70, una de las prendas fue la devolución del cadáver.

El cuerpo, embalsamado por el doctor español Pedro Ara, no volvió directamente a la Argentina: estuvo durante meses en el chalet que Perón tenía en Puerta de Hierro, en Madrid. El cadáver permaneció en el dormitorio del viejo general, de dimensiones no excesivamente generosas, y la leyenda dice que José López Rega hacía ceremonias exotéricas, con el objeto de traspasar poderes a Isabelita, la última esposa del general.

Hoy, sus restos reposan en el cementerio de La Recoleta, donde están enterrados los principales nombres de la historia argentina, y fundamentalmente la oligarquía que tanto la odió. Su cuerpo está en un mausoleo modesto con el nombre de Familia Duarte, que es el que recibe el mayor número de visitas, fundamentalmente de turistas de todo el mundo.

Sesenta años después de su muerte, se puede afirmar que se cumplió uno de sus anhelos, cuando dijo: “Confieso que tengo una ambición, una sola y gran ambición personal, quisiera que el nombre de Evita figurase alguna vez en la historia de mi patria. Y me sentiría debidamente, sobradamente compensada si la nota terminase de esta manera, de aquella mujer solo sabemos que el pueblo la llamaba cariñosamente Evita”.

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