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¿Eutanasia? No, lo siguiente

Emilio Jurado |

Emilio Jurado | 26 de octubre de 2018

El debate oscila entre las actitudes mojigatas y ultras que sitúan el destino de la vida de cada persona en la voluntad un ser superior

Perdonad esta manera en modo cuñao de titular la columna. Es irritante, lo sé. Pero en mi descargo que conste que no lo uso como lugar común, sino como apelación a que, lo que estos días se debate como ley de eutanasia  o de muerte digna, vaya más allá, tenga en consideración elementos que hasta ahora creo no han sido tenidos en cuenta y podrían resolver algunos de los equívocos que hasta ahora atascan esta necesaria legislación más allá de las posiciones ideológicas que la rodean.

El debate oscila entre las actitudes mojigatas y ultras que sitúan el destino de la vida de cada persona en la voluntad un ser superior, del que no tenemos noticias se haya pronunciado al respecto, que según parece se congratula en la contemplación del dolor ajeno en los últimos días de la vida de sus criaturas. Digamos que estas posiciones sádicas se parapetan en la convicción de que la incertidumbre que el dios creador ha impuesto a sus retoños es inescrutable y que por tanto ha de priorizarse el aceptar un final de la vida con todo su dolor llegado el caso.

Enfrente se sitúan las opiniones de quienes piensan y creen que habiéndose desarrollado tecnometodologías médicas capaces de controlar y erradicar lo más insufrible de la extinción de la persona, a qué viene aceptar un ensañamiento cruel y un dejar la vida en medio de tormentos evitables. Si son evitables, evitémoslo dicen, si disponemos de conocimiento suficiente, apliquemos las normas legales para que éste tenga lugar de forma adecuada a principios jurídicos irreprochables. Yo, dese luego, me halló más cercano a quienes defienden esta segunda posición, quienes creen que si el daño es evitable no hay por qué someter a nadie a tanto dolor por una convicción tan endeble como la de la voluntad del creador, que dicho sea de paso también crearía, digo yo, nuestra capacidad para remediar el dolor gratuito.

Pero mi adhesión a esta segunda opción no es total, exijo ir más allá, ir a lo siguiente. Y creo que el legislador debería tener en cuenta mi exposición a la hora de razonar un conjunto de leyes en las que se defina quién es el dueño de la vida propia y cuáles son las  formas en las que el estado interviene para favorecer el destino elegido por cada quien para vivir y morir la suya.

El estado moderno, al menos en Europa, dispuso un sistema de salud (y de formación médico sanitaria ad hoc) cuyo objetivo principal es prolongar la vida de los ciudadanos. La razón de esta elección es clara, la extensión de los años de vida más allá del promedio de las muertes tempranas se consideraba el bien supremo. Prolongar la vida en forma de años arrancados a la parca es el objetivo, al margen de la calidad de vida que se puedan ganar en este combate Bergmaniano con la muerte. Nuestro sistema entero de salud, y de formación como he apuntado, se desarrolla orientado a ese fin y han tenido un éxito espectacular, los datos de promedio de vida ampliada de los ciudadanos beneficiados por este modelo de salud cantan. Gran acierto y gran eficacia sin duda.

Y aquí reside parte del problema. La eficacia del modelo de salud ha impedido, mejor dicho, ha ignorado la existencia de opciones alternativas a vivir más años, el lema que blasona todo el entramado de la salud y que ha orientado toda su trayectoria. Y en ese orillamiento surge un espacio yermo en el que anidan posiciones ultramontanas que no tienen nada que ver con la apropiación de cada cual del destino de su vida, sino una extraña querencia a apropiarse de todo,  incluida la vida de los otros, con la justificación de ir a entregársela a terceros, por divinos que fueren.

Corregir ese desfase entre la organización del sistema de salud estatal y el individuo concreto, hueco  que admite la existencia de discursos metafísicos sobre el derecho a la vida propia y a su extinción, requiere de un nuevo contrato entre el ciudadano y el dispositivo estatal para garantizar la mejor forma de vida posible, incluida su finalización. Yo soy el dueño de mi vida y también de mi muerte y te necesito a ti estado para garantizarlo, tanto como la escuela que te reclamo para civilizarme o la hacienda para coordinarme con mis conciudadanos.

Pero este acuerdo no es meramente discursivo, no basta el yo individuo exijo mi derecho a vivir y morir como desee y tu estado has de comprometerte con mi voluntad. No, el renovado acuerdo debe implicar que yo individuo soy consciente de todo aquello que facilita mi vida en máximo de salubridad y su mantenimiento y que tú estado has de desplegar todo lo necesario para que así sea hasta el día que ambos concluyamos que ha llegado el momento de nuestra separación por extinción subjetiva.

Parece complicado, pero no lo es tanto, se trata de compartir los conocimientos médicos y sanitarios y las estrategias de salud que apoyadas con tecnologías ya existentes, faciliten la elección por parte del sujeto del modo de vida y muerte que desea, más allá de la prolongación de la vida, para de ese modo impedir que al final ya no merezca recibir ese nombre.

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