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Estamos viviendo una gran obra representada a la vez en teatros de todo el mundo

Iñaki Chaves | Sociólogo / Comunicador

Nuevatribuna | 28 de marzo de 2020

Máscaras del Valle del Sibundoy del maestro tallador Carlos Mutumbajoy (foto: Iñaki Chaves).
Máscaras del Valle del Sibundoy del maestro tallador Carlos Mutumbajoy (foto: Iñaki Chaves).

La vida es puro teatro, resultado a veces de las musas inspiradoras, de la adaptación de la realidad, de la casualidad o del ahínco literario. Lo que hoy estamos viviendo pudiera ser un sueño, o más bien una pesadilla. Pudiera tratarse de un llamado de atención del universo, de la naturaleza o de los dioses. Pero tal vez sea algo mucho más sencillo: hemos chocado con nuestra propia imagen en un espejo. Un espejo que nos rebota la máscara de un bicho insignificante, como nosotros, que es capaz de acabar con lo que se supone es la civilización más avanzada de la historia de la humanidad, como nosotros. El vidrio nos devuelve la rota representación de nuestra obra.

Sí, somos los seres más avanzados, o al menos eso nos creemos, los que más han progresado y también los que más han depredado. Por eso estamos ahora paralizados, viendo que no hay que tener armas nucleares ni un gran poder militar para eliminarnos. Basta un simple virus que, de alguna manera, hemos hecho que salte al vacío, que ocupe nuestro espacio vital y que pueda enfermarnos.

Una paradoja, un teatro del absurdo, un montón de personajes -profesionales de la medicina, de la ingeniería, de la política o de la sociedad civil- se afanan buscando al autor de esta insensata tragicomedia para encontrarle remedio. Pero no ha sido el relativismo de Pirandello, ni la experimentación de Beckett, ni la burla de Ionesco, ni una de las amenazas de Pinter o de los sinsentidos denunciados por Camus… no, ha sido COVID-19, un virus zoonótico. Una obra de la naturaleza que no tiene guion, por eso no se la puede, por ahora, anular; que no tiene un solo escenario de actuación, se mueve por todo el planeta; que no registra una edad para ser representada, sirve igual para mayores y para la infancia, aunque esta está menos expuesta que aquella, a la que una vida más o menos larga, más llena, por lo general, de luchas y padecimientos que de victorias y alegrías, ha dejado a la intemperie; que no tiene una dirección que pueda controlar cómo se lleva a cabo la representación, por lo que fluctúa y ataca a diestra y siniestra, y que carece de banda sonora, lo único que ha dejado en manos de quienes la enfrentan para que le puedan poner música (y aplausos) al trabajo de combatirla.

No parece que sea una obra de fanáticos extremistas, ni de colectivos fundamentalistas, ni de una asociación de científicos pagados por poderes fantasmas. Tampoco tiene la firma de ninguna raza, religión, ideología o país concreto. Es quizás el resultado global de una crisis sistémica mundial que desde hace tiempo viene presentándose a audiciones humanas avisando de la que nos puede caer encima.

Ahora resulta que se ha ganado el primer premio de todas las academias, de las artes y de las ciencias, y se representa, con éxito desigual, pero con gran asistencia de público, en escenarios de todo el planeta. Ha conseguido meterse en nuestras vidas e inocularnos una acción paralizante, se ha saltado el negacionismo que muchos proclamaban ostentosamente y nos ha puesto delante de una realidad innegable: en este mundo todo se globaliza, hasta los virus (en gran parte por habernos saltado durante siglos el guion lógico de la vida en la Tierra rechazando, nivel tres de negación –Riechmann dixit-, la gravedad de las situaciones que hemos venido provocando por mor de ese capitalismo devastador).

COVID-19 ha destronado de los altares informativos las relaciones internacionales, los conflictos armados, las hambrunas, los sistemas políticos, las violencias de cualquier tipo… hasta ha desplazado al deporte, incluido el deporte “rey”. También ha superado, sin anularla, la urgencia y la gravedad de la crisis climática. Tal vez porque el microscópico protagonista de esta obra es, aunque invisible al ojo humano, menos indeterminado que las amenazas de la catástrofe ambiental.

Pero todos esos problemas siguen ahí, y estarán después de superar, cuando lo consigamos, si es que lo hacemos, esta crisis epidémica. Mientras, la crisis climática avanza su representación de manera inexorable, solamente que el éxito global de la función del coronavirus la ha aparcado a un lado debido a lo impactante que ha sido la entrada en escena de este diminuto actor.

Puro teatro.

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