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El espacio no es fortuito

Gutmaro Gómez Bravo | Profesor de la Universidad Complutense - Dpto de Historia Moderna y Contemporánea de la UCM - Aula Historia Social

Nuevatribuna | 05 de marzo de 2018

Muro del cementerio de La Almudena en Madrid.
Muro del cementerio de La Almudena en Madrid.

El historiador Gutmaro Gómez Bravo defiende en este artículo que el deber de memoria debe extenderse a las víctimas de la represión en la retaguardia republicana, pero que no es equiparable a la violencia ejercida por la dictadura en Madrid durante la posguerra inmediata. 

El historiador Gutmaro Gómez Bravo defiende en este artículo que el deber de memoria debe extenderse a las víctimas de la represión en la retaguardia republicana, pero que no es equiparable a la violencia ejercida por la dictadura en Madrid durante la posguerra inmediata. 


En no pocas ocasiones las disputas sobre los memoriales se dirimen sobre la elección de los lugares en los que deben erigirse. En el reciente caso de Madrid no parece que sea esta cuestión la que se pone en duda, sino, algo más complejo como la propia condición de víctima. Sin embargo, el espacio nunca es fortuito.

Al final de su Carta abierta del pasado dos de marzo, el profesor Fernando Hernández Holgado -director del equipo que redactó el informe sobre el listado de personas ejecutadas durante la posguerra en la ciudad de Madrid (1939-1944)- hacía una referencia al Cementerio del Este como un lugar muy representativo del final de la guerra, en el que se exhumaban y honraban unos cadáveres mientras se acumulaban otros de manera anónima en sepulturas de caridad, hasta sobrepasar el recinto municipal. Un proceso que se repitió, desde la guerra, en otras tantas ciudades españolas, y que expresaba claramente la posición de vencedores y vencidos y que formaba parte de un ritual funerario, cuyo punto álgido se alcanzaría con el traslado de los restos de Jose Antonio Primo de Rivera desde Alicante al Valle de los Caídos en noviembre de 1939. Aquella diferenciación de trato y condición, y, en general, la propia represión franquista, se legitimaron públicamente sobre la magnitud y perversidad de los crímenes cometidos anteriormente por los 'rojos', y se sustentaba en la exhibición de los familiares de las víctimas en innumerables actos cotidianos. Tanto las exhumaciones como los traslados de cadáveres fueron aspectos simbólicos que fijaron y mantuvieron viva la linea divisoria entre las dos comunidades que separó la guerra y que perduró toda la dictadura.

Sin duda alguna, nuestro deber de memoria debe extenderse a las víctimas de la represión y la violencia en la retaguardia republicana. Eso no significa que sea equiparable a la franquista. De hecho, en sus diferencias están sus claves explicativas. En general, la violencia desatada tras el fracaso del golpe de estado fue más corta, pero mucho más intensa. El mes en el que se produjeron más ejecuciones y asesinatos en Madrid fue agosto de 1936. En los meses sucesivos iría disminuyendo, aunque al menos 5.800 personas fueron asesinadas y ejecutadas entre julio y octubre de 1936, casi el 98% del total de las que se produjeron en la ciudad hasta el final de la guerra. Como bien apunta el concejal e historiador Pedro Corral, en tan solo cuatro meses se alcanzaría una cifra equivalente a la mitad de la represión franquista en un mayor período de tiempo. Una persecución desmedida y execrable que lamentablemente hay que seguir condenando hoy -porque todavía hay quien la justifica-, pero que no solo no hay que equiparar con la franquista, sino que sobre todo no se puede entender en función de las propias fuentes documentales generadas por la dictadura. Porque si algo tenían en común aquellos registros era, en definitiva, su utilización como medios privilegiados de venganza. Dicho Memorial no puede servir “de agravio y de humillación a ninguna víctima fuera del bando que fuera”, como expresó Corral, quien pidió "excluir la mención a todas las personas que participaron en crímenes de retaguardia en Madrid entre 1936 y 1939”, e incluir “a todas las personas que sufrieron violencia o persecución por sus ideas, su compromiso político, sus creencias religiosas o cualquiera de sus actitudes vitales durante la Guerra Civil y la Dictadura”. Un anhelo lógico y loable pero que se aleja tanto del objeto del Memorial como del listado que se circunscribían inicialmente a la posguerra.

Confusión que se extiende al describir el cementerio del Este como un “patíbulo y una fosa común” en la que descansaran todos por igual, cuando allí se sucedieron, después de la guerra, una serie de acontecimientos que hay que investigar, actualizar y recordar, igualando y dignificando así la condición de las víctimas. El espacio, una vez más, no es fortuito.

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