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Ultraderecha populista y barbarie

Pedro Luis Angosto | 07 de enero de 2021

Desde hace unos años los medios más influyentes del mundo se han dedicado a llamar populistas a cualquier organización política que no comulgase con los cánones establecidos por la nomenclatura. Fue un error y es un error, un tremendo error. Querer cambiar el mundo, mejorar la democracia, defender a los más desfavorecidos, al planeta, no es populismo, es una ambición que debiera estar en el corazón y la mente de toda persona capaz de amar, de ser generosa y solidaria. Por el contrario, el populismo nace del egoísmo, la ignorancia y la brutalidad. Se aprovecha de las grietas que se abren en los países democráticos cuando la política se enroca y es incapaz de satisfacer mínimamente las aspiraciones de los ciudadanos, cuando quienes quieren mejorar el mundo duermen y dejan de exigir los cambios necesarios, cuando la democracia no es capaz de cortar la sangría que supone que cada día más personas ingresen en las filas de la exclusión.

El populismo -antesala del fascismo- con voz machirula, con gesto desafiante, con impunidad, grita, insulta y miente hasta la saciedad justificándolo todo en lo mal que van las cosas

El populismo -antesala del fascismo- con voz machirula, con gesto desafiante, con impunidad, grita, insulta y miente hasta la saciedad justificándolo todo en lo mal que van las cosas. Apela al patriotismo, a la bandera, asegura que son los demás los corruptos, el origen de la decadencia, de la pobreza, de la decrepitud. Dicen llamar a las cosas por su nombre y defender los derechos de la nación pisoteados por quienes desde otros países vienen a recoger la fruta que nosotros no cogemos, a cuidar los viejos que nosotros no cuidamos, a limpiar las calles que por nosotros permanecerían eternamente sucias. Odiándola, recurren a la democracia para utilizar sus instrumentos y alcanzar más resonancia, utilizan las redes sociales para enturbiar el entendimiento de muchos mediante el infundio, el bulo y la mistificación. Alientan la sedición, la traición y salvajismo aludiendo a la putrefacción de las instituciones, prometiendo un mañana feliz para todos de la mano de los métodos primitivos, la ley y el orden, el ordeno y mando, la letra con sangre, la venganza y el odio. 

No utilizan argumentos elaborados sino que disparan directamente contra las tripas de las clases medias depauperadas y de los trabajadores que ya no sienten pertenecer a ninguna clase social, todo ello para crear una sociedad excluyente de corte marcial en la que ningún derecho esté garantizado. La ultraderecha populista sólo quiere la democracia para destruirla, porque cuando la democracia funciona bien, con políticos que anteponen el servicio al común a los intereses personales o corporativos, con ciudadanos cultos, organizados y reivindicativos, con organizaciones sociales potentes, es la mayor fuente de progreso y de derecho que existe en el mundo y, por tanto, el antídoto más eficaz contra el fascismo que, con distinta ropa según los tiempos, pretenden instalar los seguidores de Trump, Abascal, Le Pen, Orbán, Bolsonaro o Salvini. Por desgracia, en España derecha y ultraderecha se diferencian en poco, quizá por aquello que dice el historiador Francisco Espinosa que sobrevive del franquismo: “una ideología que impide avanzar y que se transmite de generación en generación”, utilizando para ello la educación concertada, los medios de comunicación tradicionales, las redes sociales, las cofradías de fiestas, los equipos deportivos y la mentira sistematizada.

Ayer pudimos ver en las televisiones a grupos de energúmentos, salvajes, analfabetos, irracionales y brutos asaltar y tomar el Capitolio de Estados Unidos cuando se resolvía un trámite más de las pasadas elecciones presidenciales. Entraron al edificio sin la menor dificultad, ocuparon despachos y se sentaron en la silla presidencial sin que apenas nadie les impidiese moverse a sus anchas. ¿Qué habría pasado si en vez de ser “arios” hubiesen sido negros o hispanos? Tipos como esos los hay en todos los países del mundo, formando la mayor y más activa internacional de la destrucción que ha existido desde la década de los años treinta del siglo XX. ¿Cuál es su lema? ¿Dios, Patria, Rey, Fueros? ¿Lo que hay en España para los españoles? ¿El que sea pobre que se joda? ¿Muerte al diferente? ¿No a los impuestos? ¿Nos van a meter un chiss? ¿Tolerancia cero? ¿Me va a decir usted a mi lo que tengo que beber antes de conducir?  Todos y cada uno de ellos, sin formar un corpus intelectual, sin coordinación racional, sin análisis meditado, pero sí como un sentimiento, como una emoción sentida y compartida que da derecho tanto a invadir el Capitolio como a regresar al derecho de pernada o la ley del más bestia.

Sin embargo, caeríamos en yerro fatal si solamente atribuyésemos lo ocurrido en Estados Unidos y lo que está sucediendo en muchos países del mundo a la reacción irracional de una parte de la población que, desengañada y defraudada, ha optado por elegir a líderes ridículos y cavernícolas como Trump o Ayuso para que diseñen y dirijan su futuro y el de sus hijos. Para aquilatar debidamente lo que está sucediendo es preciso, a nuestro entender, valorar la influencia que las redes sociales tienen en la conformación del pensamiento de los individuos y los colectivos, el proceso de embrutecimiento al que está siendo sometido el planeta mediante la difusión extraordinaria y positiva de conductas y valores deplorables, los efectos sobre el aumento de la exclusión de la globalización, la desmovilización casi absoluta de la parte de la población que históricamente ha movido al mundo hacia el progreso y, por supuesto, la encapsulación de una clase política cada vez más parecida a la famosa Nomenclatura que dominó la URSS durante sus últimos lustros de existencia.

Lo de ayer puede parecer a muchos un hecho anecdótico. No lo es. A Trump, como a Díaz Ayuso, por poner un ejemplo cercano, le siguen millones de personas a las que ya apenas une nada con la democracia, personas que se alimentan de gestos, de palabras gruesas y de desafíos de niño maleducado. Ni en España ni en Estados Unidos existe amenaza comunista alguna, lo que verdaderamente está en peligro es la democracia que parió el Estado Social de Derecho, el sistema que procura el desarrollo individual junto a la redistribución de la riqueza para evitar la marginación y la pobreza, que garantiza el respeto a los Derechos Humanos de todas las personas, que nos separa de las sociedades primitivas en las que todo se regía por la fuerza y la bestialidad. Estamos, pues, ante un momento crucial de la historia de la Humanidad, o quienes creemos en la democracia reaccionamos contra los bárbaros cada día más brutos y numerosos, o los bárbaros acompañarán al cambio climático en la destrucción de la Humanidad.

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