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Crecimiento y modernización productiva en la eurozona

Gabriel Flores | Economista

Nuevatribuna | 27 de marzo de 2015

El crecimiento económico de la eurozona en los próximos dos años no solo se prevé frágil sino que además no es sostenible.

El crecimiento económico de la eurozona en los próximos dos años no solo se prevé frágil. Hay un problema aún más importante: no es sostenible

Numerosos factores impulsan el crecimiento de la eurozona y lo seguirán haciendo en los próximos meses. Se trata de un crecimiento significativo (las previsiones para 2015 lo sitúan entre el 0,9% y el 1,7%) que no cabe menospreciar, pero frágil.

En sentido contrario, los factores capaces de generar nuevas crisis son también abundantes y poderosos. De materializarse alguno de ellos, podría dar al traste con toda expectativa de recuperación. Si no estalla ninguno de los múltiples factores de crisis que están al acecho, la recuperación se prolongaría hasta 2016. Al final del artículo mencionaré, sin entrar en su análisis, algunos de esos riesgos.

Pronosticar cualquier cosa más allá de 2016 sería adentrarse en tierras ignotas de las que solo se atreven a hablar algunos expertos en las artes adivinatorias. Cabe afirmar, no obstante, que los factores externos o coyunturales que animan desde hace meses la demanda interna de la eurozona y están detrás de la reactivación de las economías que comparten el euro no podrán mantenerse por mucho tiempo. ¿Qué hacer con ese crecimiento mientras dure?    

Resulta adecuado, para intentar contestar a esa pregunta, comparar las causas que impulsan el crecimiento de EEUU con los factores que sostienen la recuperación económica que muestra la eurozona.

En EEUU, las causas que han permitido que su PIB crezca en términos reales un 2,4% en 2014 y que autorizan a prever un crecimiento aún mayor (en torno al 3%) en 2015 y 2016 son fundamentalmente internas: incremento de la inversión productiva de las empresas; mejora de la rentabilidad y competitividad empresariales gracias a la reducción de costes energéticos y laborales; reindustrialización, con una recuperación sostenida de la producción manufacturera que ya supera en cinco puntos porcentuales los niveles de antes de la crisis; notable creación de empleos y rápida reducción de la tasa de paro…

Es cierto que la economía estadounidense da signos de agotamiento y que no escasean los problemas: gran parte de los muchos nuevos empleos generados en los últimos años son tan precarios e indecentes como los pocos que se crean en Europa; la desigualdad en la distribución de rentas y patrimonios es más elevada que en la eurozona y ha seguido aumentando tras la recuperación del crecimiento; la enorme inyección de tres billones de dólares realizada por la Reserva Federal desde finales de 2008 ha impulsado la demanda interna y el crecimiento, pero también la especulación y nuevas burbujas, especialmente en el sector inmobiliario y en las cotizaciones bursátiles. La Reserva Federal sopesa el momento conveniente para subir los tipos de interés y reducir la base monetaria. Será en los próximos meses.

Pero lo más significativo del curso seguido por la economía estadounidense en los últimos años ha sido la compatibilidad  entre crecimiento y cambio estructural, modernización productiva y reindustrialización. Las políticas de expansión monetaria han facilitado esa compatibilidad, pero también han provocado un más que notable incremento de la deuda pública y la generación de nuevas burbujas especulativas.

El recorrido de la eurozona tras el estallido de la crisis global en 2008 ofrece un perfil muy diferente. Tras caer en una segunda recesión (que comenzó en el cuarto trimestre de de 2011 y finalizó en el primer trimestre de 2013) y experimentar en 2014 un pequeño crecimiento del 0,8%, las previsiones apuntan a una mejora en 2015 y 2016. La reactivación está siendo impulsada, esencialmente, por dos factores externos sobre los que las posibilidades de influencia de las instituciones de la UE son mínimas: reducción sustancial del precio del petróleo (un 52,4%) en los últimos doce meses y depreciación significativa del euro frente al dólar (un 23,3%) en igual periodo.

En la eurozona no se ven por ningún lado ganancias significativas de productividad ni mejoras en la inversión productiva de las empresas ni, por supuesto, del sector público; tampoco, mayores inversiones en nuevas tecnologías o en I+D. La tasa de empleo de la eurozona (63,5% en 2013)  sigue estancada en niveles cuatro puntos por debajo del que alcanza en EEUU, mientras que las tasas de paro, partiendo de niveles similares de alrededor del 9,5% en 2009, han seguido trayectorias opuestas, las de EEUU se reducían hasta el 6,4% en 2014, mientras las de la eurozona aumentaban hasta el 11,6%.   

El crecimiento económico de la eurozona en los próximos dos años no solo se prevé frágil. Hay un problema aún más importante: no es sostenible. La actual recuperación económica no deriva de mejoras en la productividad global de los factores. Nada indica que la estrategia de salida de la crisis basada en la austeridad haya generado nuevos motores de crecimiento, modernización productiva o cambios estructurales que alienten la recuperación económica.

Por el contrario, el precario y muy coyuntural equilibrio de las cuentas exteriores conseguido por los países del sur de la eurozona, la reducción de sus déficits públicos y, sobre todo, la notable transferencia de rentas a favor del capital y en contra del trabajo que han propiciado las políticas de reforma del mercado laboral y devaluación salarial se han mostrado incapaces de recuperar el crecimiento potencial perdido.

Las políticas de austeridad y devaluación interna han demostrado con creces que no son la antesala de la recuperación sino una condena que va a obligar a la mayoría social a convivir, durante los años que estén en vigor los recortes, con altas tasas de paro, empleos indecentes, salarios que no aseguran salir de la pobreza, pérdida de bienes públicos, desigualdad creciente y ampliación de los márgenes de exclusión y precariedad social. En resumen, la mayoría social de los países del sur de la eurozona ha identificado la austeridad con el deterioro de sus condiciones de vida y trabajo.

A los decisivos factores externos de estímulo de la demanda que conforman la reducción del precio del petróleo y la depreciación del euro se suman algunos cambios ocurridos en la economía alemana que favorecen el crecimiento de la eurozona y varias decisiones de las instituciones comunitarias que desde hace meses colaboran en el impulso de la demanda interna.

En primer lugar, la paulatina reducción del superávit corriente que mantiene Alemania (alrededor del 2,5% de su PIB) con sus socios de la eurozona y el creciente excedente comercial con el resto del mundo (que ya supone en torno al 5,5% del PIB de Alemania) impulsan la actividad económica en Alemania sin perjudicar la de sus socios de la eurozona.

En segundo lugar, el retraso el aplazamiento en el ajuste presupuestario concedido a Francia e Italia impulsa la actividad económica de estas dos grandes economías y, de paso, la de sus principales socios comerciales.

En tercer lugar, las medidas de expansión monetaria (quantitative easing) puestas en marcha a partir del 9 de marzo de este año por el BCE aumentan la oferta monetaria, reducen las tasas de interés y contribuyen a la depreciación del euro, con el consiguiente empuje al sector exportador y el alivio de la carga financiera que soportan empresas y Administraciones Públicas.

Y en cuarto lugar, el lanzamiento del Plan Juncker de inversión productiva con fondos comunitarios intentará acompañar los incentivos a la demanda con una modesta inversión productiva pública y privada.

El conjunto de todas esas medidas muestra que, pese a sus reticencias a reconocerlo, las instituciones europeas han tomado nota del fracaso de la estrategia de austeridad y aceptan la idea de complementar los estímulos que nos vienen del exterior con medidas de aliento temporal de la demanda interna. Es un reconocimiento implícito de que las políticas de austeridad no han funcionado ni funcionan. Pero los cambios llevados a cabo por las instituciones europeas indican también, paradójicamente, un reforzamiento de la voluntad de cerrar el paso a cualquier otra estrategia alternativa de salida de la crisis y recuperar las políticas de austeridad más adelante, cuando la inestabilidad sociopolítica, la crisis provocada por el triunfo electoral de Syriza y los riesgos de deflación se consideren superados.

El problema fundamental de esta nueva combinación de políticas de austeridad, que se relajan, y medidas de estímulo de la demanda, que ganan protagonismo, es que los poderes hegemónicos europeos responsables de esta reorientación de la política económica siguen sin plantear soluciones de fondo y duraderas a los graves problemas que atenazan el funcionamiento de la eurozona e impiden la recuperación del crecimiento potencial perdido.

Problemas que, sin ánimo de ser exhaustivos, podrían resumirse en tres aspectos. Primero, las deficiencias e incoherencias institucionales de la eurozona. Segundo, la ausencia de modernización de las estructuras y especializaciones productivas de los países del sur de la eurozona. Y tercero, el aumento de las diferencias estructurales que cada día fragmentan más el mercado único, al separar a las economías del sur de las del norte de la eurozona y, dentro de cada Estado miembro, a los diferentes sectores sociales y regiones.   

Ninguna de estas tres cuestiones esenciales forma parte de las agendas de las instituciones y los líderes europeos. Más aún, tampoco están demasiado presentes en las reflexiones y las propuestas de las izquierdas europeas, que vacilan en jugar la carta de intentar superar las políticas de austeridad o involucrarse aún más en la gestión de las políticas de austeridad para intentar suavizarlas y dotarlas de un rostro más humano.

Hasta el momento, las fuerzas europeas de izquierdas no han acreditado tener la capacidad (tampoco demasiada voluntad) de proponer alternativas susceptibles de convencer y unir a las fuerzas progresistas que realmente existen para disputar la hegemonía a la derecha ni para movilizar a una ciudadanía que sufre de forma muy desigual las políticas de austeridad, en función del país en el que reside, el sector en el que trabaja, los recursos de los que dispone y las oportunidades que percibe de encontrar o mantener su empleo y mejorar su situación o, al menos, no empeorarla.

De mantenerse el desinterés por los problemas institucionales y estructurales mencionados antes, la actual reactivación económica no habría servido para nada o, peor aún, habría contribuido a elevar los ya muy altos niveles de endeudamiento público y privado, consolidar la actual especialización productiva y exportadora de los países del sur de la eurozona en actividades intensivas en trabajo barato y precario e impulsar la especulación y la toma de riesgos excesivos por parte de unos  inversores que no podrán orientarse, una vez más, con las distorsionadas y apagadas señales de riesgo que emiten unos mercados cebados con el dinero abundante y barato del BCE.

Si el camino que sigue la eurozona es el de una estimulación ciega de la demanda interna, sin que el poder político adopte los incentivos y las medidas necesarias para impulsar, al tiempo, una inversión pública y privada que propicie la modernización de las estructuras y especializaciones productivas, la recualificación de la fuerza de trabajo y el cambio de modelo de crecimiento nos encontraremos al final de esta fase de reactivación en una situación imposible para las economías del sur de la eurozona. Antes o después, empezará a remontar el precio del petróleo, volverá a apreciarse el euro y acabará la fase de dinero abundante y barato que acaba de iniciar el BCE. En esa nueva situación, la subida de los tipos de interés y las primas de riesgo, tanto para la deuda pública como para la privada, supondrían para las economías del sur de la eurozona la reaparición del fantasma de la crisis financiera de 2008, pero en una situación de mayor vulnerabilidad de las economías periféricas.

Las izquierdas y las fuerzas progresistas que en el Estado español pugnan por acabar con las políticas de austeridad, sanear y regenerar la vida política y el sistema de partidos, sancionar a los corruptos y conquistar espacios de poder político que permitan avanzar en la consecución de esos objetivos deberían incorporar a sus reflexiones y discursos una perspectiva a medio y largo plazo de los problemas estructurales e institucionales que afectan a la eurozona y las correspondientes propuestas de solución. Nada peor que unos líderes y unas fuerzas políticas que no reconocen las oportunidades que ofrece la actual fase de reactivación económica ni los nuevos y graves problemas que se están incubando en su seno.

La marcha de la eurozona en los últimos años muestra que la austeridad no casa bien con el cambio estructural. Sería dramático que dentro de dos años se comprobara que tampoco el crecimiento ha sido capaz de promover cambios estructurales que vayan más allá del abaratamiento de los costes laborales y la desregulación y precarización del mercado de trabajo. Si los cambios estructurales y la modernización productiva se dejan al albur de los mercados realmente existentes es imposible que prosperen. Unos mercados distorsionados por las políticas de expansión cuantitativa no van a emitir las señales que necesitan los inversores para hacerse una idea fiel de los riesgos, oportunidades y rentabilidad de las diferentes opciones disponibles.

Para terminar con la descripción del tipo de crecimiento que está experimentando la eurozona, sus límites y debilidades conviene tener en cuenta los factores de riesgo que pueden impactar en cualquier momento sobre la actual recuperación de la actividad económica, trastornando por completo el panorama. La simple enumeración permite constatar la fragilidad de la recuperación y abunda en la precariedad de la actual fase de crecimiento económico en la eurozona.

En primer lugar, la salida accidental o desordenada de Grecia de la eurozona; aunque, en mi opinión y pese al bloqueo y encanallamiento de las negociaciones entre Grecia y las instituciones, tal tipo de salida sigue siendo muy improbable.

En segundo lugar, los graves problemas de la economía rusa y la gestión del conflicto de Ucrania que enfrenta al Gobierno de Putin con la UE y EEUU.

En tercer lugar, la frágil situación del conjunto de las economías emergentes y especialmente de las que dependen en mayor medida de las exportaciones de petróleo y otras materias primas.

En cuarto lugar, el precio del petróleo y la vinculación de su evolución con la marcha de la economía mundial y con los intereses comunes y disputas que existen entre los países de la OPEP.

En quinto lugar, el conflicto palestino-israelí y, por extensión, árabe-israelí tras el nuevo triunfo electoral en Israel de las posiciones más radicales en su intransigente oposición a cumplir las resoluciones del Consejo de Seguridad de Naciones Unidas o aceptar los planes de la comunidad internacional para lograr una paz sustentada en la existencia de dos Estados.

En sexto lugar, la intensificación de los enfrentamientos bélicos en el mundo musulmán y la amenaza terrorista global que sostienen grupos radicales y fundamentalistas de origen islamista como Al Qaeda o Estado Islámico.

Demasiados conflictos, riesgos e incertidumbres, en todo caso, para no advertir la fragilidad de las prospecciones de carácter económico. Incluidas, por supuesto, las perspectivas, hipótesis e intuiciones contenidas en las líneas anteriores.

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