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Un corazón helado y en campaña

Javier López |

Nuevatribuna | 07 de noviembre de 2019

No entiendo la razón por la cual la derecha, la derechita cobarde, la ultraderechona sin complejos, va a tener una nueva oportunidad de gobernar España

No, no veo grandes ilusiones electorales. No hace tanto que votábamos y dejábamos en manos de los partidos políticos armar los consensos necesarios para poner en marcha un gobierno. El relativo triunfo electoral del Partido Socialista, con un panorama electoral fragmentado, hacía aconsejable un gobierno moderado de la izquierda, con el consenso, si no el acuerdo, o la connivencia de la derecha.

Para ello hubiera sido necesaria la generosidad de los socialistas para dar cabida a un Podemos que, a su vez, debería haber volcado sus esfuerzos en acordar las medidas imprescindibles de un gobierno de izquierdas, más que en la obtención de carteras ministeriales. Hay que reconocer que las dos almas de la izquierda son difícilmente reconciliables, pero me niego a creer que sean incapaces de alcanzar acuerdos claros, firmados, públicos, realizables y exigibles.

También hubiera sido necesario que los partidos de derechas que se reclaman centristas, al menos alguno de ellos, hubieran facilitado la gobernabilidad, por ejemplo con una abstención, aun habiendo puesto condiciones y limites al programa de un gobierno de izquierdas.

Otra parte de la solución hubiera pasado por que el catalanismo militante hubiera dado su apoyo a la fórmula de gobierno de izquierdas. No es que la izquierda hubiera alentado el independentismo, pero la reflexión sobre un futuro modelo de Estado en el que las fuerzas nacionalistas pudieran sentirse cómodas, hubiera sido, tal vez, viable en breve plazo.

El último problema ha sido que la sentencia del Tribunal Supremo sobre el Procés ha conducido a los sectores más radicales del independentismo al amotinamiento cada vez menos pacífico, lo cual fractura aún más a la sociedad catalana y facilita a la derecha un banderín de enganche en el  resto de España, al tiempo que sitúa en el filo de la navaja el entendimiento de la izquierda.

Basta comprobar las discrepancias entre las posiciones de Esquerra Republicana, con sus líderes en la cárcel, más proclives al diálogo, frente a las de Puigdemont, o Torra, instalados en sus palacios de Waterloo, o de Barcelona, echando leña al fuego y dando caña a diestro y siniestro. 

Nada de esto se hizo viable, por más que fuera necesario y que nada lo hiciera imposible. Cada uno de los actores en liza justifica sus posiciones. Nadie dará su brazo a torcer, aunque algunos pagarán un alto coste electoral y otros resultarán beneficiados por una apuesta a todas luces arriesgada, que tan sólo puede reforzar al bipartidismo y a la ultraderecha. Operaciones de mayor fragmentación de la izquierda, surgidas al rebufo de la nueva convocatoria electoral y de las tensiones dentro del podemismo y sus confluencias, pueden terminar en Más, o en Menos. Nunca se sabe en los días que corren.

Iré a votar y votaré izquierda, porque creo que ese voto, el tuyo, el mío, es una de las pocas oportunidades de futuro que tenemos, que nos dejan, que nos queda

Lo cierto es que la gran beneficiaria será la derecha sin complejos, la que no duda nunca en pactar con el diablo con tal de ocupar el poder, la que está dispuesta a realizar concesiones y guiños a la ultraderecha, aunque supongan recortes de derechos y libertades públicas. Hay hasta quien se gasta el dinero en seguir el ejemplo de Trump y poner en marcha campañas, en redes sociales, encaminadas a desalentar el voto de la izquierda y fomentar la abstención. Si al amigo americano le dio resultado, por qué no intentarlo también en España.

Por otro lado, cada punto que pierda la izquierda, será un punto ganado para la derecha. Esa derecha que por activa, o pasiva, de forma pública y abierta, o de manera vergonzosa y vergonzante, pondrá en marcha no pocas propuestas programáticas de una ultraderecha, cuyo programa se encuentra plagado de propuestas inconstitucionales cuyo único objetivo es profundizar en la locura de dos Españas enfrentadas, abocadas a un único destino posible que termine juntando sus huesos fusilados en cualquier cuneta, dentro de un mausoleo presidido eternamente por el caudillo triunfador de turno.

Los programas ultraderechistas y ultraliberales que proponen acabar con la autonomía de Cataluña y, como consecuencia, con todas las comunidades autónomas, recentralizando las competencias, están fuera del marco constitucional de un estado de las autonomías que nos permitió recuperar la democracia y las libertades hace más de cuarenta años. Supone volver a esa España una, pequeña, mediocre y dictatorial.

Otras propuestas como derogar la ley contra la Violencia de Género, atentan contra la igualdad y dan carta de naturaleza a la violencia en las relaciones entre sexos. Rebajar el impuesto de sociedades y las cotizaciones sociales que pagan las empresas por cada trabajador o trabajadora, ya bastante mermados por bonificaciones, exenciones, e ingenierías fiscales, supone acabar con las pensiones y cargar sobre el resto de la ciudadanía el sostenimiento de las pensiones, las prestaciones y servicios que recibimos del Estado.

Una de las consecuencias será que habrá dos sistemas de pensiones. Uno chiquitito y público, en función de lo que hayas cotizado. Otro privado y de capitalización, en función de lo que hayas ahorrado en fondos privados, que como bien sabemos, capitalizan poco y terminan perdidos en las casas de apuestas de la bolsa.

Hay que buscar un enemigo. Antes quemaron judíos, moriscos, homosexuales y a las que ellos llamaban brujas. Luego fusilaron maestros, intelectuales, obreros, rojos, masones, socialistas, comunistas, republicanos y demócratas. Ahí siguen en las fosas y en Cuelgamuros. Por eso no soy partidario de demoler ese monumento que perpetúa la memoria del horror franquista.

Los enemigos que han encontrado ahora son los inmigrantes. Esas personas que vinieron de lejos para buscar una oportunidad de vida para ellos y para los que quedaron en su tierra. Quienes no tienen papeles deben ser deportados. Hay que privarles del acceso a la sanidad pública, olvidando que supondría poner en peligro la salud de toda la ciudadanía. Arrebatarles la posibilidad de acceder a una situación regular demostrando el arraigo en nuestra tierra. Levantar muros, a lo Trump, en Ceuta y Melilla.

Da igual que haya más de 2´5 millones de españoles repartidos por todo el mundo, de Argentina a Australia, de Alemania, o Reino Unido, a Estados Unidos. Imaginemos que en cada uno de esos lugares hicieran lo mismo que la ultraderecha quiere hacer en España.

No veré muchos debates electorales. No asistiré a mítines a aplaudir a nadie. No entiendo la razón por la cual la derecha, la derechita cobarde, la ultraderechona sin complejos, va a tener una nueva oportunidad de gobernar España. Pero iré a votar y votaré izquierda, porque creo que ese voto, el tuyo, el mío, es una de las pocas oportunidades de futuro que tenemos, que nos dejan, que nos queda.

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