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Cómo aprender a mentir en diez lecciones

Jesús Espelosín | Mientras dure la cosa

Nuevatribuna | 14 de mayo de 2020

Aunque habría mucho que decir sobre el tema, empecemos por justificar, incluso moralmente, la mentira. Noah Harari nos ha recordado que el descubrimiento del mito por el sapiens fue lo que propició la colaboración de congéneres y, con ello, el progreso de la humanidad. Así pues, si usted tiene un mito con el que piensa que la humanidad puede progresar, no se preocupe de que sea, o no, cierto. En última instancia, recuerde que el fin justifica los medios (tampoco se preocupe de que esto no sea verdad) y, si es preciso, mienta.

Pero mienta bien, porque, si no, nadie va a creerle. Y, para ello, voy a recordarle varias normas que, antes que yo, y todas ellas, grandes profesionales de la falsedad han practicado.

En primer lugar, estaríamos en el CONÓCETE A TI MISMO ya que no todo el mundo está dotado para la mentira. Si a usted, por un mal funcionamiento de sus capilares faciales, le aumenta el flujo sanguíneo en la cara en situaciones de estrés o ansiedad, no se dedique a mentir. Cuando uno se pone colorado cuando está colocando una bola, no sirve para esto.

En segundo lugar, ELIJA A QUIEN QUIERE ENGAÑAR. Cuando usted tenga una mentira que contar, debe estudiar quien se la va creer y, si esas personas pertenecen a su grupo objetivo. Todos elegimos nuestras creencias y, por ello, nos creemos lo que deseamos y rechazamos, de entrada, lo que no nos gusta. Por ello, piense que hay una mentira para cada persona y que es primordial encontrar la correspondencia biunívoca entre una trola y quien se la trague. Pero, si lo consigue, habrá obtenido el premio gordo: así como no es posible engañar para siempre a todo el mundo, hay personas que pueden vivir engañadas durante toda su vida. Esos, serán sus incondicionales, bien les hable de la planeidad de la tierra, de la existencia de ovnis o de que Elvis Presley vive todavía. O les coloque una ideología por absurda que sea.

LA MENTIRA NO PUEDE SER EVIDENTE. Esta sería una primera condición de la misma. Para ello, la historia debería ser de difícil comprobación. Todo lo que entra en el mundo de lo opinable tiene esa característica, así como lo que no se ve o existe solo en universos no visitables. Los bulos son un ejemplo de esto. Y, recuerde, una simple insinuación, a este respecto, puede ser suficiente: los miembros de su grupo objetivo sabrán entender lo que les quiere decir.

Pero, AÑADA CIERTAS DOSIS DE VERACIDAD entreverada con la patraña. Eso, esa parte real y comprobable, dará veracidad al resto de la engañifa que, así, parecerá más cierta.

Es muy importante que REPITA MUCHAS VECES LA MISMA MENTIRA. Eso de que una mentira repetida se convierte en verdad no solo es un tópico sino algo empíricamente demostrado en la historia. De hecho, una parte de nuestro modo de vida se sustenta en conceptos de difícil aseveración aunque no nos planteemos su realidad.

Respecto de la forma de contar la trola, ADAPTE EL TONO AL CARÁCTER DEL CUENTO. Esto es muy importante para el engaño ya que la farsa ha empezado siempre por la forma en que se contaba. Desde el teatro griego esto es algo sabido: mientras lo trascendente debe contarse impostando, o ahuecando la voz, el tono debe ser más festivo si se trata de hacer pasar por una broma un argumento contrario. Pero, si usted no está dotado para el histrionismo, siempre le queda el recurso de poner cara de póker para todas las situaciones. No es lo mismo, pero al menos no le traicionará su semblante aparentando lo contrario de lo que esté usted diciendo.

A este respecto CUIDE EL LENGUAJE CORPORAL. Ya hemos hablado desde un principio del riesgo de ruborizarse en plena exposición de la falacia pero esto no es lo único que le puede perjudicar. Un aspecto distraído mientras está pontificando, una gesticulación excesiva, una apariencia desaliñada o un tono monocorde en la exposición del embeleco, pueden dar al traste con sus propósitos.

Y, por último, trate de convencer a un grupo, aunque sea reducido, de personas para que compartan su embuste. Es lo que podríamos denominar la explotación del éxito. En el ejército, esto se confía al arma de caballería. Aquí, se llama OPINIÓN PÚBLICA. Cuando usted crea que su historia, su mito, es compartido por más personas, sea cual sea su número, ya puede decir que forma parte de la opinión pública y, eso, equivale a como si fuera la próxima cosa a incorporar al cuerpo legal del país.

El lector más observador se habrá dado cuenta de que no he hablado de las diez lecciones que prometía en el título. Esta es la última lección: MIENTA EN EL TITULO. Tenga en cuenta que la mayoría de las personas que van a una librería o acceden a un medio de comunicación, por ejemplo, no pasan del título, a no ser en casos tan excepcionales que no es preciso tenerlos en cuenta.

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