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Combatir las ideas de la extrema derecha, no a sus votantes

Pau Solanilla | Consultor Internacional

Nuevatribuna | 08 de noviembre de 2019

Foto: Público.es
Foto: Público.es

La irrupción de la extrema derecha en España en el mapa político está sorprendiendo a propios y extraños. Sin embargo, su presencia e influencia en Europa no es nueva. Lleva años amenazando las bases de la democracia y de la convivencia ante la impasividad o incapacidad de las instituciones de las democracias liberas para ponerle freno. Vox, la versión española de esta nueva extrema derecha emerge con fuerza dejando atrás la llamada excepción española que la mantenía como fuerza extraparlamentaria desde hace décadas. Su irrupción en el Parlamento de Andalucía con 12 escaños permitió un pacto de “las tres derechas” para gobernar por primera vez en Andalucía. Igualmente, los 24 diputados en el Congreso y sus perspectivas de crecimiento constituyen un reto para la democracia española.

Lo más preocupante de todo ello es que su presencia desborda su representación institucional. Las ideas de la extrema derecha son hoy políticamente influyentes y condicionan una buena parte de la agenda del debate público. El partido liderado por Santiago Abascal ha reventado las costuras de las formaciones de la derecha y ha empujado tanto al Partido Popular como a Ciudadanos a endurecer sus discursos y competir por el electorado de derechas españolista. La incertidumbre, y sobre todo el miedo, constituyen probablemente el más temible de los demonios de nuestras sociedades de hoy, y los populistas y muy especialmente la extrema derecha saben sacar buen rédito de él como demuestra la victoria en EEUU de Donald Trump, el exponencial crecimiento de partidos políticos de extrema derecha en el corazón de la vieja Europa como el Frente Nacional –hoy Reagrupamiento Nacional– de Marinne Le Pen en Francia, La Liga Norte en Italia, el UKIP en Reino Unido o el partido de Gert Wilders en los Países Bajos.

Hoy muchos se rasgan las vestiduras y lanzan proclamas acusándolos de un fascismo renovado, un ejercicio de desahogo, pero estéril desde el punto de vista político. A la extrema derecha se la combate en el terreno de las ideas, los relatos, la ejemplaridad, la ética y la épica

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La falta de comprensión de las causas, especialmente del estado emocional de la sociedad, y la falta de atención por parte de los partidos tradicionales de análisis a la emergencia de Vox ha dejado vía libre a la formación para desplegar su estrategia sin apenas oposición. La minimización del caso lo refleja el expresidente José Mª Aznar, creyendo que Vox era simplemente la expresión del enfado de una parte de su electorado, y que, pasado un cierto tiempo, deberían volver a la casa común que es el Partido Popular para transitar por un nuevo proceso de refundación del espacio político de centro-derecha. Su convicción era tal, que definió a Abascal en una entrevista con Ana Rosa Quintana en octubre de 2018 como «un chico lleno de cualidades». Sin embargo, Abascal, lejos de pensar en una vuelta a casa de los padres, se revolvió con furia acusando a sus antiguos correligionarios de ser “la derechita cobarde que ha preservado el nefasto legado de Zapatero”.

La emergencia de Vox, no es fruto de la casualidad o de la coyuntura, sino que obedece a un largo proceso que se inició hace unos años en los que han ido incubando y testando relatos y formatos que emanan de fuentes y valores diversas que poco tienen que ver con los métodos de la extrema derecha española tradicional. Hoy despliega una estrategia basada en nuevos relatos, nuevos métodos y nuevas alianzas internacionales. Sus fuentes ideológicas y financieras no son ya los tradicionales vínculos con el franquismo, sino de la nueva derecha conservadora conocida como la Alt Right y que está agitando el mapa político de la derecha más radical a nivel internacional.

El combate de las ideas

La emergencia de la extrema derecha es el fruto de la incapacidad de la política y las instituciones de responder a los retos a los que nos enfrentamos como sociedad. Vivimos en entornos crecientemente irascibles y cabreados en un mundo que se mueve a un ritmo vertiginoso generando trastornos y desajustes funcionales y emocionales en importantes colectivos económicos y sociales. Y es ahí donde la extrema derecha tiene el terreno abonado para crecer desplegando un discurso altamente emocional. Vox despliega una narrativa basado en los gloriosos viejos tiempos y apelando a la vuelta al orden moral, político, económico, territorial y cultural de una España atacada por diversos partidos golpistas -incluyendo la izquierda-, que se han apropiado de las instituciones.

Defienden un ultranacionalismo español de nuevo cuño con un relato simplificado y mensajes sencillos pero muy emocionales, fáciles de memorizar y complejos de rebatir. “Tendremos que elegir entre las pensiones o el sistema autonómico”,  y acabar con el despilfarro de 90.000 millones de euros que gestionan las autonomías. Este "despilfarro" y el "gasto político" de éstas pone al país en una situación "dramática" a la economía. Su discurso xenófobo alimenta el odio al extranjero y particularmente a los inmigrantes, proclamando que hay que acabar con la “inmigración ilegal subvencionada” que penaliza a los españoles y acusando veladamente a los extranjeros de la mayoría de los delitos. Discursos que se sitúan fuera del marco constitucional y que por desgracias no ha encontrado frente a él, líderes o partidos que combatan su ideología excluyente y elaboren un discurso pedagógico alternativo que combine razón y emoción.

La política siempre ha estado vinculada a la emoción, pero se está utilizando hoy más para la división y la polarización que para construir un proyecto político inclusivo. Lo más urgente, por el momento, es combatir las ideas de la extrema derecha en aquellos temas que son importantes para muchos ciudadanos pensando que VOX es quien mejor defiende sus intereses. Algo lejos de la realidad. Las banderas son simbólicamente importantes, pero no solucionan por sí mismas los problemas. Hay que ofrecer soluciones nuevas, generar nuevas expectativas y construir coherencias. Las medidas que propone Vox van contra el interés general y especialmente de la protección de las clases medias y populares. Medias como transformar el sistema de pensiones de público a semi-privado, reducir drásticamente los impuestos a las rentas más altas hasta un máximo del 22% para los trabajadores (hoy del 46% para los sueldos más altos). Aunque para estos comicios ha camuflado más neoliberales y proponiendo numerosas propuestas sin concretar para las elecciones del 10 de noviembre su programa supondría un enorme retroceso en políticas sociales además de las políticas de igualdad, lucha contra la violencia de género o la interrupción voluntaria del embarazo.

Hoy muchos se rasgan las vestiduras y lanzan proclamas acusándolos de un fascismo renovado, un ejercicio de desahogo, pero estéril desde el punto de vista político. A la extrema derecha se la combate en el terreno de las ideas, los relatos, la ejemplaridad, la ética y la épica. Liderar y gobernar hoy en sociedades posmodernas se fundamenta también en liderar el terreno de las ideas para combatir a los nuevos profetas que prometen la tierra prometida con discursos simples y emocionales. La crisis de la política tradicional tiene que ver con la crisis del liderazgo y con la crisis del lenguaje. Los liderazgos de los partidos tradicionales han estado más preocupados de dar fogonazos mediáticos y estar más pendientes del tacticismo que en construir nuevas coherencias que genere un círculo virtuoso de aceptación y movilización. La extrema derecha ha venido para quedarse y tenemos la responsabilidad de prepararnos para un combate de ideas y de acciones. Este combate no es contra sus votantes, sino contra sus ideas y sus mentiras.

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