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Chernobyl o la excelencia

nuevatribuna.es | 05 de junio de 2019

Hay una magnífica serie estadounidense y británica, Chernobyl, que nos explica, cinematográficamente, aquella pesadilla que creíamos parte de la noche de los tiempos, pero aún tan cercana. Cinco horas fascinantes sobre el horror, el triple horror del error humano, el horror de los paraísos fallidos y el horror que permanece sobre toda época humana pero que puede ser redimido con el arte (pero nunca se redime del todo, y ahí radica todo ese tercer horror).

¿Te acuerdas de Chernóbil?

Wikipedia nos dice sobre lo que tan brillante y detalladamente narra la serie:

“El accidente de Chernóbil fue un accidente nuclear sucedido el 26 de abril de 1986 en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, ubicada en el norte de Ucrania, que en ese momento pertenecía a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas, a 3 km de la ciudad de Prípiat, a 18 km de la ciudad de Chernóbil y a 17 km de la frontera con Bielorrusia.

Considerado, junto con el accidente nuclear de Fukushima I en Japón en 2011, como el más grave en la Escala Internacional de Accidentes Nucleares (accidente mayor, nivel 7), y suele ser incluido entre los grandes desastres medioambientales de la historia”.

Chernobyl, emitida y producida este año 2019 por la cadena HBO, es una serie de cinco episodios de unos 60 minutos de duración cada uno, creada y escrita por Craig Mazin y dirigida por él y por Johan Renck, que cuenta con un actor principal, la música de Hildur Guðnadóttir, y ha sido espléndidamente fotografiada por Jakob Ihre.

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No menos destacables son todos sus intérpretes, especialmente el triunvirato formado por sus más destacados actores: Jared Harris, Stellan Skarsgard y Emily Watson.

Harris y Skarsgard representan, respectivamente, a dos personajes reales: el científico soviético Valeri Legásov, que en tanto que miembro del comité de investigación del accidente, alertó desde el primer momento acerca de la enorme gravedad del mismo y aconsejó que se adoptaran las decisiones técnicas más inmediatas para contener la expansión del desastre atómico; y el dirigente soviético Boris Shcherbina, vicepresidente del Consejo de Ministros entre 1984 y 1989, encargado por Gorbachov de supervisar la gestión de crisis tras la debacle. Ninguno de los dos sobrevivió cinco años al desastre nuclear. Po su parte, Emily Watson interpreta a una científica bielorrusa ficticia, Ulana Khomyuk, a quien la propia serie se encarga de explicarla como la encarnación del grupo de científicos que participaron en la lucha contra la expansión terrible de los males causados por el accidente.

La producción de la serie es excelente, sin duda. Lo es la resolución de los inmensos problemas de recreación de una realidad devastadora, de una realidad extinguida, de aquel pasado retenido por la coyuntura brutal de un desastre y por su propia esencia de pasado diluido: el pasado de los últimos años del Imperio soviético y su roña y su desfachatez y su pereza intelectual y su increíble manera de emular grandeza en el fango de la dictadura de las mentiras como sostén de la verdad. Chernobyl cumple perfectamente su doble cometido, o quizás su único cometido, el de entretener creando belleza desde el horror sin faltar a lo que muy seguramente fue la auténtica verdad de un acontecimiento humano, demasiado humano.

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La Unión Soviética

Hace unos años escribí para Nuevatribuna un artículo titulado ‘Sin noticias de la Unión Soviética’ donde me fue imposible no hablar del terrible accidente de Chernóbil:

La Unión Soviética resuena aún en los oídos de la gente de mi edad con la fuerza inmensa de un océano despeñándose por un terraplén universal, cayendo por donde se vierten los rescoldos poderosos de los imperios muertos, desmoronándose sobre los pilares incombustibles del planeta, en un colapso geográfico inverosímil, ajeno a los mapas.

[…]

La Rusia comunista que era parte de la URSS y era al tiempo la Unión Soviética y el recuerdo de los zares autocráticos sustituidos por Lenin y Stalin y los que vinieron después hasta que Gorbachov hundió el buque para convertirse en el comunista más querido de todos los tiempos… fuera de la patria del comunismo.

Una república federal de repúblicas federadas en torno a la verdad latente del socialismo en un solo país, una república de repúblicas que encabezaba un mundo de repúblicas europeas (sobre todo europeas) donde el socialismo real era tan irreal como sus industrias suicidas, tan irreal como sus educados equipos de fútbol y sus educados equipos de baloncesto y sus atletas embajadores drogados y tan rubios. Tan Chernóbil desde 1986 hasta tus escombros. Tan catástrofe y tan radiación.

[…]

Postdata

¿Qué sabían los jugadores del ucranio Dinamo de Kiev (la ciudad capital de Ucrania situada a poco más de un centenar de kilómetros de la central dañada) sobre el reciente accidente, cuando pocos días después del estallido del reactor nuclear de la central de Chernóbil, el día 2 de mayo de aquel 1986, se enfrentaban y derrotaban al Atlético de Madrid, entrenado por Luis Aragonés, en la final de la Recopa de Europa de Fútbol? ¿Qué sabían Baltacha, Kuznetsov, Demianenko, Rat, Zavarov, Belanov o el mítico Blokhin aquel día en Lyon sobre lo que iba a acabar enterrando a la Unión Soviética, según las propias palabras del último dirigente soviético Mijaíl Gorbachov, recogidas en la ya inolvidable serie Chernobyl?

Muy seguramente nada supieran. La verdad y la mentira nunca se han llevado bien cuando el ser humano ha creado sistemas para proteger más al poder que a los súbditos. Y eso eran Baltacha, Kuznetsov, Demianenko, Rat, Zavarov, Belanov y Blokhin: súbditos de la Unión Soviética.

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