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Cárcel para sindicalistas

Luis María González | Periodista

Luis María González | 28 de abril de 2014

Pareciera que un sector de la fiscalía quisiera empujar ordenada e implacablemente a los sindicatos hacia el abismo...

¿Será casualidad? Supongamos que sí. Sindicalistas de Airbus (7 de CCOO y 1 de UGT), sindicalistas de CCOO de la Rioja (entre ellos, el secretario general), y ahora la secretaria general de CCOO de Baleares, solo por citar a los más recientes, pueden ir a la cárcel por ejercer el derecho constitucional de convocatoria y preparación de una huelga general. El fiscal pide para ellos un número diverso de años de cárcel (64 para los de Airbus, 2 para los de Rioja y 4 años y medio para la secretaria general de CCOO de Baleares), en lo que supone algo más que un varapalo judicial. Pareciera que un sector de la fiscalía, como antes ya hicieran sectores de la política, la economía o los medios de comunicación, quisiera empujar ordenada e implacablemente a los sindicatos hacia el abismo. Por intentarlo que no quede.

Hubo un tiempo en que los esfuerzos de la derecha, en el gobierno o en la oposición, se concentraron en impulsar la creación de una potente red de organizaciones sindicales afines, capaz de hacer frente al sindicalismo de clase y confederal. A la luz de los resultados, cabe afirmar que la operación resultó fallida, excepción hecha de algunas empresas y sectores que, por otro lado, ya contaban con sindicatos corporativos en el inicio de la transición democrática. Lo mismo cabe afirmar del sindicalismo nacionalista en el País Vasco o Galicia, inexistente en Catalunya, que ha tratado de reforzar su identidad a cambio de renunciar a la solidaridad y la unidad con el resto del sindicalismo. No ya los trabajadores del mundo, sino sus vecinos y vecinas poco le importan.

Fue necesario, pues, recurrir a otras maniobras. La crisis y las mal llamadas políticas de austeridad prepararon el camino. Ideólogos del desastre y estrategas del ultraliberalismo abrazaron la oportunidad de utilizar la crisis económica y financiera que ellos mismos provocaron, para poner en marcha un sistemático acoso al estado de bienestar y los derechos de las trabajadoras y trabajadores. Un ataque que pretendieron disfrazar de “cruzada contra los privilegios sindicales”,  pero cuyas víctimas serían la inmensa mayoría de los ciudadanos. La conclusión no deja lugar a dudas: allí donde el sindicalismo de clase se ha resentido o debilitado, las condiciones de vida de la población asalariada han empeorado en mayor medida que las de empresas y sectores con fuerte presencia sindical. Aunque nadie se ha librado de este vendaval antisocial que ha recorrido y recorre Europa de punta a punta.

Pero España sigue siendo diferente. La derecha que nos gobierna, quizás la más próxima al populismo ultraconservador y xenófobo que crece en Europa bajo el paraguas de la extrema derecha, ha querido dar otra vuelta de tuerca. Con la colaboración inestimable del aparato mediático y quien sabe si también de un sector de la judicatura, consideraron que el sindicalismo de clase merecía un escarmiento y si fuera posible, un golpe de gracia. Agarrados a algún que otro error de los propios sindicatos, alentaron una campaña sin precedentes en democracia contra CCOO y UGT, con un primer objetivo declarado: arruinar su imagen y prestigio, empresa para la que contaron y cuentan, con no pocos francotiradores de la “espontánea movilización social”. Y sin abandonar esta, parece haber empezado otra: el acoso y la petición fiscal de desproporcionadas penas de cárcel para dirigentes sindicales que ejercieron el derecho constitucional de convocatoria y preparación de una huelga general.

¿Cuál será siguiente agresión, cerrar las sedes sindicales, estigmatizar a sus representantes, clasificarlos como material inflamable? Sorprende la impunidad con la que se llevan a cabo estas operaciones en un contexto de radical cambio del modelo social -impunidad que debe hacer reflexionar también a los sindicatos- por parte de aquellos que estuvieron agazapados cuando hubo que pelear por la democracia y que ahora la toman prestada para callar a uno de sus principales valedores, el movimiento sindical. Pinchan en hueso.

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