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Capítulo 26 Oviedo, 1939

'Pisaré sus calles nuevamente' | La novela histórica de Pablo Fernández-Miranda de Lucas, por entregas en Nuevatribuna

'Pisaré sus calles nuevamente' | 29 de mayo de 2020

Plaza del Paraguas de Oviedo.
Plaza del Paraguas de Oviedo.

–¡Acabó la guerra, Mamina! –Mari se abrazó a su madre según le abrió la puerta; venía junto con Galo Paule.

–Sí, fía, pero no creas que con esto acabaron les penalidades.

–¿Qué crees?, ¿que no lo sé? –respondía Mari a la vez que Paule cabeceaba resignadamente dando la razón a Catalina.

–Pero lleves razón, al menos se acabarán tantos muertos en batallas y la agonía de algunas madres pensando si volverán a ver a sus hijos, porque a otras les queda mucho por sufrir. Y me alegro por muchos como tú, Galo o por mi hijo Adolfo; al menos ya no hay frente al que os puedan llevar. Pero vamos a seguir atravesando tiempos difíciles.

–No hay duda de que va a ser así –confirmaba Paule– “Si lo sabré yo”, pensaba; ¡Qué no habría visto y qué no le quedaría por ver en los calabozos y cárceles de los presos a la espera de juicio!

–Oyendo el parte de hoy, anunciando la victoria se me ponían los pelos de punta. Esi hombrín –así llamaba Catalina a Franco, con el que se había cruzado alguna vez en tiempos del noviazgo con Carmen Polo, tan estirada y enjoyada, del brazo de Franquito, como le llamaban sus superiores en África. Y Catalina, orgullosa, colgada del de Celestino que, desde su estatura tenía una vista cenital sobre los cuatro pelos de la cabeza “atortugada” del pequeño teniente coronel–. Ye mezquinu hasta para acabar la guerra. Desde los tiempos de Atila a nadie se le ocurre empezar un “parte” diciendo: “¡Cautivo y desarmado el ejército rojo!”… Suena al anuncio de la venganza que se va a tomar ahora.

–Me preocupa que eso incite a que muchos de los vencidos, que no consiguieron huir al extranjero, acaben echándose al monte –decía Paule profético– a esconderse, como ya está pasando en Asturias con miles de fugados que están en escondrijos. Si en vez de ir viendo que las cosas se apaciguan, ven que el panorama que les espera es el pelotón de fusilamiento, acabarán organizándose en partidas de guerrillas. Ya hay conatos. Este país tiene una larga tradición de eso.

En realidad el final de la guerra era desde, al menos unas semanas antes, una derrota anunciada para los republicanos. En casa de Paule y Mari llevaban esperando la noticia hacía más de un mes.

El 1 de abril de 1939 Franco firmó el parte de guerra anunciando su victoria. Anteriormente, el 6 de marzo, Paule llegó a la hora de comer a su casa en la Plaza del Paraguas. Nada más verle, Mari supo que algo había sucedido. No sabía interpretar si bueno o malo.

–Ha llegado un telegrama al cuartel. Aún no se ha hecho público, pero pronto se sabrá. Ayer ocurrió algo inesperado en Madrid, el coronel Casado, del ejército republicano, ha dado un golpe de estado que apoyan los moderados del Partido Socialista, entre ellos Julián Besteiro y Wenceslao Carrillo, el padre del chico ese que es el jefe de los jóvenes comunistas; Santiago, creo que se llama. Y ahora en Madrid hay enfrentamientos armados entre ellos. En contra del golpe están los socialistas de izquierda que apoyan al Presidente de Gobierno, Juan Negrín, y también los comunistas. Parece que el golpe lo han dado los partidarios de firmar la paz con Franco, como sea.

-Pues como crean que Franco va hacer alguna concesión, lo llevan claro.

A la semana ya era de dominio público y la radio anunciaba que el golpe de Casado había vencido tanto en Madrid como en Valencia.

-Los dirigentes comunistas a los que les pilló en Levante han podido huir en aviones o en barcos –le contaba Paule a Mari–. Se sabe que el jefe de la aviación, Hidalgo de Cisneros, voló junto con el general Modesto y varios más, a Francia. También han salido la Pasionaria y el Secretario General del PCE, José Díaz. Pero los que estaban en Madrid no. Casado les ha encarcelado. Hay varios miles encerrados. Esto ya se va a acabar de un momento a otro.

-Pues no sé si detrás estará Franco o los servicios secretos extranjeros, pero para los intereses “nacionales” no podía pasar nada mejor.

-De todas formas los republicanos iban a perder. Solo lo acelera.

-¡Bueno, bueno!... Ahora con esto, desde luego; pero Negrín defendía en la radio esa que está prohibido escuchar que, de un momento a otro, tal como están las cosas en Europa, va a estallar una guerra entre las potencias y que, de ser así, se generalizaría el conflicto y podrían cambiar las tornas con la entrada de armamento pesado para la República. Por eso insistía en que, para ellos, “resistir es vencer”. De todas formas, por mi parte, lo que quiero es que esto acabe, que Adolfo y tú no tengáis que ir al frente como dice mi madre, y que vuelva Tino.

Tesis de Carol. Notas

Negrín, desde la presidencia de gobierno, abanderaba la estrategia de resistir. Se le acusaba de iluminado pero pocos meses después del golpe contra él, la Segunda Guerra Mundial fue un hecho y, si en España hubiese continuado la guerra, los equilibrios hubiesen sido muy distintos. Los casadistas pensaban que había margen de negociación. Sorprende la aparente “inocencia” de experimentados políticos como Besteiro, con citas como la que el historiador Tuñón de Lara recoge en La España del siglo XX. Editorial Lara, 3a edición, página 827, en la que el dirigente socialista comenta al gobernador civil de Murcia: “Tengo la seguridad de que casi nada va a ocurrir. Espere los acontecimientos y quizás podamos reconstruir una UGT de carácter más moderado; algo así como los Tradeunions ingleses. Quédese usted en su puesto de gobernador, que todo se arreglará”. ¡Y eso se lo dice el 11 de marzo!, cinco días después del golpe, justo cuando se supone que estaban negociando.

Resulta desconcertante que, al aceptar la rendición incondicional, no abrieran las puertas de las cárceles en Madrid. Cuando entraron las tropas de Franco las encontraron llenas de comunistas. No tuvieron ni que buscarles, se los entregaron en el redil.

En Oviedo las semanas posteriores al fin de la guerra no fueron muy distintas a las anteriores. Lo único, los desfiles. Todos los días había desfiles. Desfilaban los tabores de Marruecos; “los gallegos” que habían liberado la ciudad; los requetés navarros, que vinieron desde el País Vasco; los falangistas, “camisas viejas”, que habían mantenido el cerco junto a las tropas de Aranda, a los que luego se habían sumado muchos “camisas nuevas” que habían brotado como champiñones; la Sección Femenina:

“¡lo mejor de cada casa!”, que organizaron una gran recepción a Pilar Primo de Rivera, la líder de las “mujeres de bien” de España, la hermana del “Ausente” ¡José Antonio! ¡Presente!

Desde su máquina de coser, Catalina pensaba lo mismo que había dicho tras los desfiles de 1934: “No hay en Oviedo tanta gente. Muchos de los que agitaban las banderas habrían estado igualmente en las celebraciones de la República en caso de haber triunfado”.

Pero la vida continúa. Ella tenía también otras preocupaciones en su cabeza; su hija Feli le había contado esa tarde que las cosas estaban peor con su marido.

–¿Y qué va a ser de tus dos fios?

–Los guajes lo entienden todo. Ya saldremos adelante.

–Eso dizse muy fácil. Pero están los tiempos como para salir adelante. Ya es difícil hacerlo unidos, como para hacerlo separados. Además, ¿tú has leído el folleto que han distribuido tras el discurso de la jefa de la Sección Femenina? Ahora te separas y te crucifican.

–A ver si te crees que soy boba. Ya sé cómo está esto, no digo que vaya a separarme mañana. Pero podré explayarme con vosotras ¿no? No lo aguanto. Anda con quien le parez y luego vien celosu a casa.

-Bueno, aquí expláyate lo que quieras, pero tampoco te hagas la santa. Su hermana Ina cogió un papel de la mesa del costurero.

-Mira: el folleto que diz Mamina: “La guía de la buena esposa”. Once reglas para mantener a tu marido feliz. Vamos a leerlas.

-¡Calla Ina! –intentaba quitarle el papel a su hermana, a la vez que reía.

-¡No, no! Hay que leerlo para aprender.“Arregla tu casa”. “Minimiza el ruido”.“Ten lista la cena”. ¡Joder hermana, es que no cumples una! ¡Mira!, esta sí: “¡Luce hermosa!” ¿Sigo? –las tres reían a carcajadas.

Feli consiguió arrebatarle el folleto.

-¡Oye!, que la décima también la cumplo: ¡Cómprate zapatos!

-¡Mentirosa! –reía Ina levantándose a la vez. Diz: “Ponte en sus zapatos”…–. Y siguió declamando las frases del pasquín: “No te quejes si llega tarde, si va a divertirse o si no llega en toda la noche, trata de comprender su mundo de compromisos”-.

Tuvieron que dejar de leer, las lágrimas de risa no les dejaban ver las letras; pero no empañaban la visión de lo que les caería encima a las mujeres en tiempos venideros.

-Bueno hermana, ya hemos hablado mucho de mí –decía Feli con cara de pícara–. Cuéntanos de esi mozu con el que se te ve por ahí.

Catalina miró atenta hacia su hija pequeña.

-¡Qué callado lo teníes! Al menos has esperado tres años más que tú hermana mayor, que a los catorce ya estaba ennoviada. A ver si no te hacen una barriga, como a ella….

La piel blanca, casi transparente, del rostro de Ina, se coloreó en un momento.

-¡Cuenta, cuenta! Y no seas boba anda, ¿entre nosotras va a date vergüenza?

-Bueno…. Ye un buen rapaz. Hemos salido un par de veces a dar una vuelta. Ye leonés, de Valporquero.

-¡Coño!: ¡cazurru! –dijo Catalina sin poder evitarlo–. ¿Y qué pinta por aquí?

-Se vinieron antes de la guerra por lo mal que estaba aquello. Los padres vendieron algunos praos y abrieron aquí un chigre, en las afueras, más allá del campo de los Patos.

-Seguro que ye una tapadera para el estraperlo de garbanzos; para eso se vienen aquí los de León –aseguraba Feli para hacer de rabiar a Ina.

-¡Que no muyer! ¡Por lo menos a mí no me ha dicho nada!

-¡No! Si me parece estupendo. Tú convéncele que te dé unos kilinos de vez en cuando y nos los pases. ¡Además con praos! a ver si va a ser un terrateniente. ¿Mira la niñina! parecía boba, ¡ho!

Unas semanas después en las que Ina y Manolo continuaron con sus paseos, cuando Mari conoció la novedad con su pragmatismo habitual, quiso conocer con quien salía su hermana, le “sacó” la dirección donde se encontraba el chigre y fue, junto con Paule, a tomar algo allí. Corría el mes de junio y la mayor parte de los parroquianos estaban en la calle con el vaso en la mano, lo cual no les extrañó, ya que dentro del local no había mucho espacio. Era estrecho y umbrío. Hacía esquina a dos callejuelas sin asfaltar y la entrada estaba por un lateral próximo a la esquina. Era un rectángulo de unos cinco por diez metros. El mostrador, de madera, que se situaba longitudinalmente, olía a vinazo de poca calidad. Desde luego no era el bar de unos terratenientes. Tras el mostrador estaba, vestido de negro, un mozo que no llegaría a los veinte años, más bien pequeño de estatura, aunque recortado de formas y cara agradablemente apacible.

–¿Qué van a tomar los señores?

–Una botella de sidra –contestó Paule.

–No tenemos sidra, lo siento.

–Pues dos chatos de vino blanco.

–¿Eres Manolo? –preguntó Mari.

El chico se quedó desconcertado, intentando situar a la pareja.

–No, no nos conocemos. Soy la hermana de Ina; aquí mi marido, Galo. – Este, a su vez, tendía la mano hacia Manolo por encima de la barra, quien aún confuso cogió la mano tendida y la sacudió en exceso. Abrió la trampilla horizontal y salió a saludar dudando sobre cómo proceder.

–Anda, dame un beso –dijo Mari.

La señora que estaba tras el mostrador observaba callada.

–Vengan; les presento a mi madre.

–Tutéanos, por favor.

Pero Manolo no se atrevía al tuteo ni con su madre.

–Madre, le presento a la hermana de Ina, la señorita de la que le hablé; y a su marido.

A falta de mesas permanecieron en una esquina tomándose los blancos ligeramente avinagrados y charlando.

–Perdona el atrevimiento, pero Ina es mi hermana pequeña y en casa somos muy exagerados pretendiendo protegernos; será la diferencia de edades, pero a los menores les vemos como rapazos.

–Al contrario; encantado de que vengan.

–¡De tú, de tú!

–Me cuesta, perdonen…; perdonad –dijo inseguro mirando de soslayo al que veía demasiado señor para tutearle; y a ella también, por la seguridad que transmitía, aunque se mostraba cordial y directa.

–Tengo entendido que eres de Valporquero. No conozco esa zona, por lo que he leído debe de ser bonita de tan dura y agreste –dijo Paule, sinceramente interesado, como buen aficionado a la geografía.

–De aquí a unos días tengo que ir por allí. Tenemos que cobrar una parte que quedó pendiente de unas tierras que vendimos. Aprovecharé un fin de semana que pueda ayudar mi padre en la taberna; entre semana suele estar ocupado con chapuzas que le van saliendo. Si les apetece, si os apetece, podríais acompañarme –volvió a corregirse sobre la marcha–. Así podría venir Ina y hago el viaje en compañía –dijo Manolo, ilusionado con su sugerencia.

–Pues no te digo que no. Salvo que surja algún inconveniente nos vamos los cuatro.

El viernes 4 de agosto, en el primer tren de la mañana, salieron de viaje. Paule quería conocer aquello y solo en desplazamientos de ida y vuelta consumirían casi dos días. Los kilómetros no eran muchos, pero las comunicaciones malas y con frecuentes retrasos. Subieron en la estación de Oviedo a un vagón de “tercera” con los asientos de listones de madera. El tren venía proveniente de Gijón con destino a León, aunque ellos se bajarían en La Robla para, desde allí, coger un coche de línea a Valporquero. Llevaban una hogaza de pan y una tortilla; había que tomarse   el trayecto con tranquilidad para pasar el puerto de Pajares. La traza daba las curvas necesarias para no superar el dos por ciento de pendiente máxima que establecía la normativa en vigor en 1880 cuando se construyó. Había noventa y nueve túneles que sumaban casi cuarenta kilómetros de trayecto subterráneo. En Mieres y Pola de Lena habían bajado bastantes viajeros y subido otros tantos. Paule iba apuntando todo lo que veía en una pequeña libreta de pastas de hule.

–Ahora que pasamos por Mieres me he acordado de una cosa muy graciosa que le pasó aquí a un medio novio que tuve. –Mari miró, alrededor comprobado que no hubiera nadie próximo que pudiera escuchar–. Militaba en el Partido Regionalista Asturiano, el de Melquíades Álvarez, que sabéis se presentaba en las elecciones del treinta y cuatro aliado con la CEDA. Él iba en la candidatura y le tocaba dar un mitin en Mieres...

–Bueno…, siempre está bien saber que no fui el primer novio conservador que has tenido.

–Pero sois minoría; he tenido más de izquierdas. –Le devolvió Mari la puya sabiendo que Paule no era celoso y tenía bastante más vivido que ella–. Deja que siga: como el voto que tenían en la cuenca minera era escaso, los líderes con escaño asegurado no estaban dispuestos a pasar un mal rato por cuatro papeletas y enviaron a pasar el trago a candidatos del final de la lista, sin posibilidad de salir, todos muy jóvenes y todos solteros. El público a recolectar se ceñía al conservador, defensor de los valores tradicionales, por lo que les pareció apropiado venir con sus novias para dar una imagen familiar. Total, nos lo propusieron a las que salíamos con ellos y ninguna aceptamos. Unas porque no tenían ganas de recibir improperios y otras, como en mi caso –bajando aun más la voz, aunque no había gente cerca– porque, además, no éramos, precisamente, votantes de la CEDA.

–¡A buena fueron a parar! –Ironizó Ina–.

Tuvieron entonces la ocurrencia de contratar, como supuestas novias, a unas cuantas prostitutas de Oviedo. Hasta les alquilaron trajes sobrios y algo rancios y las mandaron peinar y pintar en una peluquería con instrucciones claras para dar el pego de “chicas bien”. Cuando llegaron a la plaza donde era el mitin les dijeron que lo único que tenían que hacer era permanecer calladas y recatadas en la parte trasera del entarimado mientras ellos intervenían. Total que cuando estaban haciendo una loa de la “familia tradicional que querían destruir los rojos”, se adelantaron ellas, que debían de ser todas de izquierdas, gritando: “¡No les hagáis caso, que no somos sus muyeres! ¡Somos pues!”. Los candidatos tuvieron que salir por pates hasta el coche y de ahí disparados. Ellas tuvieron que volver en tren. Menos mal que en previsión habían insistido en cobrar por adelantado. El viaje de vuelta se lo pagaron los mineros después de invitarles a unas sidras y no sé si alguno a algo más. De eso ya no me enteré. Pero igual no se fueron de balde. Todos reían, Manolo tímidamente. Paule, al que le encantaban este tipo de anécdotas, a mandíbula batiente.

En las siguientes estaciones había poco movimiento de pasajeros; las paradas en la Cobertoria, Campomanes y la Frecha fueron breves.

La estación del Puente de los Fierros es la última de Asturias, luego solo hay dos pequeños apeaderos y nos adentramos en León. Paule llevaba un pequeño croquis con el trayecto y las delimitaciones provinciales.

En los tramos que rodaban a cielo abierto podían ver los inclinados prados en los que la blanca caliza aparecía salpicando el verdor. Algunas va- cas de la comarca rumiaban sin preocuparles la pendiente de los campos. Su pelo tenía tonalidades de cremoso a rojizo.

–Son “casinas”, la raza de la montaña asturiana –les dijo Manolo. En León hay algunas, pero solo en la parte colindante con Asturias.

–Si fuesen caballos se diría de color bayo –apuntó Galo.

La máquina arremetía en ese momento las rampas de Pajares y ralentizaba su marcha.

–Justo aquí dejamos Asturias atrás. Al otro lado de este túnel que es el más largo del trayecto, está León.

–El túnel de la Perruca –les informó el revisor, que en ese momento coincidió que estaba pidiéndoles los billetes–. Tres kilómetros de largo nada menos.

Ya en rampa de descenso el tren paró en la estación Busdongo.

–A la vuelta aprovecharemos para comprar pan aquí, lo hacen muy bueno. Desde el horno lo traen para venderlo desde el andén. A veces, si consiguen manteca y azúcar hacen “suspiros”, unas pastas que están riquísimas.

–Yo creía que la denominación de “suspiros” sólo se utilizaba en Asturias para un tipo de galletas de mantequilla.

–Pues aquí también. Bueno, al fin y al cabo, Busdongo está en el límite provincial. Más abajo de esta zona ya no se hacen.

En Villamanín sacaron la tortilla y la hogaza y dieron cuenta de todo. Aún tenían que llegar a La Robla. Allí se bajaron y en un coche de línea hicieron los cuarenta y cinco kilómetros en cerca de tres horas.

Paule y Manolo compartieron habitación en casa de la tía materna de este; Ina y Mari habitación y cama en la de la tía paterna.

Esa misma noche Manolo dejó resuelto el cobro pendiente de la venta de las tierras y acordó con sus tíos un estipendio por los dos desayunos y las tres cenas de esos días. Comida no; el sábado se llevarían un “tentempié” ya que pensaban acercarse a una cueva, a pocos kilómetros del pueblo, de mucha fama en la comarca; aunque muy pocos se atrevían a entrar por lo escurridizo de su deslizante piso y el riesgo de caídas por los pozos y simas.

Manolo fue el que acordó el precio de la pitanza para esos días de estancia. Al principio los tíos se hicieron los remolones. “¡No, dé- jalo! ¡Como vais a pagar por la comida!”. Pero se veía que lo decían por cumplir.

–Que sí tía; son malos tiempos.

–En eso llevas razón –contestó ella cogiendo “las perras”. En la cama, por lo bajo, Mari le susurró a Ina.

–Como el día de mañana, alguno de nuestros hermanos cobre a sus sobrinos el condumio le doy de palos en el llombu. ¡Aplícate el cuentu!

–¿Crees que estamos chiflaos? ¡A quién de nosotros se le va a ocurrir! Mamina nos deshereda.

-¡Sí! Nos deja sin sus agujas de coser –Y rieron, sordamente, debajo de las sábanas.

De buena mañana salieron hacia la cueva. Una furgoneta de reparto se acercó todo lo que pudo. Les acompañaba Isidoro González, miembro de la familia del que había sido el maestro, Diego González, que fue quien tuvo la curiosidad precursora de adentrarse en la cavidad con sogas y alumbrándose con retamas prendidas para luego dejar por escrito su descubrimiento desde el punto de vista científico. En esta ocasión, además de cuerda, llevaban tres linternas de petaca.

Ya la entrada era espectacular: una gran abertura con un curso de agua y un amplio espacio abovedado bien conocido por los vecinos de la comarca que, en la guerra, se refugiaban allí de los bombardeos.

El paso se estrechaba al fondo y la oscuridad reinaba en él. Encendieron las linternas.

–Yo ahí no entro ni loca –dijo Ina–. Os espero fuera.

–Quédome contigo, hermanina yo tampoco voy a entrar –dijo Mari, que en realidad estaba deseando ver el interior.

  –No, no. Tú ve, que lo estás deseando.

–¿Vas a quedate sola, ho? Vamos afuera que haz un día estupendu y dentro debes de quedate xielá . –Retrocedieron por la amplia sala que recibía luz suficiente para salir–. Os esperamos al sol.

Manolo, Paule e Isidoro se adentraron llevando cada uno una linterna e Isidoro la soga.

–¿Tiene algún nombre la cueva? –preguntó Paule.

–Aquí la llamamos la Cueva del Diablo, viene de antiguo. Con las crecidas el río arrampla con árboles, cabañas y con el ganado, si te descuidas, se lo traga el agujero del agua de la entrada. La gente de fuera la conoce como cueva de Valporquero.

–Es que por debajo de las galerías por las que vamos va una corriente grande de agua que yo creo que algo tiene que ver con el río Torío –les instruyó el guía–. Esto ya lo conocían, incluso antes que los romanos, las tribus celtas. Mi padre hizo alguna investigación etimológica y pensaba que el nombre de Torío viene del dios celta Thor.

–Eso lo tengo que apuntar luego –cabeceó Paule, como si ese movimiento le fuese a ayudar a memorizar.

Llegaron a una sala monumental. El suelo estaba repleto de escoria des- prendida del techo y, al fondo había grandes columnas, coladas, estalactitas y estalagmitas brillantes y húmedas.

Ayudándose con la soga fueron descendiendo por pasadizos. Todo lo que se veía era brutal. Una nueva sala más pequeña que la anterior, pero cuajada de joyas geológicas.

En uno de los pasos Paule resbaló por el lateral deslizándose unos metros hacia abajo. Quedó parado, por suerte, en una pequeña repisa escurridiza.

–Ni se te ocurra moverte –le dijo Isidoro, iluminando el saliente con la linterna.

Paule miró hacia abajo siguiendo la proyección del haz de luz. Al fondo brillaba alguna piedra de yeso blanco; habría más de quince metros, difícil de calcular en la penumbra.

Intentó colocar mejor los pies pero la piedra parecía hielo de lo escurridiza que era. Sus manos agarraban un saliente vertical húmedo. El equilibrio era menos que precario.

En vertical la cuerda no se la podían hacer llegar ya que se había desplazado unos metros lateralmente respecto a la posición inicial y el túnel natural giraba en ese punto. Manolo tuvo que bajar en diagonal un par de metros, con la soga anudada por su mitad a la cintura. Uno de los extremos lo sujetaba Isidoro y el otro lo llevaba en una mano para echárselo a Galo. Eso fue lo que hizo en cuanto tuvo ocasión.

–Átatelo a la cintura le dijo Manolo. En un momento estaban los tres arriba.

–No llevas calzado adecuado. Mira las katiuskas nuestras. Es lo mejor.

–Bueno, yo hasta aquí he llegado. Es una maravilla y me alegro de haber venido; pero ya he tenido bastante.


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